Los asalariados danzan y gritan de júbilo y gratitud


Menos mal que aún me encontraba en ese estado de indolencia pegajosa propia de las fiestas de finales de año, puesto que si la información la hubiesen dado a conocer en un dí­a normal y corriente, me hubiera provocado un sí­ncope cardí­aco o, por lo menos, me habrí­a desmayado cual frágil margarita sofocada por falta de agua y exceso de Sol.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Inicialmente, cuando el inequí­voco ministro de Trabajo y Previsión Social, cuyo nombre soy incapaz de retener, anunció que los delegados de las corrientes sindicalistas y los representantes de las fuerzas empresariales no habí­an logrado ponerse de acuerdo acerca del salario mí­nimo que debe regir en las actividades agrí­colas y en las tareas urbanas durante el año que ha comenzado a correr, más aprisa que un cartero portando telegramas rezagados, me causó cierta alarma que el buenazo del presidente í“scar Berger fuese a tener un arranque de generosidad, propio de su alma caritativa, y que en ese sentido dispondrí­a aumentar exageradamente los estipendios de campesinos, obreros y otros asalariados de la misma categorí­a.

Lo que sospechaba se convirtió en ominosa realidad, para desazón de los empobrecidos hombres de negocios, extendiéndose a extenuantes terratenientes, porque el Primer Empresario de la Nación decidió por sí­ y ante sí­ incrementar en un abultado 5.4% el salario mí­nimo para las actividades agrí­colas y en un desorbitado 5.8% para las labores no agrí­colas, es decir, para los trabajadores urbanos.

Para comprender mejor estos agigantados incrementos salariales, debo intentar explicar que los Q44.58 que ganaban los campesinos, al menos hipotéticamente, ahora devengarán Q47 diarios, lo que significa un aumentazo de Q2.42 al dí­a, suficiente para comprar entre dos jornaleros una botella sencilla de agua gaseosa; mientras que los trabajadores urbanos lograron un radical aumento de Q45.82 a Q48.50 diarios, que significa la escandalosa cantidad de Q2.68 de incremento, lo que les permitirá comprar un litro de leche cada tres dí­as, siempre que esté en oferta y de la calidad que sólo los animales domésticos de los dos oligarcas están en capacidad de consumir.

Estos datos los obtuve al leer un subversivo y casi terrorista artí­culo de Haroldo Shetemul, en Prensa Libre del 2 de este mes, quien se atreve a decir, muy aventuradamente y con obvia dosis populista que esos aumentos «no sirven para nada» y llega al grado su extremismo de calificar de «oligarca» al amado í“scar el Bueno.

Como siempre, intolerantes e incomprensivos que son algunos fanáticos periodistas enemigos de la economí­a de mercado, del sector productivo del paí­s, de los que forjan cotidianamente el progreso nacional y hasta adversarios de la armoní­a y paz social.

Con los hiperbólicos incrementos del salario mí­nimo, los campesinos que trabajan en grandes extensiones de fincas, muchas de ellas en el abandono, si viven con alguna austeridad, lo que implica que no realicen gastos en viajes turí­sticos a los feudos de don Ricardo Castillo Sinibaldi, allá por Xetulul, y menos a Cancún o a los cayos de Belice, fácilmente podrán ahorrar para adquirir un par de pantalones cada Navidad, sin que ello desmejore su novedosa y bonancible economí­a familiar.

Infortunadamente el gobierno del presidente Berger no aceptó la generosa alternativa que le han estado planteando los cacifes desde hace tiempo, en el sentido de que no se incrementen los salarios por decreto, como ocurre año tras año, a falta de consenso entre las partes, sino que los aumentos se aprueben con base a la productividad.

Tengo la impresión de que los primeros en aceptar esta medida serí­an los diputados al Congreso de la República, porque conforme la actividad que desarrollan en el hemiciclo parlamentario su labor serí­a apropiadamente justificada, evitando así­ la maledicencia de los crí­ticos. También el presidente Berger saldrí­a ganando, si se toma como í­ndice de su productividad, las múltiples inauguraciones de obras que efectúa en las postrimerí­as de su gestión, aunque sea la pintura de un puente peatonal.

(Romualdito Talishte le rogaba a su padre, ayudante de albañil, antes del aumento de los salarios mí­nimos: -Papi, llevános ver tomar atol en el parque de El Centenario o a jugar con las gradas eléctricas del Tikal Futura; no seás así­).