Lo que no necesita Guatemala


eduardo-blandon

Un candidato que me dice, como Harold Caballeros, que debo votar por él porque presume ser exitoso en su vida privada, como empresario y lí­der religioso: dice que ha construido iglesias, fundado colegios y creado una universidad, no me dice nada que me mueva a determinarme por él.  Lo que queda claro en su discurso es que es buen empresario, que sabe hablar en público y que su vida está inspirada en la perspectiva cristiana, pero nada más.  Su discurso no obliga a mi conciencia y por tanto todaví­a su mercancí­a no es comprable.

Eduardo Blandón

 


En lo medular, Harold Caballeros es exactamente a cualquier oferta de derecha (que es la de la mayorí­a de candidatos). Sus propuestas son las de siempre, la que harí­a cualquier muchacho dí­scolo de la Universidad Francisco Marroquí­n: Más escuelas, talleres para obreros y creación de fuentes de trabajo.  Su discurso es como el Evangelio que predica: simple. Pero a diferencia de la exhortación evangélica su palabra carece de atractivo y seducción.
 
El discurso del Pastor, graduado me parece en los Estados Unidos, está fundado desde el horizonte capitalista.  Su relato es más de lo mismo.  Por eso es que es un disco rayado con eso de querer hacer respetar el estado de derecho.  Es una perorata que preserva el statu quo, carente de ingenio y capacidad de renovación.  El predicador dice a los ciudadanos: lo que tenemos que hacer es comprometernos con hacer cumplir la ley (así­ de simple).  Como si no es este sistema anodino y diabólico (para que me entienda) el que nos tiene así­.
 
 Más allá del discurso ingenuo de Caballeros que persigue alcanzar otra presea, porque parece vivir en la lógica de los tí­tulos y reconocimiento, según se desprende de su vacua propaganda, determinarse por un ex pastor es peligroso.  Para nadie es secreto que estos individuos son radicales (están habituados a codearse con la verdad, según ellos) y esto los vuelve fundamentalistas, intolerantes y muy arrogantes.
 
 Por esto, para el ex pastor las cosas son simples: hay que seguir la verdad, rendirse ante la belleza y juzgar el mundo desde la única perspectiva valedera: la Biblia.  Â¿A quién sorprenderá, desde esta óptica, que don Caballeros, hable pestes de los homosexuales, sancione sin piedad el aborto y ponga a todos sus seguidores a hacer oración antes de cada reunión del partido?  En su cenáculo no hay espacio para el diálogo y él es supremo, elegido e infalible.
 
El brazo de Dios, encarnado en Harold Caballeros, puede llegar a ser tan temible como la presencia del mismo Belcebú.  El inquisidor puede llegar a ser tan desgraciado como el abominable Mefistófeles y competir con él en maldad (la historia lo ha demostrado con creces).  Guatemala no necesita un predicador como Presidente, un moralizador de pacotilla que nos diga qué es el bien y nos haga sentir cucarachas cuando descubra nuestro presunto mal.  El paí­s no tiene urgencia de maniqueos cuya sensibilidad se solace en acusar y poner el dedo.