José Barrera G.
Si se camina por las calles de Londres, del Londres viejo y eternamente gris cuyo origen se pierde en los borrosos horizontes de la historia europea, siempre habrá un edificio bello que descubrir, un rincón entrañable que visitar, o bien un monumento que desearemos observar con mayor tiempo y detenimiento. Londres -el Londinium fundado por los romanos y no, como poéticamente propone Cardoza y Aragón, por los árabes- es una ciudad cosmopolita y agitada, lluviosa y enorme a orillas del río Támesis en la cual se puede encontrar cualquier cosa, sobre todo durante la estación primaveral cuando la ciudad, abandonada durante meses por el sol y las flores, parece renacer y vibrar al son de músicos callejeros, por la presencia de actores, payasos y, en fin, artistas de esquina dispuestos, por unos pocos centavos, a entretener a turistas y paseantes o a quien se aproxime, casi siempre tiritando, a apreciar sus gracias y habilidades.

Pero dentro de todo eso que Londres ofrece al propio o visitante, son sus museos, salas de concierto y bibliotecas sin duda lo más valioso y espectacular. Hay algunas bibliotecas o museos dignos, de tan ricos y vastos, de visitarse no una vez o un par de veces, sino de reincidir en sus salones durante días y hasta semanas. Siempre habrá que volver a esos salones como se vuelve a consultar un libro lleno de belleza y sabiduría. Son, en verdad, auténticas enciclopedias empastadas en paredes de piedra, en arquitectura decimonónica o moderna. En medio de todo ello, la Tate Modern Gallery es una institución que, últimamente, sobresale por su dinamismo y características. La Tate Modern es un elefante arquitectónico que, gracias a la inventiva y buen juicio británico, lo que fue una antigua central eléctrica a orillas del río a punto de ser demolida, alberga hoy enormes salas, librerías y, en general, instalaciones dedicadas a exponer ante un público ávido, lo último, lo más notable y polémico, de las artes plásticas internacionales. Entre sus paredes se han presentado exposiciones de Dalí o de dadaístas como Duchamp o Picabia; por allí han pasado cuadros de Mondrian o de los impresionistas franceses y, en fin, por la Tate Gallery han desfilado los exponentes de cualquier «ismo» del arte moderno y contemporáneo.
Si se camina por las calles de Londres, repito, se camina por una ciudad capaz de sorprendernos sin compasión ni miramientos. Entre callejuelas retorcidas y empedradas con sabor a siglos medievales, donde no sería extraño cruzarnos con personajes de otros tiempos, bien puede usted encontrar, por ejemplo, un mendigo que viene de Nueva Zelanda, que aprendió castellano como polizón en un barco español, y que vino aquí simplemente porque aquí lo trajeron los vientos. Si continúa caminando seguro se sorprenderá, en algún momento, al encontrar un rascacielos de cristal tan moderno que semeja una bala apuntando al cielo, un cohete a punto de despegar para alcanzar la Luna y, sin embargo, no es más que una famosa construcción de Norman Foster, inglés de orígenes muy humildes proveniente de la ciudad de Manchester, pero que hoy es uno de los arquitectos más renombrados del planeta.
A orillas del Támesis hay de todo. Ahí está todavía el teatro de Shakespeare: The Globe; mejor dicho, una reproducción al centímetro, según dicen, de aquel teatro original. Se trata de un museo en el cual uno puede formarse una idea de cómo se representaron por vez primera obras maestras como «Hamlet», «Macbeth» o tantas otras. Aquella era una época en la que, mientras Hamlet recitaba sus monólogos inmortales, el publico podía salir de las funciones a orinar o a cosas peores a orillas del río cercano y por eso -lo explican los mismos guías del museo- esta área apestaba casi siempre. Más allá, por supuesto, el Támesis sigue fluyendo. El Big Ben marca la hora con puntualidad británica y la bruma se lo traga todo a la distancia como si quisiera despojarnos de un horizonte que guarda tanta historia, tantos secretos.
En pocas palabras, Londres, como casi todas las ciudades del Viejo Continente, es muy celosa de su pasado cultural. Esta urbe da la impresión de querer aprisionar entre muros todos sus tesoros nacionales o extranjeros, comprados o saqueados, recibidos en calidad de regalos, simples donaciones o alquileres temporales. Aquí, en los sótanos de museos y galerías, según se sabe, hay pinturas, esculturas, aparatos, objetos diversos, libros y documentos que se agolpan en cantidades exorbitantes y son, de tiempo en tiempo, expuestos al público que, por cuestiones de educación, da todas las señales de saber apreciar lo que se le muestra. Se podría decir, como mínimo, que el público británico intenta acercarse a las obras de arte o a la historia. La oferta cultural de la ciudad es enorme y el ciudadano común, de clase media generalmente, encuentra tiempo para disfrutarla. Esa es mi impresión luego de años de residir en esta urbe. Claro que no faltan algunos intelectuales o hasta artistas que reniegan de la existencia de tales galerías, salas de concierto y museos aduciendo que, en esos lugares, la cultura se ha masificado y todo no es más que un negocio cualquiera. Dicen que mucha gente va por esnobismo a museos o pinacotecas y no por amor al arte. He leído en periódicos a auténticos filósofos o historiadores del arte quejándose por la «vulgarización» que la cultura sufre en esos salones. Evidentemente nadie está conforme con lo que tiene.
En todo caso, y en mi opinión, es mejor que la cultura esté a disposición de quien desee disfrutarla a que se convierta en fuente exquisita de la que sólo pueden beber unas minorías selectas. Cuando el conocimiento es asunto de pocos la vida social se descompone. Si la población puede acceder al arte eso es algo magnífico. Democratizar la cultura no es vulgarizarla. Prefiero enormes colas ante las puertas de museos y conservatorios que desfiles militares o manifestaciones callejeras de masas fanatizadas e ignorantes. Prefiero un snob a un fanático. Pienso que la cultura -sin atribuirle poderes mágicos- puede ser antídoto contra todo extremismo si está bien asimilada. Y ésa es una lección de buena parte de la historia reciente (sobre todo en Europa), que dichos intelectuales no deberían olvidar. Claro que muchos preferiríamos disfrutar a solas un Velázquez a tener que compartirlo con un grupo de atolondrados turistas en un salón enorme e impersonal. Sin embargo, los espectáculos culturales cumplen una función positiva. La recreación espiritual es inaplazable.
Mientras caminamos por las calles de Londres de algo estamos seguros: si la estética y el conocimiento no figuran en el núcleo de las preocupaciones sociales, el desarrollo es una ilusión, nacerá deforme y amputado. Si la creación y disfrute de lo estético no es preocupación central de la vida social, el desarrollo estará siempre pospuesto. A más consumo de belleza más paz y harmonía, mayor libertad interior y plenitud del individuo. Allá donde el político vive realizando el show, donde tiene siempre la palabra, y el artista o creador, el científico o pensador, pasan a un segundo o tercer plano, el desarrollo integral es simplemente una quimera. El disfrute y la proyección de lo bello también generan desarrollo. La politización en exceso es negativa. Si el artista no tiene nada que decir y vive aplastado, oprimido y marginado por prejuicios y convenciones, por prácticas tradicionales o simple inercia, la sociedad toda se resiente y al final – lo digo sin ambages- se enferma. La salud espiritual del individuo y la comunidad requieren, entre otras cosas, el disfrute pleno de la belleza y el conocimiento. Si se confunde al líder (por democrático y brillante que sea) con el intelectual, con el científico o filósofo, el error es garrafal y esto hará un daño de dimensiones históricas. El político es fundamentalmente un hombre de acción, un administrador de la cosa pública, y como tal hay que entenderlo. En Guatemala el músico, el escritor, el artista, e incluso el académico, a menos que sean comparsas de lo político, no tienen casi nada que decir. Arte y ciencia son valores de segundo plano. Lo anterior se refleja en nuestros hábitos y costumbres. La clase media, por ejemplo, es numéricamente escasa y no toda está dispuesta a visitar museos. Nadie le enseñó en la escuela que eso es importante. Mucho de la vida cultural gira obsesiva y agresivamente en torno a lo político, y esto es contraproducente. Siendo un «país-museo», un país en el que si se escarba un poco se corre el riesgo de desenterrar una ciudad maya, la población vive de espaldas a tales realidades. Apenas hay recitales de poesía, foros, exposiciones o conciertos y si los hay son, frecuentemente, a precios elitistas. Existen varios teatros en la capital pero no siempre presentan obras de calidad. La televisión local es miserable y los medios, con sospechosa frecuencia, ignoran a los creadores. Es casi imposible ver buen cine. El consumo de libros está por los suelos. Habría que decir que se puede ser pobre, pero no necesariamente inculto. Es mentira que una cosa implique la otra.
Para finalizar nuestro recorrido, pienso en el Museo Británico. Allí, en ese edificio del centro londinense, como le ha pasado a tantos guatemaltecos que han vivido en estas latitudes, descubrí una parte esencial de Guatemala. El British Museum posee muchos objetos mayas. En sus colecciones hay estatuillas o bajorrelieves, estelas o vasijas de aquella milenaria civilización. Algunos salones muestran respetuosamente los vestigios de esa cultura. Me parece ver mucho más aprecio por la herencia maya en Londres que en Guatemala misma. Tal vez algún día, sin embargo, una cinemateca, una biblioteca o un museo dignos de esos nombres existan en La Ciudad de la Ermita. Al fin de cuentas son proyectos que, bien administrados, entre exposiciones y actividades, se pagan a sí mismos. Quizá algún día le perdamos el miedo a la belleza, al pensamiento y al arte.