Libertad de prensa, no de empresa


«Una dictadura mediática intenta suplantar a las dictaduras militares de pasadas décadas.»

Aram Aharonian, periodista uruguayo.

Por estas latitudes y desde esta otra postura en donde se considera al ser humano como sujeto de derechos más que potencial comprador a ultranza de banalidades, también defendemos la libertad de expresión.

Ricardo Ernesto Marroquí­n
ricardomarroquin@gmail.com

Siempre con cuidado, no vayan a creer que por «libertad de expresión», quienes hemos hablado por radio o escribimos material periodí­stico, entendemos lo mismo. Los voceros mediáticos de las posturas más conservadoras en lo económico y social tienen miopí­a, sordera, dislexia o cualquier tipo de anomalí­a para una correcta percepción de la realidad, y confunden la «libertad de prensa» por «libertad de empresa».

Empecinados e insistentes con el tema de la objetividad (concepto que tanto gusta a las escuelas y facultades de comunicación) la vocerí­a de la «libertad de empresa» tuercen realidades, colocan un solo punto de vista, difunden el racismo contra los pueblos indí­genas, fomentan el machismo, ningunean las propuestas de las organizaciones sociales, desacreditan la movilización social, apoyan golpes de Estado… ¿Su agenda mediática es sólo una inocentada? ¡Ya lo creo!

Nuestro concepto de «libertad» no es tan reducido como para pensar que una persona es libre cuando tiene la posibilidad de vender y comprar. De igual manera, nuestra concepción de la libertad de expresión, de la comunicación, no se reduce a la oportunidad que tiene un individuo a sentarse frente a la televisión y presionar el botón rojo del control remoto identificado con la palabra «on».

La comunicación es un derecho y, aunque cueste creerlo en este sistema en donde la desigualdad es una condición inherente, no reservado únicamente para los que tengan más dinero o (da risa, incluso plantearlo) para quienes estudiamos comunicación en algunas de las universidades del paí­s.

Transmitir y recibir información es una posibilidad que debe estar al alcance de la población. Lógico es pensar que los más de 14 millones de personas que habitamos en Guatemala no podemos estar frente a un micrófono. Pero, si somos tantos y tan diversos ¿Por qué en estos espacios privilegiados una sola voz es la que impera y trata de ser la palabra de toda la población?

Que no nos vengan con el cuento que defienden la libertad de expresión cuando no hacen nada por democratizar la palabra. Por ejemplo, ¿por qué no se inicia el debate sobre el procedimiento que se sigue en Guatemala para otorgar una frecuencia radial? ¿Acaso un proceso de subasta garantiza el acceso del espacio radiofónico para toda la población?

Está bien, abordemos el tema de la libertad de expresión en los paí­ses sudamericanos, pero no pensemos que en nuestro paí­s las condiciones son óptimas para ejercer este derecho. ¿Le entramos?