Los bonzos, punta de lanza de la oposición a la junta militar birmana y que multiplican las manifestaciones pacíficas en Rangún desde hace una semana, gozan de una enorme credibilidad y autoridad moral entre una población profundamente budista de la que están muy cerca.
«Pensamos que pueden lograrlo porque están motivados por una auténtica bondad», afirma una birmana de unos 50 años mientras llora de alegría por la valentía de los monjes ante los generales que gobiernan desde hace 45 años Birmania con mano de hierro.
«Todos nuestros vecinos rezan. Todo el mundo habla de los monjes», dice la mujer, que no se atreve a dar su nombre.
Los monjes, en su mayoría jóvenes, son la vanguardia de un movimiento de protesta desencadenado el 19 de agosto por la oposición política tras un aumento de los precios del carburante y del transporte público decidido arbitrariamente por los militares.
Ayer, al menos 20.000 personas, la mitad de ellas monjes, se manifestaron en Rangún. Al paso de los bonzos, miles de personas les aplaudieron ofreciéndoles agua y flores.
Hoy, más de 100.000 personas marcharon por el norte de la ciudad mientras que en el centro otras 30.000, 15.000 de ellas monjes, desfilaban por el centro de la principal localidad de Birmania.
Ese segundo cortejo pasó ante la sede de la Liga Nacional para la Democracia (LND), que lidera la opositora y premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, según estimaciones de testigos.
Los monjes ya participaron en movimientos de protesta popular, como el llevado a cabo contra los colonos ingleses durante la independencia del país, hace 60 años, o ese otro realizado en 1988, que fue duramente reprimido por los militares entonces en el poder.
A partir de entonces, los generales crearon un consejo del alto clero para intentar controlar a las instancias religiosas del país del sureste asiático.
La autoridad moral de los monjes es inmensa en una Birmania donde el 90% de su población es budista y en la que la religión marca el ritmo de la vida diaria.
Prácticamente todos los hombres del país han sido monjes en un determinado momento de sus vidas, dice un especialista.
Ordenarse monje, aunque sea por poco tiempo, es un deber religioso para los jóvenes y una forma de reconocer los sacrificios realizados por sus familias.
Muchos muchachos entran a los monasterios como novicios (antes de los 16 años) y después, a los 20 son monjes, explica Win Min, un experto en Birmania que vive en Tailandia.
Así, casi en todas las familias budistas, al menos un miembro ha entrado en un monasterio para estudiar.
Además, los bonzos han sabido con el paso de los años paliar las carencias del Estado en los sectores médico, escolar y social, recuerda Aung Naing Oo, otro experto también basado en Tailandia.
«Los monasterios han acogido también a huérfanos y alumnos y han empezado a participar en el cuidado de los enfermos de sida», añade.
Birmania cuenta con al menos 400.000 monjes. El 80% viven y estudian en Mandalai (centro), la segunda ciudad del país con innumerables templos y monasterios budistas.
Los birmanos están en contacto diario con los monjes, que viven de las limonas a cambio de sus rezos por las almas de sus semejantes.
En una señal muy simbólica, los bonzos empezaron la semana pasada a boicotear las limosnas de los militares, algo que constituye una afrenta enorme para los budistas.
«Los monjes no tienen el derecho de negar sus servicios a asesinos ni violadores. No pueden rechazar dar su ayuda a quienes atacan o amenazan las instituciones del budismo», explica Debbie Stothard, analista del grupo de presión Altsean Burma, cercano a la oposición en el exilio.
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protestaron en Birmania hoy. Más de 15 mil son monjes