La democracia no es la culpable que en Guatemala de la corrupción hayamos pasado al saqueo. El apetito insaciable de nuestros políticos por hacer dinero fácil en los cargos públicos hizo que en lugar de la corrupción, que no es otra cosa que echar a perder o causar perjuicio, se hayan dispuesto asaltar los organismos, entidades o dependencias tomando para sí cuanta cosa hayan encontrado. Fácil es comprobarlo en el Congreso, en el IGSS, en Gobernación, en Agricultura, en Comunicaciones y Obras Públicas, en Educación, etc. Triste es comprobar entonces que no hay entidad libre de los efectos de quienes la quiebra de valores y principios les ha sido útil para pasar de la noche a la mañana de pobretones a multimillonarios.
Con pena he oído y leído opiniones vertidas en medios de comunicación echándole la culpa a la falta de legislación para evitarlo. Otros, dicen que se debe a la voracidad de los políticos. Y nunca falta quien diga, aunque su trayectoria política haya sido deleznable y poco honesta, que la culpa de todo está en el sistema democrático que escogimos para vivir en sociedad. Para mí, esto último no es más que equivocar conceptos, puesto que democracia no es simplemente practicar el sufragio universal, sino que su nervio y corazón radica en la igualdad, la libertad, la educación, la distribución justa de la riqueza, el respeto a la ley, a la autoridad política, la alternancia en el poder y el control público de la autoridad.
No hay democracia sin hacer valer el principio de que todos somos iguales con la misma dignidad. Tampoco, si no somos libres interna como externamente, tanto de pensamiento, expresión o residencia. La igualdad también significa educación y sin ella no se puede ejercer la libertad política y jurídica, hasta tener una ocupación o profesión digna. La justa distribución de la riqueza no significa invadir o quitar propiedades ajenas, sino cambiar condiciones, eliminar incomodidades, hasta transportarse seguro de un lugar a otro.
Si queremos vivir en democracia, «todos debemos ver la ley como obra nuestra para que podamos someternos a ella sin esfuerzo alguno», dijo Tocqueville. Esto y no el capricho es lo que debe regir la conducta personal y nuestras relaciones. Pero la ley no triunfa si no hay autoridad democrática, la que apela a la libertad, responsabilidad y racionalidad de las personas. De ahí proviene la alternancia de poder, puesto que el ser humano comete errores, por lo que amerita hacer cambios o sustituciones sin fuerza ni violencia, así como la autoridad debe estar sometida a un sistema de control. Por eso la división de poderes, la limitación temporal del mandato y el peso de la opinión pública son instrumentos indispensables en la democracia. Y lo más importante, los gobiernos no son dueños de la opinión pública sin la posibilidad de ser juzgados por despóticos, al intentar usurpar poderes que no le corresponden.