Los derechos de los niños y el futuro


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Cuidaba que mi hijo subiera a una “taza” giratoria, cuando reparé en que el encargado del aparato bajaba de éste a un niño que vestía un sombrero de paja. El empleado alegaba que el chiquillo no tenía boleto; pero desistió de su empeño ante la protesta de los que ofrecimos pagar por él.

POR JORGE MARIO RODRÍGUEZ-MARTÍNEZ

Mientras el aparato giraba, era evidente que el chiquillo luchaba por no entrar en contacto con los demás niños; la tarea se le hacía difícil porque carecía de un brazo. El humilde padre, con júbilo contenido fijaba la vista sobre el niño. Cuando el aparato se detuvo, padre e hijo se escurrieron del parque. Fue hasta entonces que el niño tomó la mano de su padre y se puso a caminar a saltos.

Durante un tiempo analicé la molestia espontánea que sentí en el momento. ¿Es relevante mencionar que el niño era un chiquillo indígena con ropas de manta cubierta de remiendos?

Pude esclarecer después que lo que despertó mi indignación fue que un niño de pocos años ya hubiese internalizado los muros de desigualdad que le impedían aproximarse a los otros y manifestar su júbilo de manera abierta. Adam Smith, como lo recuerda Amartya Sen con frecuencia, ya había reparado en que la pobreza puede asociarse con la vergüenza de presentarse en público. Reconocer esto no conlleva, desde luego, negar que la pobreza se pueda llevar con dignidad.

En estos días en los que se conmemoró el Día del Niño cabe preguntarse en qué ha contribuido el reconocimiento de los derechos de los infantes para desmantelar estos muros de desigualdad y pobreza. De entrada las conmemoraciones son insuficientes. La jurista Isabel Fanlo reflexiona en que no “basta atrincherarse en el sugestivo lenguaje de los derechos para mantener al Herodes de turno alejado de los niños” (Derecho de los niños: una contribución teórica).

Es claro—o debería serlo— que la cuestión de los derechos de los niños supone la pregunta por su futuro, el cual no se reconoce como derecho en la Declaración de los Derechos del Niño.  Muchos parecen olvidar que los niños no permanecerán como tales siempre. Aun cuando se lograse brindarles todos los satisfactores que demanda su niñez —lo cual sería un triunfo inmenso— aun quedaría la tarea de brindarles un mundo en el cual ellos puedan labrarse un futuro digno.

Comprender los derechos de los niños supone transformaciones sociales que deben llegar hasta el terreno en el que se constituyen las prácticas políticas, económicas y culturales de la sociedad. La desaparecida feminista norteamericana Susan Moller Okin notaba que la mayor parte de teóricos de la política habían obviado responder a la pregunta de cómo los futuros ciudadanos pueden desarrollar el sentido de justicia en un ambiente no regido por principios de justicia como sucede en el hogar. Y es que no sólo ahí se incuban prácticas opresivas profundas sino que también es en el ámbito familiar en donde impactan con mayor crudeza las deficiencias del sistema económico y social en el que vivimos.

La familia forma al individuo pero también lo deforma; victimarios y víctimas, explotadores y explotados se forman en ella. En El Corazón del Hombre, Erich Fromm observa que los padres pueden endurecer el corazón de un niño para que se vuelva incapaz de elegir el bien, lo cual explica por qué algunos sectores persisten en prácticas como la explotación infantil. Por otro lado, un entorno de injusticia social genera ambientes familiares permeados por la pobreza y la violencia; en tales entornos difícilmente pueden echar raíces las estructuras de respeto de una sociedad viable. Aun con las excepciones que confirman la regla, es muy difícil convencer a una persona que se rija por principios de respeto cuando su dignidad ha sido violada constantemente desde que era más vulnerable.

La injusticia estructural tiende a convertirse en violencia abierta y directa. En The Path to Hope,  Stéphane Hassel y Edgar Morin notan que en los niños confluyen la debilidad suprema y la mayor fuerza; la incapacidad de labrarse un futuro se correlaciona con una fuerza que se descarrilla en la violencia innombrable de nuestra vida cotidiana. Es tan significativo que aparezcan sicarios cada vez más jóvenes asó como lo es que muchos jóvenes quieran dejar las pandillas cuando se convierten en padres; los primeros no tienen un sentido de futuro, mientras los segundos lo recuperan muchas veces de manera efímera. Una sociedad sin sentido de futuro no es una sociedad viable.

Las reflexiones anteriores pueden sugerir varios cursos de acción que están lejos de ser afirmaciones puramente retóricas. Lo que convierte en retórica a los principios es la poca voluntad de actuar, lo que a su vez refleja otra manifestación de la injusticia estructural: la incapacidad de  atreverse a cuestionar las instituciones y costumbres en los que uno participa. La valentía ciudadana es una virtud de la cual necesitamos con urgencia.

Creo, en primer lugar, que  los derechos del niño deben promoverse como instancias críticas para denunciar el abismo entre el ser y el deber ser; los derechos humanos, en general, no pueden reducirse puramente a instituciones. En segundo lugar, es necesario fijar una política integral de derechos humanos que contemple la interrelación entre las diversas áreas de la vida social. En tercer lugar, el ejercicio crítico de todos los derechos debe oponerse a los intereses económicos que se preparan para una nueva ronda de despojo, arropadas como de costumbre con las siempre falsas promesas de bienestar. Nuestros niños no van a gozar de salud en un ambiente contaminado por las mineras que los obligará a emigrar si no los enferman de manera permanente; tampoco serán beneficiados por privilegios fiscales a tanto empresario corrupto.

Mención aparte merece la educación que debe fomentar en los estudiantes un conocimiento crítico de su contexto social. La educación no puede limitarse a generar “competencias” para resolver problemas en un trabajo que quizás nunca venga. Defender los derechos humanos implica la misión de construir una ciudadanía crítica que no se base simplemente en recetas tecnocráticas.

En este contexto, la Procuraduría de Derechos Humanos debe constituirse en una instancia crítica que construya un contrapeso moral efectivo para cuestionar las debilidades morales de nuestras instituciones. Esto conlleva identificar los peligros que se ciernen en el futuro: ¿Qué vamos a hacer para preservar la naturaleza ante el afán de un crecimiento económico irresponsable? ¿Cómo vamos a hacer, por ejemplo, para que el agua no se privatice o concesione? Estas son preguntas cuya respuesta no admite más demora.