Los vientos de noviembre disipan las últimas lluvias del año. Sopla una brisa por los campos que mece las montañas tapizadas de amarillo. Se prepara el escenario para celebrar el Día de los Difuntos, pero los cementerios ya no son tan lúgubres. Pues nunca son tan tristes los cementerios como cuando llueve. Son como lágrimas del cielo que caen sobre los mausoleos. Es como un baño inútil de cristal que no será fecunda; el agua, siempre fértil, allí no hará germinar las semillas que con llanto se depositaron en la tierra.
Los vientos han secado las gotas del cielo como se han secado en los ojos de los deudos. Ya no llueve. Si en meses anteriores se recogía la congoja y dolor en noviembre nos envía un mensaje diferente.
Las flores, siempre alegres, ¿Por qué parecen llorar las flores de un camposanto? Las que brotan al lado de las tumbas acompañan a los difuntos y las flores de los arreglos son flores cortadas y por ende son los últimos destellos de sus bellos colores. Y ¿Por qué son tan erguidos los árboles del camposanto? Es que parecen desafiar la muerte. Altivas araucarias y recios pinos, orgullosos parecen centinelas apostados para siempre. ¡Oh vano intento! El final les llega a todos. En medio de esos árboles llega el murmullo del viento como un lamento de aquellos que no se ven. La luz que cae sobre el cementerio y se filtra a través de las ramas de esos árboles; luz opaca, tibia que llega con cierta pena. ¿Por qué tan altos los muros de los cementerios? Los de afuera no quieren estar adentro y los de adentro no pueden salir, o acaso prefieran el santo reposo. Hasta la Luna parece respetar el duelo de los camposantos; ya no se muestra lúbrica o romántica, parece más bien conmovida.
Camposantos tan ajenos a los sueños de mi infancia y tan lejanos de mis juegos de niñez. Con el paso de los años se fueron colando poco a poco en mis agendas. Dejaron de ser aquellos parajes extraños para convertirse en un rincón consentido donde reposaban los familiares y amigos. Y así se fueron volviendo sitios familiares en los que, como en los mapas, se fueron marcando los lugares por los nombres de aquellos conocidos: allí está la abuela, tan buena que era la viejita; allá el tío Pancho, que nunca dejaba de fumar; allá el joven primo, siempre bromeando, que murió en un accidente de tránsito; allá la mamá del buen amigo que padeció con entereza un cáncer mucho tiempo; allá mi amigo de adolescentes, Antonio, que se fue tan joven; allá la exnovia Rocío, tan preciosa que era. Y así cada rincón del camposanto nos trae el recuerdo de alguien. Y así se va llenando de conocidos que de alguna manera esperan nuestro arribo. Así volveremos a reír, a conversar, a jugar, a disgustarnos, a celebrar.
Y con noviembre se asoma el final del año como llega el final de todo. Quedan atrás las lágrimas del invierno y este mes nos ofrece una visión diferente. Ya no son cielos nublados y grises, por el contrario se descubren los cielos azules, con una profundidad que se proyecta hasta el universo. Cielos infinitos, eternos, como la vida misma.