Las circunstancias del entorno social y económico del país, que se caracterizan por la desorbitada violencia criminal que incluye el asesinato cruel y despiadado de pequeños niños inocentes, el incremento desmedido de precios de la canasta básica, el desempleo que no ofrece oportunidades a la juventud ni a los adultos jóvenes y maduros, los índices de pobreza y pobreza extrema; el autoritarismo de la Ministra de Educación; la corrupción gubernamental coludida con grupos de empresarios inescrupulosos, y otros agudos problemas que agobian a la sociedad han sacudido la conciencia de los liderazgos de las iglesias Católica y Evangélica.
La Conferencia Episcopal de Guatemala, que reúne a todos los obispos del territorio nacional, y la Alianza Evangélica de Guatemala, que aglutina a la mayoría de las congregaciones protestantes, probablemente sin proponérselo coincidieron en lanzar sendos mensajes públicos que contienen expresiones de evidente y sincera preocupación por los conflictos de diversas índoles que ensombrecen y enlutan la vida de los compatriotas, a la vez que, sin perder la esperanza y la fe en el Creador, propia de los cristianos de cualquier denominación o confesión, también exhortan a las autoridades de todas las escalas e instancias del Estado a que procuren enfrentar y atender con seriedad, eficiencia y responsabilidad las necesidades de la población, al margen de consideraciones ideológicas o de otra naturaleza, porque, sin decirlo con estas palabras, nos encontramos al borde de la inestabilidad en todos sus espectros y que podría provocar consecuencias que parecieran imaginables de un pueblo pacífico, aguantador, sufrido, amargado y engañado.
Es probable, aunque lo escribo con poca convicción, que las autoridades del Estado definidas en sus tres organismos, instituciones autónomas y dependencias de otros estratos, e incluso los dirigentes de la clase dominante y hasta los obcecados líderes de las organizaciones políticas que sólo se interesan por sus avariciosas metas particulares hayan ocupado un poco de su ocioso tiempo para leer las declaraciones de la CEG y la AEG a fin de que puedan cavilar -si es que sus concepciones no se han encallecido hasta la médula y sus volátiles pensamientos dan cabida a instantes de reposo en sus ambiciones de constante perversidad- en torno a los criterios vertidos a la luz e inspiración de la Divinidad, en el supuesto entendido de que la mayoría de los actores y sujetos componentes de los altos cuadros que manejan a su antojo los destinos de la colectividad guatemalteca profesan la doctrina católica o la enseñanza evangélica, que en los cimeros aspectos que han abordado reflejan la raíz bíblica, tanto en su fundamento veterotestamentario como en su aliciente esencialmente cristiano, para que realicen un supremo esfuerzo volitivo, espiritual y cívico a fin de comprender que es imprescindible retomar o iniciar los caminos de la honestidad personal, la ética social y la moral del bien común.
No estamos frente a documentos vertidos en la vorágine de la ira, el resentimiento ni el avorazado apetito del poder político, como para pretender vanamente deslegitimar o descalificar diáfanos señalamientos, legítimos reclamos y lícitas demandas provenientes de organizaciones que persiguen propósitos egoístas, parciales y sectarios, sino que emanan de conductores religiosos que antes de emitir juicios de valor, ponderan las causas, valoran sus alcances y reflexionan serenamente sus fines teleológicos.
¿Serán capaces de comprender estos mensajes sus destinatarios?
(El laico Romualdo Tishudo cita el pasaje del evangelio de san Lucas en el que Jesús declara: -El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos; vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor).