Días de mucha convulsión nos esperan próximamente a causa del juicio que viene contra el general Efraín Ríos Montt. La alteración de los nervios y la ansiedad proviene de la polarización habitual en la que vivimos y la falta de claridad en la comprensión de los acontecimientos. Cosa, dicho sea de paso, nada fácil especialmente cuando se trata de situaciones en las que se involucran los sentimientos.
Y es que Ríos Montt difícilmente deja indiferente a quienes incluso solo escuchan su nombre. Alrededor de él se agrupan personas que lo identifican como el salvador del país, hombre probo, valiente y religioso que sacrificó su vida en aras del bienestar de Guatemala. Para otros en cambio, el General no es sino un asesino que estando en el poder sacó lo peor de sí mismo, convirtiéndolo en un genocida de esos paradigmáticos que produjo el siglo XX.
Su juicio próximo, por lo tanto, es un acontecimiento que rebasa incluso las fronteras nacionales. La prensa extranjera tiene puesto los ojos en nuestra telenovela (que no lo es, por supuesto), creo que en virtud de la sensibilidad de esas naciones del primer mundo que reaccionan en contra de personajes políticos que estando en el poder, abusaron de él. ¿Pero cómo podemos enfocar este juicio de una forma más o menos sensata?
En primer lugar, me parece que debemos distanciarnos del enfoque que apunta el juicio exclusivamente hacia un personaje con nombre y apellido. No se trata de un juicio contra Efraín Ríos Montt, sino un acto legal cuyo propósito fundamental es la aplicación de la justicia. Esta debe ser ciega e intentar la imparcialidad para dilucidar con rectitud. Aquí debe juzgarse si hubo o no abuso, violencia u ofensa hacia la dignidad de la persona humana (no importa quién sea su autor).
Por supuesto que no se puede obviar a su autor y sus circunstancias totalmente porque son vitales para deducir responsabilidades. Ellas nos ayudan, por ejemplo, en la identificación de agravantes y atenuantes, pero solo para esos momentos específicos hay que evocar al personaje. Hacer lo contrario nos expone a la polarización. A decir: ¿Por qué solo se juzga al General y no a los guerrilleros? ¿Qué sentido tiene castigar a un anciano de 86 años? ¿Qué le aporta el juicio del General a la sociedad que mejor debe olvidar y perdonar?
Todas esas preguntas tienen respuesta si pensamos en que como país debe aplicarse la justicia contra quienes vivieron al margen de la ley, no importando la edad, profesión o filiación política. Ahora bien, es cierto que no debemos enfocarnos exclusivamente en un solo personaje, el caso Ríos Montt debe abrir las puertas para enjuiciar a otros que también cometieron actos oprobiosos y de mucha maldad. Pero lo que se viene hay que seguirlo detalladamente porque se trata del juicio contra quien ofendió la dignidad de grupos humanos particulares (de aquí el tema de genocidio) de manera sistemática y usando la maquinaria del Estado.
Si se comprueba que el General en verdad cometió esos actos viles, los consintió e incluso los maquinó (cosa que no parece difícil hacerlo), la justicia debe hacer lo suyo. Guatemala no puede permitirse hacer caso omiso de semejantes actos de barbarie en nombre de la edad, la supuesta polarización que puede ocasionar la culpa dictada o el argumento de que no fue el peor y/o que los guerrilleros no fueron ovejitas blancas.
Días difíciles nos esperan, pero también días gloriosos. No saldremos igual del juicio. Estoy seguro que Guatemala escribirá pronto una página hermosa que la historia reconocerá y nos hará sentir orgullosos de nosotros mismos.