En estos 21 años de gobiernos civiles, han consolidado un sistema que en lo económico es mercantilista y no capitalista, mientras en el ámbito político predomina la partidocracia y no la democracia. Se ha organizado un Estado burocratizado y pletórico de leyes para conceder privilegios y monopolios a las élites privadas.
La «democracia» en realidad representa los intereses de la clase dominante, que decide y gestiona directamente la política y la economía. Los principales aliados del modelo económico excluyente han sido los políticos, quienes han confundido democracia con una de sus deformaciones: la partidocracia.
En la democracia manda el demos, el pueblo. En la partidocracia, el mando es de los partidos que dicen representarlo. Ayudados por un sistema electoral condicionado, los partidos han llegado a representarse sólo a sí mismos. En el plano local predominan los caciques. Para el Congreso, la oferta electoralista consiste en «listas sábana», confeccionadas de manera arbitraria por los jefes partidarios y sus financistas.
El sistema que nos han impuesto consiste en votar, no en elegir. De ahí que la única manera de salir de la partidocracia es abrir el sistema para elegir candidatos y candidatas conocidas y apreciadas por la población, pertenezcan a un partido o no. Sobre la base de auténtica representatividad, se refundaría la democracia. Los mismos partidos políticos se renovarían al estar obligados a competir con los ciudadanos sobresalientes de cada distrito.
Elegir de veras consistiría en elegir pocos representantes, para evitar la proliferación de cargos políticos y su inevitable secuela de cómplices y amigos. Se desvanecería así la «clase política», el conglomerado de privilegios y favores que hoy se interpone entre el pueblo y el poder.