¡Oh fuego bendito! Danza anaranjada de la llama ardiente que brinca sobre la trama de los encendidos troncos. El sagrado legado del inmortal Prometeo, héroe que por su osadía fue sempiternamente castigado por los rencorosos dioses. Ese fuego que se alimenta con brea, aceites, pero sobre todo con madera. Arde con leños, valiosos trozos que se cercenan de los árboles. Esa leña fiel compañera de la humanidad desde sus primeros albores en una línea de conducción que arranca desde las primeras fogatas de nuestros antepasados, anteriores aún al Cro-Magnon. Poco ha cambiado en ¿Cuántos años? 300 mil o 200 mil años. Igual da. Combatían nuestros ancestros el frío glacial que les mordía la piel y ansiosos cocinaban y aspiraban el producto de sus cacerías. Ese es el mismo fuego que calienta hoy el comal donde se tiran las tortillas en el ahumado cobertizo en medio de la montaña de Quetzaltenango. Pero también lo prenden en muchas de nuestras ciudades donde los pobladores no quieren, o no pueden, abandonar la costumbre que llevan estampada en sus genes. La leña la sigue utilizando el campesino y clases populares como productor de calor, esto es, de energía, pero ¿Por cuánto tiempo más? ¿Cuánto nos va a durar la leña? La población crece exponencialmente y los bosques ralean y se esconden. Con menos bosques hay menos lluvia y con menos lluvia hay menos bosques. Una espiral que nos absorbe hasta las profundidades más oscuras. «Â¡Ya no corten los pocos árboles que van quedando!» Entonces ¿Qué hacemos? Conforme la leña escasea debemos incrementar el uso de otras fuentes de energía. ¿Cuál? La electricidad es más un transmisor de energía que un generador de la misma. La pregunta entonces es ¿Cómo producir más electricidad? Las posibilidades son combustión, hidroeléctrica, eólica, geotérmica y atómica. La primera opción, que podemos catalogar como una de las dos tradicionales, implica comprar el combustible que prácticamente no tenemos (salvo el bagazo que producen algunos ingenios); los precios cada día más elevados encarecen el costo de la electricidad lo que a su vez nos vuelve menos competitivos y por lo tanto disminuye nuestra capacidad de pago. Cada vez más dependientes del mercado internacional y obligados a trabajar casi solo para pagar la factura de los combustibles que encarece al punto que mucha gente no va a poder pagar su consumo doméstico. Otra espiral negativa. Además la combustión implica emanación de gases que perjudican a la atmósfera. Las hidroeléctricas son obras grandes que exigen fuertes inversiones y nadie va a arriesgar su dinero en un país que no ofrece seguridades y buenos rendimientos. Por otra parte se ha fortalecido la oposición a nuevos embalses por diferentes motivos: ambientales, históricos, étnicos, arqueológicos, tribales, etc. Cada objeción tiene que ser atendida pero no debe provocarse una consigna antirrepresas con algún pretexto poco fundado. Los beneficios de la presa de Asuán o las expectativas de la gigantesca obra que se realiza en las Tres Gargantas en China en el río Yangtsé nos pueden servir de pautas. Claro que en esos dos casos se dieron muchos sacrificios -monumentos arqueológicos y ciudades enteras se inundaron– pero se privilegió el bienestar de la actual y de las futuras generaciones. Algo hipócrita la actitud de muchas poblaciones que quieren energía limpia pero, eso sí, que la produzcan en la región vecina. La energía eólica necesita también de muy fuertes cantidades para montar los molinos. La energía térmica no se ha logrado desarrollar. Nadie confía en la energía nuclear. Entonces ¿Qué hacemos? La población necesita energía, y necesita energía accesible y lo más barato posible. Quedamos sin bosques ni posibilidades de leños, sin hidrocarburos, sin hidroeléctricas, sin inversiones para molinos de vientos, sin geotérmicas desarrolladas, temerosos de la fusión atómica nuclear; entonces debemos acostumbrarnos. En primer lugar a comer crudo, subir gradas y a no ver televisión.