Los dos silogismos


Marlon-Urizar

Silogismo 1. Premisa A: Todos los motoristas son ladrones. Premisa B: todos los ladrones deben morir. Por tanto, todos tienen derecho a agredir a los motoristas sobre cualquier sospecha de que sea un delincuente.

Silogismo 2. Premisa A: Todos los que tienen carro tienen dinero. Premisa B: todos los que tienen carro deben ser asaltados. Por tanto, todos los delincuentes tienen derecho a arrebatar por la fuerza sus bienes a los que poseen un carro.

Marlon Urizar-Natareno


A partir del 20 de febrero cuando un conductor de un vehículo le disparó al tanque de gasolina de un motorista bajo la sospecha de que se trataba de un ladrón, muchos motoristas han sido agredidos sin ninguna explicación, y también muchos conductores de automóviles han sido asaltados. Muchas versiones se escuchan, unas casi incoherentes como la de que el motorista había asaltado un negocio y luego cuando se subía a la moto fue ultimado por un conductor que fungió como juez y ejecutor de alguien que no se sabía bien qué había cometido. Los teclados se pusieron a moverse, sobre todo los pertenecientes a los estamentos medios que aplaudieron sin cejar tal atrocidad. La explicación, parece muy sencilla, una persona que roba tiene que morir, porque con ello se da un castigo que se considera ejemplar, el problema es que tenemos un poco más de cien años que se empezó a aplicar la ley fuga, y muchas variantes más de esa medida decimonónica, no obstante la delincuencia no parece cejar. También muchos motoristas han sido asesinados desde aquel miércoles en que la zona 9 de la capital de Guatemala presenció un espectáculo macabro al que asistió con beneplácito y aprobación. Muchos han sido los motoristas agredidos desde aquel entonces, tal vez sólo porque parecen delincuentes, o porque le toparon el retrovisor a algún vehículo. Tampoco las condiciones de vida de las familias de los delincuentes han mejorado mucho desde aquel aciago día.

Lo cierto es que si aplicamos el principio que intercambia la vida por un objeto como un celular, estamos en un plano relativista que no se sostiene más que por la fuerza, o a cruzarse de brazos esperando no ser confundido con un ladrón de esos que muy probablemente no consiguieron trabajo o los despidieron y pasaron a engrosar los más de 9 millones de guatemaltecos que viven en pobreza y en pobreza extrema. Cuando se intercambia la vida de alguien por una acción delincuencial se entra en un círculo vicioso en el que tanto el delincuente tiene una justificación para robar, y hacer mucha fuerza para ello, como los que ostentan cierto honor de posesión de bienes a asesinar a los que intentan arrebatárselos. La relación de tal justificación radica en que se llega a intercambiar la vida por objetos. Quiero que veamos los dos planos. Por un lado el ladrón lucha por su integridad, que es una forma de sobrevivencia, sobre todo en un país como Guatemala en donde el acceso a un trabajo digno sigue siendo un sueño. De esa manera podemos ver sin prejuicios porque surgen tantas personas que terminan en la delincuencia. Podríamos entender la actividad de los delincuentes como una lucha por la integridad de su existencia, por todo aquello que les provee lo necesario para vivir. Por otra parte, los que son asaltados también tienen una justificación que les hace intercambiar la vida por el honor y el prestigio en la sociedad. Las personas que luchan por su honor consideran que los delincuentes, aún los que sólo lo parecen o se sospecha sobre ellos, deben morir. En el uso de la fuerza se manifiesta que estamos ante la justificación que muestra la vida como intercambiable por los bienes y las posesiones materiales. Tanto el delincuente como los que luchan por mantener el honor de sus pertenencias hacen uso de la fuerza e intentan intercambiar la vida por su postura. Los delincuentes se sofistican cada vez más en las técnicas de amedrentar a sus víctimas y de estar preparados para repelerles cuando éstos se opongan o también estén armados. Los bienes que le arrebatan a sus víctimas les confieren cierto medio de vida, por ello parece que no dudarán en desenfundar un arma y asesinar por un celular. La explicación podría radicar en que no es tanto que ellos provoquen un daño, sino que con el daño obtienen lo necesario para ellos o para los suyos; el daño se relativiza y se convierte en un medio. En tanto, los que son despojados y agredidos llegan a considerar que el daño que les hacen es un fin, que agrede y lacera sus bienes y los medios para el honor social. Luego de ello obtienen la conclusión que los delincuentes tienen que morir, para que los bienes y el honor social no sean intercambiables por los medios para la subsistencia de los que terminan en la delincuencia común. Por un lado, los delincuentes intercambian el valor de la vida, la propia y la de los demás, por los medios para vivir. Mientras que las personas que son flanco de los delincuentes, los que tienen cierto honor social reflejado en los bienes que poseen, intercambian la vida de los delincuentes por la defensa de esos bienes. De ahí concluyen que los delincuentes deben morir. Los dos silogismos infernales, en que sólo la ley del más fuerte podría llevar a una supuesta solución, creo que nos conducirá a más de lo mismo; cada vez más miedo, pero no sólo, a que las personas adquieran armas más sofisticadas en ambos lados, o a encerrarse cada vez más. En medio de todo esto ganan los que negocian con armas y las empresas de seguridad privada. Hasta los políticos demagogos como el actual presidente, Otto Pérez Molina, se benefició de estos temores en la propaganda de su campaña electoral.

¿Queremos más de lo mismo? -Sigamos levantando más altos los muros de las colonias privadas, si se tiene el dinero para poder vivir en uno de esos lugares, o aprendamos a usar un arma, esperando que el rival no salga más diestro, o con un arma más sofisticada, y esperar que la hora no se nos llegue, para ver si la vida sigue siendo intercambiable por los bienes para vivir o por el honor social.