«Lo más satisfactorio es transmitir experiencias»


EL MARQUENSE captado en una localidad de Los íngeles, lugar donde vive desde hace cuarenta años. A las puertas de su retiro, Reyna se dedica a la docencia con la intención de transmitir sus conocimientos y experiencias.

José Reyna, un marquense que hace cuarenta años tomó la decisión que cambió su vida. Hoy vive en Los íngeles, California, y al borde de su retiro se dedica a impartir clases en universidades de dicho paí­s. Transmitir sus experiencias es lo más satisfactorio en su vida.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

REYNA (de abrigo negro), junto a familiares y amigos durante una actividad para reunir fondos de ayuda a los connacionales residentes en Los íngeles, California.

En 1993, José Reyna tuvo un accidente que por poco le quita la vida. Esa experiencia despertó en él la urgente necesidad de transmitir sus conocimientos a otros. Porque al final, «cuando uno muere nada se lleva», dice este marquense que lleva más de cuatro décadas residiendo en Estados Unidos.

La vida le ha dejado a José algo muy claro, y es que hay momentos en que las decisiones fundamentales hay que tomarlas en el momento preciso. Quizá para él ese momento fue cuando tení­a 25 años, y dejando atrás vivencias acumuladas en su San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, viajó junto a su esposa a Estados Unidos.

Eso fue hace ya 40 años, en los cuales se ha forjado una vida en Los íngeles, lugar donde decidió establecerse para brindarle a su familia un mejor porvenir.

José fue tras el sueño americano, algo que en la década de los sesentas se mantení­a pleno y atrajo a muchos extranjeros, sin embargo, la situación hoy por hoy difiere esa época. «El sueño americano como la igualdad de oportunidades de hacer o no hacer lo que a uno le gusta, está vivo», argumenta, pero para lograrlo se requiere empeño y voluntad. «Hay muchos obstáculos que vencer», advierte.

El empeño con una fuerte dosis de valor. Este marquense quien charló con LVDM ví­a telefónica desde su casa en Los íngeles, relata alguna de sus anécdotas de su vida en ese paí­s.

Una de ellas fue justo cuando ingresó, ví­a aérea, a California. En los sesentas, cuando la oleada de hispanos aún no era manifiesta, el español era un idioma de poco uso, y José no sabí­a nada de inglés. Junto a su esposa, recuerda, pasaron varias aduanas sin cruzar palabra con nadie.

La pareja salió al área principal del aeropuerto y buscaron un asiento para intentar pedir auxilio a alguien que entendiera español. Para su mala suerte, todo mundo era anglosajón y permanecieron sentados, entre tres y cuatro horas observando a los demás viajeros en la terminal.

Con un poco de ingenio, a José se le ocurrió ver detalles de cómo se desenvolví­an los demás viajeros y escribió la dirección hacia donde iba en un papel. Salieron a la calle e imitó la forma en que se pedí­a el servicio de taxi. Se subieron y únicamente le dio al chofer el papel con la dirección.

La pareja tení­a clara la idea de hacer una vida en Estados Unidos, y no iban a dar marcha atrás. «La decisión de viajar a este paí­s representa para mí­ una de las decisiones más grandes en mi vida», dice.

Y es que, como casi todos los migrantes, a los Reyna las oportunidades se les fueron cerrando en Guatemala y más por necesidad que por gana, se animaron a irse a probar suerte. Y lo lograron.

«Allá en nuestro paí­s para trabajar en empresas privadas o en el gobierno significaba subordinar la voluntad o el juicio a otra persona, pues el servilismo y adulación a los superiores o jefes era indispensable para mantener un trabajo», agrega José.

En aquellos años de su partida, José ganaba Q60 mensuales, que eran insuficientes para satisfacer sus necesidades básicas, y ni siquiera podí­a pensar en acceder a estudios universitarios. Y esa fue su motivación más grande.

MULTIUSOS

Del mismo modo en que sucede con la mayorí­a de inmigrantes que llegan a esa nación, José tuvo una serie de empleos. «Acá uno es un multiusos», resalta.

Se inició lavando carros con un salario de US$1.35 la hora. Después de un tiempo fue reclutado por diferentes fábricas. «En un perí­odo de dos años trabajé en 17 diferentes fábricas», dijo.

Pasado un tiempo, y aprovechando que habí­a sido beneficiado con una residencia legal, se sometió a una prueba de servicio civil, logrando una plaza en el Condado de Los íngeles.

Empeñado en continuar brindando sus habilidades, tomó el examen del servicio civil del Gobierno Federal.

Hace cinco años que se jubiló y con sus estudios en inglés, administración pública y empresariado, sacó un doctorado en leyes.

PROFE

Hablar con este semanario hizo que a José le florecieran varios de sus recuerdos atesorados sobre Guatemala. Cuenta, por ejemplo, que por aquellas décadas de los 50s y 60s donde se forjó su infancia, la paz y la tranquilidad hací­an de la vida, aunque pobre, tranquila y sin violencia. Contrario a lo que observa hoy en dí­a en los periódicos.

La situación actual tiene un solo culpable, para José y es la mala administración de los gobiernos que ha tenido el paí­s. Si tuviera una varita mágica para transformar algo de Guatemala, lo primero que harí­a este inmigrante es cambiar el «sistema polí­tico corrupto».

No por nada, el dibujo que hace de Guatemala José es: «el querido terruño en donde nací­, en donde los pobres, indí­genas y campesinos son tratados como ciudadanos de segunda clase, sin oportunidades para lograr una vida más digna».

Y en todo ello hay algo que rescata y se ha convertido en una inspiración para su vida. En San Pedro Sacatepéquez tuvo una profesora en la escuela primaria. La maestra Perla Velásquez, que con su paciencia, tolerancia, enseñanzas y guí­a inició su formación y desde entonces ha adquirido muchas de las influencias que se han traducido en una marca en su vida.

Tanto así­, que actualmente imparte cursos en algunas universidades de California.

El recuerdo de la profesora Velásquez y un hecho que le ocurrió en 1993 le dieron un giro a su vida. Ese año tuvo un accidente automovilí­stico. Cuando despertó en la sala de emergencias de un hospital, se percató de lo fácil que es pasar de esta vida a la siguiente.

«Durante mi recuperación consideré necesario transmitir mis experiencias y conocimientos a otros, pues si bien es cierto que personalmente me han servido, el dí­a que yo ya no esté en este mundo, me los llevaré y no le servirán a nadie más. En ese momento pensé en que tení­a que transmitir lo que sé a otros», comenta.

De ese modo envió su historial académico a todas las universidades del sur de California y se sometió a pruebas de oposición hasta vincularse en el campo de la enseñanza.

Aunque, está al borde de su retiro, no piensa en retornar a Guatemala para vivir. Vendrí­a únicamente de paseo, asegura. Y es que Estados Unidos, para los inmigrantes, brinda algo que no hay en este paí­s, y es la libertad de acción, asegura.

Pese a ello, a sus dos hijas les puntualiza siempre, lo que significa abandonar la patria para empezar una vida nueva. «Dejar el paí­s no es fácil, pero lamentablemente no hay otra alternativa», concluye.