Todos en la vida pasamos por altibajos. Aquellos momentos agradables y de mucha satisfacción y también existen aquellos momentos difíciles. Sin embargo, a los políticos y gobernantes estas condiciones las viven diferentes que los simples mortales.
Los políticos y los gobernantes seguramente, se sienten dueños del mundo, cuando empiezan a acumular su riqueza, cuando de una situación media se empinan y se suben al montículo de la fortuna mal habida, pero al final, como ellos dicen: “la vergüenza pasa, la riqueza se queda en casa” y así se sienten orgullosos de sus nuevos activos, de su nueva condición de vida, de contar no con una casa, sino con varias, no un vehículo, sino bastantes, no un pequeño y limitado viaje, sino la opulencia y el despilfarro, de la casa de la ciudad a la casa de la playa, en fin vaya a donde vaya, resuena el dinero producto del saqueo del Estado. Sus hijos y su esposa, se sienten cómodos en esta nueva vida y son beneficiarios directos del “esfuerzo del padre”, que luego de cuatro años de dura tarea política, pasan a formar parte del empresariado emergente, ya no son los de antes, hoy el status es otro. Seguramente, en algún momento de conciencia, sonreirán, pero una mueca triste se atravesará en su rostro, cuando reconozcan que hicieron poco o nada en su paso por los espacios públicos, y que mucha gente sigue sin servicios públicos y luchando en medio de una enorme pobreza.
Seguramente, en alguna forma se preocupará por aquel allegado o trabajador que en cierta época supo de aquellas bolsas que iba a traer y que con todo sigilo debía entregar, que sin duda eran pesadas y que también devenían de algo “pesado”. El nuevo empresario pensará: “¿será que algún momento este va a contar todo y va a mencionar los lugares o las personas involucradas en la transacción?; ¿será que aquel empresario con el cual hicimos la componenda y nos tuvo que entregar el efectivo, cuenta todo el cuento y nos echa de boca?, seguramente la preocupación, le durará un poco.
Tal vez hoy se preocupará más al leer que a un exjefe de Estado, un anciano ya, un hombre de edad, un hombre que antes vociferaba y se creía dueño del Estado, el país y su gente, hoy se le descubren una y mil fechorías, hechas en nombre de Dios y el Estado, vaya contrariedad. El neomagnate piensa: afortunadamente, no lo juzgan por enriquecimiento ilícito porque saber cómo le iría. Pero también se preocupará al constatar que otro expresidente, se encuentra detenido y en proceso de ser extraditado al gran imperio, por movimientos ilícitos de dinero mal habido. Pero bueno dirán los ahora nuevos ricos, este porque se metió a pelear con la oligarquía y se la están cobrando, en cambio nosotros nos ponemos de acuerdo con ellos, no los afectamos o les damos un pellizco a cambio de facilitarnos nuestros centavitos, hoy contados en dólares y lavado en propiedades, vehículos, acciones de empresas, empresas en otros países, acciones con otros grandes millonarios. Vaya que la Ley de Enriquecimiento Ilícito se aprobó después, dirán algunos, pues a los de ahora, les costará realizar sus blanqueos.
Igual se estremecerá, si es que lee la sección internacional de los periódicos y mira como otros gobernantes en Costa Rica, en Chile, en Argentina y actualmente en Brasil, se encuentran bajo procesos judiciales y a juzgar por las apariencias, con serias vinculaciones en movimientos de dinero proveniente del Estado.
Mientras tanto, seguirá disfrutando de su nueva riqueza, su casa de playa, su posición de “neomagnate” y cuando se atraviesen esos inoportunos golpes de conciencia, se persignará y dirá: “a mí no me puede pasar”, más como un ruego que como una afirmación.