No podría compartir la vida con alguien cuya vida se centre exclusivamente en el trabajo. Detesto a los trabajólicos, me revienta la gente que sólo habla de trabajar porque me parecen gentes vacías, imbéciles y absurdas. No comprendo a las personas que buscan su famosa realización personal al margen de la familia, de la alegría del compartir y del tiempo libre. No puedo, aunque me esfuerzo en ser indulgente con algunos amigos y parientes.
Con todo, a veces pienso que los únicos que en mi imaginario tienen la venia para no parar jamás son los artistas. Con ellos sí soy implacable. Soy egoísta. Creo que tanto talento no debería desperdiciarse en el seno de un hogar o comprometidos en la vida pública. Me asquea un cantante que sueñe con ser Presidente o un pintor que abandona su obra para educar a sus hijos. Los artistas deberían morir solos, refugiados en sus habitaciones con la pluma en la mano o la computadora encendida.
Me encantan las pseudo hagiografías de los héroes del arte que por entregarse al trabajo frenético mueren jóvenes. Mozart, por ejemplo, a los treinta y cinco años o Kierkegaard a los cuarenta y dos. Los artistas deberían tener prohibida la longevidad si no es al precio de la producción de obras. Ellos han venido a la tierra a hacer feliz al mundo y tienen que pagar por semejante don.
Por todo esto, los artistas deberían ser los consentidos de la sociedad. Un país que no aprecia a sus fenómenos (en el buen sentido de la palabra) debería desaparecer a causa de una bomba atómica, lluvia ácida o un accidente bacteriológico. No merece subsistir un pueblo con tanta insensibilidad, cavernícola y sin sentido de la belleza. Camina mal el mundo cuando los millonarios son los empresarios y los creadores del arte mendigan las sobras de las mesas.
Por lo demás no me imagino el paraíso sin artistas. ¿La vida eterna? ¿Qué sería la vida eterna sin músicos, cantantes, pintores, escritores y payasos de circo? Dios debería ser el aburrido más grande del planeta y el más detestable si no consiente un espacio digno de ser vivido en la infinitud del tiempo. Los artistas tienen que ser los mimados del cielo. ¿A quién le importa que se droguen, beban en exceso, lleven una vida desordenada o sean poco responsables? Ellos son perdonados setenta veces siete con sólo el párrafo de una poesía, una breve melodía o el trazo corto de un pincel. Tienen indulgencia plenaria vitalicia.
Pero los trabajólicos que sólo saben lucrar, huir de sus problemas y llevar una vida caricaturesca me hacen pensar que son un accidente del universo, que Dios es un fracasado y que urge que desaparezca la especie humana. El garabato que hacen los trabajólicos de su vida no contribuye sino a sentir nostalgia de lo bello y a experimentar melancolía por más artistas. Qué pena, sin embargo, que sean aquellos los que tarden en morir.