Libros que llegan a las calles


Infantes que asisten a las actividades lúdicas en el proyecto

César, Ví­ctor y Guayo lucen muy arreglados. Desde temprano, los hermanos tomaron un baño, se vistieron, peinaron y pusieron perfume. A las 8:30 de la mañana están prestos para compartir durante unas tres horas, con otros 60 chicos, lectura, pintura y varias actividades lúdicas.

Ligia Flores
lahora@lahora.com.gt

Además de lectura, los niños también realizan dibujo y pintura.

César, tiene ocho años. Llegó desde Quiché con su numerosa familia, en enero, a la colonia La Arenera, ubicada en la zona 21. Al inicio no veí­a la forma de asistir a las actividades de la Biblioteca de Calle, que cada sábado se organiza en su barrio, ya que debí­a cumplir con su labor de limpiabotas, en un centro comercial de la zona 10.

«César se integró en el proyecto, y cuando lo hizo, para él fue una experiencia única, porque fue como si descubriera otro mundo», cuenta Linda Garcí­a, voluntaria de la organización Cuarto Mundo.

El chico se percató que puede dibujar y pintar; ahora quiere ser artista de la pintura. Actualmente cursa el segundo grado de primaria. Sin embargo, pese a que sus hermanos están en edad escolar no saben leer ni escribir, porque sus padres no pueden enviarlos a la escuela.

Sin embargo, a Ví­ctor, con sus siete años encima, participar en la biblioteca le ha despertado las ganas de ir a la escuela. Guayo, el hermano menor, tiene cinco años.

Biblioteca de calle

Linda Garcí­a, comenta que las «Bibliotecas de calle» nacen junto con el movimiento Cuarto Mundo, en Francia. A Guatemala, la iniciativa se instaló en San Jacinto, Chiquimula, hace unos 30 años.

La voluntaria indica que, cada semana, en áreas marginadas se brinda un tiempo de alegrí­a y aprendizaje, alrededor de la lectura y otras expresiones artí­sticas, a niños y jóvenes.

«Se busca que los niños tengan otra visión de los libros, que no los consideren tediosos, para que se acerquen y conozcan que hay otras cosas más allá de su barrio; que despiertan su imaginación y se fomente el habito de la lectura», señala.

Según la entrevistada, también se busca un acercamiento con las familias de los infantes, «para conocer cómo viven y desde su experiencia hacer propuestas», aduce.

Monsor Radja, un voluntario que vive en el paí­s desde hace cuatro años, cuenta que el movimiento de bibliotecas de calle comenzó en la Lí­nea Férrea, con los infantes que habitaban en las cercaní­as de la calzada AtanasioTzul.

«La municipalidad desalojó a las familias y las trasladó a dos asentamientos: uno en Lomas de Santa Fe, zona18 y la otra en la zona 21, en el asentamiento La Arenera, por lo que los seguimos hasta esos lugares», comenta.

También trabajaban en la colonia Piedra Santa, ubicada en las cercaní­as del relleno sanitario de la zona 3; sin embargo, se percataron que las actividades de la biblioteca no eran adecuadas para las necesidades de la población, por lo que inician nuevas acciones que incluyen a los padres y madres de los niños y niñas.

«Nos instalamos en esos barrios porque estamos convencidos que las personas que viven las experiencias pueden generar propuestas para reducir la pobreza», argumenta la voluntaria.

Las Bibliotecas de calle también se realizan en dos asentamientos urbanos del departamento de Escuintla: en el asentamiento Guatelinda y otro que se llama La Lí­nea.

El personal total que atiende las bibliotecas, contando los dos voluntarios que se encargan de las acciones en Escuintla, son seis.

«Una de los más grandes inconvenientes es el poco personal con que se cuenta para poder ejecutar todo el potencial del programa», se lamenta la entrevistada.

Difí­cil contexto

Según los voluntarios, muchos de los niños y niñas asisten a la escuela, sin embargo, aproximadamente el 25% de quienes asiste a las actividades, no sabe leer ni escribir y el 75% restante no comprende lo que lee.

«Cuando comencé en este programa creí­ que la cobertura educativa estaba casi al 100%, y la permanencia escolar igual, pero la realidad es otra. Muchas veces pueden leer muchas sí­labas, pero no entienden», afirma Linda Garcí­a.

Los educadores advierte que los infantes no van a la escuela, porque los padres no pueden pagar los estudios.

Monsor explica que es complicado que los padres acepten que sus hijos o hijas asistan a la biblioteca. «Al inicio hay que hablar con los papás, porque muchos de ellos tienen desconfianza. Una vez me dijeron que sus hijos no perderí­an su tiempo en esas cosas», contó.

Gí‰NERO


Durante la temporada que llevan desarrollando el programa en La Arenera, los voluntarios se han percatado de las diferencias sociales que priman en la comunidad entre niñas y niños.

Según dicen, muchas de las niñas que asisten deben llevar a sus hermanos menores, de entre 2 y 4 años, y cuidarlos, ya que de lo contrario no se les permite participar.

«Las niñas llegan con sus hermanitos porque tienen que cuidarlos, y en vez de hacerlo en su casa lo hacen al proyecto y esto muchas veces les impide hacer todas las actividades», expone Monsor.