Los grandes rí­os II Parte


Llegando a Playa Grande El Salinas principia a correr de verdad en medio de aguas turbulentas, el hendir de proa en la correntada deja entrar el agua, hasta que la brisa lo empapa todo. El raudal creciente hace que el rí­o sea menos profundo y la parte baja del motor golpee entre las piedras. Es la señal de atender el llamado y salvar aquel motor quejumbroso que tras unos cuantos tosidos se apaga. En ese lugar es necesario el empeño de muchos hombres para evitar que la fuerza de la corriente arrastre la canoa y la haga dar vuelta. Después de una hora de esfuerzo, con el agua a la cintura entre jalando y empujando con los pies clavados en el piedrerí­o del fondo, vamos avanzando metro a metro. Parado en la popa mordisqueando su pipa, el viejo con su endeble figura gobierna impulsado por la pica para seguir el rumbo. Poco más adelante salimos al agua mansa y queda a la vista Playa Grande y enfrente la boca del arroyo.

Doctor Mario Castejón
castejon1936@hotmail.com

El arroyo del Tzehá y Playa Grande me cautivaron desde la primera mirada, fue como un encuentro con la mujer deseada. Allí­ al Salinas ya se le llama el Chixoy, el cual en una amplia vuelta de su recorrido discurre sobre una «playa grande». Era remontar aquel arroyo encantado dos o tres vueltas rí­o arriba y principiar a notar los cambios de vegetación coincidiendo con el comportamiento de su curso: estrechos de agua correntosa y cristalina, cuando no estanques como un tenebral de agua profunda. El bosque denso con parajes sombrí­os, playones de arena recalentada y árboles gigantescos abatidos sobre sus orillas. Al aparecer una nueva vuelta entre arrastraderos y bají­ales el agua se vuelve más frí­a y la vegetación cambiante, abundan los helechos propios de climas menos templados insertados en las orillas pedregosas y en los islotes que forman el curso que imprimió el agua de la última correntada. Continuando, a menos de dos dí­as de viaje rí­o arriba, se encontraba el único vestigio de pobladores en aquellos lugares, un caserí­o de indí­genas de lengua Mam perdido en las serraní­as en donde el arroyo corre paralelo al Rí­o Xalbal, llegando al Ixcán en los lí­mites con Huehuetenango.

En territorio del Quiché tropical, el Tzehá sigue un curso tranquilo olvidando las serraní­as al acercarse para desembocar frente a una Playa Grande. En ese lugar, sus orillas son tierras fértiles, abundantes en el humus resultado de los arrastres y deslaves de los cerros que acompañaron su correr hasta la planicie. El rí­o visto desde lo alto dibuja una infinidad de vueltas en un laberinto de bolsones de selvas, vividero de jaguares y jabalí­es, hábitat natural de tapires, pumas y aves de distintas variedades.

Muchas veces entramos al Tzehá pero la que quedó en mi memoria fue aquella primera vez en abril del 63. í‰ramos una muchachada ansiosa de vivirlo todo y pasar lo que fuera necesario para satisfacer con lo excitante de la aventura, aquella necesidad interna, huyendo de la civilización y sus espejuelos. Recuerdo la instalación de los mosquiteros debajo de tapescos de guano para pasar la noche. Los aguaceros en esos dí­as cerca del mes de mayo no se anuncia, cae de improviso. En cualquier recodo cercano se podí­an lograr unas mojarras antes de la entrada de la noche. Los pescados todaví­a coleteando en los sartenes calientes dejaban oí­r el chisporroteo del aceite y se percibí­a el olor a fritura que impregnaba el ambiente.

Leí­ años atrás el libro Dí­as de la Selva escrito por Mario Payeras, un excelente relato de lo que era la selva en aquellos lugares. Debe haber sido en 1972, cuando formó parte de la guerrilla del EGP que entró a Guatemala por el Ixcán. Retrocediendo en el tiempo, aquello fue diez años después de nuestra primera llegada a ese lugar. No conocí­ a Mario Payeras, he oí­do algunos comentarios favorables a su persona y creo que en su visión de la naturaleza hací­a un elogio de la creación.

Para terminar, ese viejo a quien he mencionado en mi relato no es otro más que don Ramón Rodrí­guez Arí­s, el mismo que cuando el atentado de los cadetes contra Cabrera en 1908, el atentado del pistoletazo del cadete Vega, huyó de la Escuela Politécnica y se perdió entre Alta Verapaz y Petén. El viejo vivió allí­ muchos años en El Rosario abajo del Pellán, a un dí­a de Playa Grande donde el rí­o se hace más difí­cil de transitar. En esos lugares en las orillas del mismo rí­o estaba El Zoch, la finca de café que hizo con el esfuerzo de su trabajo mi padrino Carlos Garcí­a Fetzer . Recuerdo que siendo niño camino de Uspantán, vi correr las aguas del Chixoy en el lugar que sirve de lí­mite de las Verapaces con Quiché, un puente colgante que ya no existe, esa vez pensé, cómo me gustarí­a recorrer el gran rí­o, se me hizo quince años más tarde cuando el viejo nos descubrió la magia de aquellos lugares.