Llegando a Playa Grande El Salinas principia a correr de verdad en medio de aguas turbulentas, el hendir de proa en la correntada deja entrar el agua, hasta que la brisa lo empapa todo. El raudal creciente hace que el río sea menos profundo y la parte baja del motor golpee entre las piedras. Es la señal de atender el llamado y salvar aquel motor quejumbroso que tras unos cuantos tosidos se apaga. En ese lugar es necesario el empeño de muchos hombres para evitar que la fuerza de la corriente arrastre la canoa y la haga dar vuelta. Después de una hora de esfuerzo, con el agua a la cintura entre jalando y empujando con los pies clavados en el piedrerío del fondo, vamos avanzando metro a metro. Parado en la popa mordisqueando su pipa, el viejo con su endeble figura gobierna impulsado por la pica para seguir el rumbo. Poco más adelante salimos al agua mansa y queda a la vista Playa Grande y enfrente la boca del arroyo.
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El arroyo del Tzehá y Playa Grande me cautivaron desde la primera mirada, fue como un encuentro con la mujer deseada. Allí al Salinas ya se le llama el Chixoy, el cual en una amplia vuelta de su recorrido discurre sobre una «playa grande». Era remontar aquel arroyo encantado dos o tres vueltas río arriba y principiar a notar los cambios de vegetación coincidiendo con el comportamiento de su curso: estrechos de agua correntosa y cristalina, cuando no estanques como un tenebral de agua profunda. El bosque denso con parajes sombríos, playones de arena recalentada y árboles gigantescos abatidos sobre sus orillas. Al aparecer una nueva vuelta entre arrastraderos y bajíales el agua se vuelve más fría y la vegetación cambiante, abundan los helechos propios de climas menos templados insertados en las orillas pedregosas y en los islotes que forman el curso que imprimió el agua de la última correntada. Continuando, a menos de dos días de viaje río arriba, se encontraba el único vestigio de pobladores en aquellos lugares, un caserío de indígenas de lengua Mam perdido en las serranías en donde el arroyo corre paralelo al Río Xalbal, llegando al Ixcán en los límites con Huehuetenango.
En territorio del Quiché tropical, el Tzehá sigue un curso tranquilo olvidando las serranías al acercarse para desembocar frente a una Playa Grande. En ese lugar, sus orillas son tierras fértiles, abundantes en el humus resultado de los arrastres y deslaves de los cerros que acompañaron su correr hasta la planicie. El río visto desde lo alto dibuja una infinidad de vueltas en un laberinto de bolsones de selvas, vividero de jaguares y jabalíes, hábitat natural de tapires, pumas y aves de distintas variedades.
Muchas veces entramos al Tzehá pero la que quedó en mi memoria fue aquella primera vez en abril del 63. í‰ramos una muchachada ansiosa de vivirlo todo y pasar lo que fuera necesario para satisfacer con lo excitante de la aventura, aquella necesidad interna, huyendo de la civilización y sus espejuelos. Recuerdo la instalación de los mosquiteros debajo de tapescos de guano para pasar la noche. Los aguaceros en esos días cerca del mes de mayo no se anuncia, cae de improviso. En cualquier recodo cercano se podían lograr unas mojarras antes de la entrada de la noche. Los pescados todavía coleteando en los sartenes calientes dejaban oír el chisporroteo del aceite y se percibía el olor a fritura que impregnaba el ambiente.
Leí años atrás el libro Días de la Selva escrito por Mario Payeras, un excelente relato de lo que era la selva en aquellos lugares. Debe haber sido en 1972, cuando formó parte de la guerrilla del EGP que entró a Guatemala por el Ixcán. Retrocediendo en el tiempo, aquello fue diez años después de nuestra primera llegada a ese lugar. No conocí a Mario Payeras, he oído algunos comentarios favorables a su persona y creo que en su visión de la naturaleza hacía un elogio de la creación.
Para terminar, ese viejo a quien he mencionado en mi relato no es otro más que don Ramón Rodríguez Arís, el mismo que cuando el atentado de los cadetes contra Cabrera en 1908, el atentado del pistoletazo del cadete Vega, huyó de la Escuela Politécnica y se perdió entre Alta Verapaz y Petén. El viejo vivió allí muchos años en El Rosario abajo del Pellán, a un día de Playa Grande donde el río se hace más difícil de transitar. En esos lugares en las orillas del mismo río estaba El Zoch, la finca de café que hizo con el esfuerzo de su trabajo mi padrino Carlos García Fetzer . Recuerdo que siendo niño camino de Uspantán, vi correr las aguas del Chixoy en el lugar que sirve de límite de las Verapaces con Quiché, un puente colgante que ya no existe, esa vez pensé, cómo me gustaría recorrer el gran río, se me hizo quince años más tarde cuando el viejo nos descubrió la magia de aquellos lugares.