Lo más cómodo era hacerse baboso


El Cardenal Rodolfo Quezada Toruño, Arzobispo Metropolitano de Guatemala, empezó su reflexión reconociendo que no era fácil ni cómodo abordar el tema de la pena de muerte en nuestro paí­s porque estamos tan lastimados colectivamente por la incapacidad del Estado para garantizar la vida a los habitantes de la república, que hemos perdido por completo la paciencia y no queremos ninguna forma de complacencia con los criminales, mucho menos contemplaciones inspiradas en reflexiones de tipo teológico. Si monseñor Quezada se queda callado nadie le hubiera recriminado su actitud, pero esa cómoda posición es, paradójicamente, terriblemente incómoda para personas que tienen profundamente arraigados sus principios y, sobre todo, su fe.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Las crí­ticas a monseñor son, en muchos casos, crí­ticas a la Iglesia Católica motivadas por diferencias religiosas que se marcan en circunstancias como las actuales. Pero también hay entre sus crí­ticos muchos fervientes católicos que no entienden cómo es que el prelado no se suma al coro de los que están clamando por la pena de muerte como la solución de los problemas de violencia y criminalidad. Es más, entre quienes no entienden al Obispo y le recriminan hay hasta aquellos que se las llevan de ser defensores de la vida y que han dedicado la suya a esa causa, siempre y cuando se trate de los no nacidos, no así­ cuando se trata de la aplicación de la pena de muerte, sea ésta judicial o extrajudicial.

Hay que decir que el Obispo tuvo que hablar en un momento crí­tico y muy difí­cil porque nunca como ahora hemos estado hasta el gorro de la violencia y la inseguridad. Y es tanta la desesperación que lo primero que se nos viene a la mente es la necesidad de aplicar la pena de muerte y aquellas reflexiones que cuestionan esa «solución» son descartadas sin mucho análisis. No sé cuántos de los que en la página de La Hora han comentado la reflexión del Cardenal Quezada tuvieron la dedicación de leerla í­ntegramente, de hacerlo con el cuidado de tratar de entender lo que dice el Obispo y no simplemente buscando por dónde y cómo le pueden volar leño.

Acaso lo más injusto de las crí­ticas lanzadas sea que la Iglesia en general y la de Guatemala en particular no ha condenado la muerte de personas inocentes ví­ctimas de los criminales. A lo largo de muchos años, los miembros de la Conferencia Episcopal han emitido infinidad de comunicados en los que se hace énfasis en la degradación de nuestra sociedad, en la forma en que hemos perdido ese respeto a la vida y abrazado una cultura de la muerte.

Uno podrí­a pensar que no es momento para querer estar en los zapatos del Obispo porque se metió en el ojo de un huracán al abordar el tema de la pena de muerte en la forma en que lo hizo. Pero también debemos pensar que hacen falta agallas, determinación y, sobre todo, una fe muy fuerte, para adoptar esas posturas que uno sabe que son polémicas, que despertarán encendidas pasiones en un medio donde la gente no busca quién las debe sino quién se las paga.

Nadie ha comentado que el Cardenal Quezada señala las terribles deficiencias de nuestro sistema de justicia, reconocidas por todos los guatemaltecos, como una razón para dudar de la correcta aplicación de la ley. Y es que nadie que pueda contratar a un buen abogado y que tenga recursos para acudir a los medios por todos conocidos, será condenado a la pena capital en Guatemala porque para ese tipo de gente siempre hay salidas. Y eso, en verdad, no tiene nada que ver con justicia.

Sobre el debate de si la pena de muerte es disuasiva, nadie menciona que en Guatemala el estí­mulo evidente al crimen está en que ninguna pena, ni las menores, se aplica porque vivimos en el paraí­so de la impunidad. Disuasiva serí­a, en todo caso, la certeza absoluta de que quien comete un crimen pagará las consecuencias, extremo improbable en un paí­s donde apenas un í­nfimo porcentaje de los delitos llega a juicio, no digamos a condena.

Repito que para monseñor Quezada Toruño hubiera sido infinitamente más cómodo guardar silencio, aunque conociéndolo, su conciencia no le hubiera permitido tal comodidad. Y defender puntos de vista que no son populares no es fácil, pero es absolutamente necesario cuando se trata de cuestiones en las que se debaten visiones de principios y valores. í‰l sabí­a que vendrí­a una retopada tremenda que, para decir la verdad, no será la primera ni la última de su apostolado porque mientras más consecuente es una persona con sus creencias, menos placentera termina siendo su postura.

Pensar que es indolente ante el sufrimiento de las ví­ctimas de la violencia y sus familiares es desconocer la personalidad de un Obispo que vive apasionadamente sus creencias. Un Cardenal que goza y sufre con los gozos y tristezas de la gente y que tiene la entereza y valentí­a de hablar cuando cree que debe hacerlo.

Lo más duro para él será, sin duda, no el ataque de quienes viven otra fe distinta a la católica sino el cuestionamiento de quienes se dicen no sólo católicos practicantes sino que se dicen defensores de la vida por la enseñanza de la misma Iglesia y participan activamente en movimientos contrarios al aborto y hasta a la utilización de métodos artificiales para evitar la concepción, pero que a la hora de discutir el tema de la pena de muerte escudriñan el catecismo para encontrar el párrafo que justifica su inclinación por la pena capital como solución a los males de una sociedad violenta. Y es que en la Guatemala de hoy es muy difí­cil pensar en salidas a la violencia y el recurso de eliminar al delincuente siempre se presenta ya no como el mejor sino como la única opción ante esa incapacidad que tiene no sólo el Estado sino también la sociedad para enfrentar tanto crimen, tanta maldad.