Los confines de la Guerra Frí­a


La visita a una ex base de misiles soviéticos en el bosque de Plokstin, en el corazón del parque nacional de Samogitie, en el oeste de Lituania, ofrece a los turistas un viaje único a los confines de la Guerra Frí­a.


Esta instalación, puesta en servicio el 31 de diciembre de 1962, fue la primera base de misiles subterránea de la Unión Soviética, una respuesta en aquel entonces del Pacto de Varsovia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en la carrera armamentí­stica en la que ambos bloques estaban embarcados.

Actualmente se puede visitar uno de los cuatro silos. En el interior de la base no queda mucho. Cuando Lituania recuperó su independencia hace 20 años, ladrones de metal la desguazaron por completo. Aun se ven las flechas dibujadas en las paredes para ubicarse en el laberinto de salas y pasillos húmedos.

«Los 4 misiles con ojivas nucleares de tipo R12, según la clasificación soviética, tení­an un poder de fuego de entre 1 y 2 megatones, decenas de veces superior al de la bomba que destruyó Hiroshima», explica el guí­a estremeciendo a numerosos visitantes.

El alcance de los misiles era de unos 2.000 kilómetros. Desde Lituania, los soviéticos podí­an alcanzar cualquier paí­s de Europa. Cada tres o cuatro años se cambiaba el objetivo de los misiles, en función de las tensiones polí­ticas.

«El único momento crí­tico fue durante los acontecimientos de Praga en 1968. El nivel de alerta habí­a sido elevado, debí­amos estar en nuestros puestos, listos para esperar la orden de fuego», contó Ricardas Valeckas, el único oficial lituano que trabajó en el corazón mismo del dispositivo durante 14 años.

Para descubrir la rampa de lanzamiento, el momento más impresionante de la visita, hay que franquear una pequeña puerta. Es un pozo de 5 metros de diámetro y 27 de profundidad, cavado a mano por los 10.000 soldados, en su mayorí­a lituanos, que participaron en la construcción de este sitio.

«La profundidad del agujero es impresionante, da la sensación de que todo vibra bajo nuestros pies, tení­a ganas de irme lo antes posible», confí­a Giedre, una madre que hizo la visita con sus tres hijos.

La base estaba rodeada por 6 zonas de protección, incluyendo una barrera electrificada durante la noche a 1.700 voltios.

Los habitantes de los alrededores conocí­an la existencia del sitio, a pesar de que era considerado ultrasecreto.

De vez en cuando, «nos pedí­an que cerráramos las cortinas y que apagáramos las luces, pero por las vibraciones del suelo sabí­amos que los cohetes llegaban. A pesar de todo, la gente miraba a través de las ventanas y sabí­a mucho más que los soldados», recuerda estallando de risa Regina, la esposa de Ricardas Valeckas, oriunda de la región.

Es difí­cil que la existencia de la base haya escapado a los satélites occidentales. «Cuando realizábamos cierto tipo de ejercicios o trabajos, como por ejemplo limpiar las cabezas de los misiles, tomábamos el recaudo de hacerlo teniendo en cuenta la hora en que pasaban los satélites. A veces interrumpí­amos algunas actividades por el paso de un satélite», recuerda el oficial.

Ricardas Valeckas reconoce que siempre tuvo la convicción de que esos misiles jamás servirí­an. Los soviéticos insistí­an, según él, en la fuerza disuasiva de la base que serí­a utilizada para responder a un ataque.

«Nos dábamos cuenta de nuestros atrasos técnicos, querí­an que superásemos a Estados Unidos, pero no tení­amos siquiera papel higiénico en el baño», exclama.

La base fue cerrada en 1978 con la firma del acuerdo SALT II entre estadounidenses y soviéticos.