A lo largo de la historia de la Humanidad, la religión ha justificado las acciones políticas realizadas por los gobernantes y grupos de poder. Justificar a través de la religión es un recurso más sencillo, ya que los dogmas de fe se aceptan sin necesidad de razonar, lo cual es muy conveniente para impulsar acciones que van en contra de la razón.
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A partir de la Reforma protestante, el cisma provocado fue algo más que la simple diversificación de la religión, sino que también implicó la polarización de las religiones para justificar acciones políticas. Desde entonces, las diferentes corrientes ideológicas han estado respaldadas por diferentes posturas religiosas, que han contribuido en buena parte en propiciar las confrontaciones.
Para citar algunos ejemplos, ahora que México se acerca a la celebración del bicentenario de la Independencia, el movimiento de los Insurgentes -liderado por el cura Hidalgo- fue abanderado por la Virgen de Guadalupe, una manifestación católica autóctona, y que venía a bien para impulsar la emancipación; mientras que el Ejército Realista fue abanderado por la Virgen de los Remedios, manifestación peninsular.
En Guatemala -desde la Colonia hasta el surgimiento de la República, y continuando hasta la Contrarrevolución-, la Iglesia Católica jugó un papel fundamental en los movimientos del poder, sobre todo justificando una ideología conservadora, que intentaba mantener al país con estructuras coloniales, para perpetuar el poder criollo.
Fue hasta después del Concilio Vaticano II -cuando se asume la opción preferencial por los pobres-, que la Iglesia Católica asume posturas que se identifican más bien de oposición, como actualmente podría observarse con su postura ante la minería, la violencia, la pena de muerte y otras posturas en defensa del ser humano y sus derechos inherentes. A esta postura, es preciso indicar, que también un sector de la iglesia protestante apoya esta tendencia, como es visible a través del Consejo Ecuménico.
Sin embargo, hay otro sector de la Iglesia Protestante que ha tomado el rol de justificar el status quo de las acciones políticas. El mejor ejemplo de ello fueron las declaraciones publicadas ayer por Erwin Sperisen, ex director de la PNC y señalado de ejecuciones extrajudiciales, quien ahora justifica su inocencia asegurando que es «un cristiano ferviente miembro del Partido Evangélico Suizo». ¿Por qué justificar su presunta inocencia mostrando su carné de filiación religiosa?
Esto no es nuevo en nuestro país. El mismo Sperisen, cuando fungía como Director de la PNC, tenía un programa televisivo con contenido moralista-religioso, alumbrado desde el fundamentalismo religioso. También, durante la guerra interna, el avance del Protestantismo significó una estrategia contrainsurgente.
El problema de justificar las acciones a través del fundamentalismo religioso consiste en una básica y simple división entre buenos y malos, donde los buenos, obviamente, son los miembros de la secta (los únicos salvos) que cumplen con los mandamientos, y los malos son todos los demás. Esta justificación llegó incluso hasta la campaña proselitista del entonces candidato oficial, Alejandro Giammattei -hoy en prisión preventiva-, quien quería ganar votos a través de su eslogan «los buenos somos más».
Es fácil evidenciar que las ejecuciones extrajudiciales se alumbraron desde la creencia de que «nosotros los buenos tenemos el mandato divino de exterminar a los malos», y, desde esta visión, es comprensible que tanto Giammattei como Sperisen se consideren «inocentes», porque desde su retorcida visión no cometieron crímenes, sino mandatos divinos.
La religión no debe determinar quiénes son los buenos y quiénes son los malos; para eso está el sistema de justicia, que a pesar de que no funciona, nuestro deber es hacer que funcione, en vez de creernos que ya estamos en pleno Juicio Final y podemos decidir quién arderá en el fuego eterno, y quiénes serán los 144 mil salvos.