Los árbitros


El juego de fútbol de unos niños en la calle, actividad más conocida como chamusca, es un partido limpio que comúnmente se juega entre dos equipos más o menos disparejos. Al primer equipo que anote cinco goles, se darán la vuelta, como simulando un segundo tiempo; de ahí­, hasta que alguno de los dos anote diez, si es que antes no cae la noche y las madres apuradas llamen a sus retoños.


En esas chamuscas el árbitro es tácito, invisible; sólo aparece de vez en cuando, si los equipos no están de acuerdo con un supuesto gol, o una mano que vio un equipo pero el otro no. El árbitro, que comúnmente decide rápido con tal de no atrasar el partido, se decide por el niño que grite más fuerte. Casi siempre tiene la razón, porque forma consenso rápido con la mayorí­a de niños; de vez en cuando, comete una injusticia, lo cual es perjudicial, porque recae en el ánimo de los pequeños jugadores, que, en ese caso, apurarí­an su regreso a casa, porque el partido ya no tendrí­a sentido.

Pero cuando esos niños crezcan, y algunos se dediquen incluso al futbol, verán materializado ese árbitro invisible en un personaje (o cuatro) que, a pesar de vestirse ahora de rojo, amarillo u otro color, se le sigue viendo de negro.

En los últimos años, en Guatemala, hay partidos que se han visto amañados por equivocaciones arbitrales; es natural, tal como en la chamusca. Lo malo es que a veces no son productos de distraerse, sino por la supuesta parcialidad. En las últimas fechas de la Liga Nacional, varios equipos se han quejado de la mala actuación arbitral; casi siempre se han dado estas quejas, pero ahora son más recurrentes. En la Primera División, incluso hay una queja formal para investigar una coacción contra un cuarteto arbitral, que al final, por temor, habrí­a balanceado el partido a favor de los supuestos extorsionadores.

Y no sólo en Guatemala, sino que también se han dado estos casos en las grandes ligas del mundo, como Italia, España, Inglaterra, Argentina o México; incluso en la Liga de Campeones de Europa.

Como medio de comunicación, debemos aceptar que es una irresponsabilidad decir (como es costumbre de los comentaristas de radio y televisión) que un árbitro se equivocó, porque esto en lugar de ser una acción positiva, sólo caldea los ánimos de los espectadores, quienes incluso han llegado a la violencia contra los árbitros.

Sin embargo, es necesario aceptar, por el bien del deporte y del futbol, que nuestros réferis ya no se invisibilizan como en las chamuscas, y que cada vez más adquieren mayor protagonismo, pero para desequilibrar la balanza hacia un equipo, a veces por repetidos errores, otros por coacción de la afición y, más de algún caso, por dinero.