Anteayer me referí a la impotencia de los guatemaltecos frente a la impunidad, desfachatez y corrupción –entre otras perversas conductas– como se conducen altos y medianos funcionarios de los organismos del Estado y de instituciones autónomas; pero los gobernados se limitan a refunfuñar, murmurar y algunos lectores exigen que los periodistas de opinión sean más incisivos en sus críticas al régimen.
De nada sirve que algunos columnistas nos afanemos en señalar severamente procedimientos irregulares presuntamente ilícitos como se procede en la administración pública, porque comenzando con los integrantes de la cúspide gubernamental, ni se dan por aludidos y persisten en realizar negocios caracterizados por su opacidad, mientras que declaran con énfasis que están trabajando a la luz de la transparencia, como si los guatemaltecos en general fueran una masificación de la estupidez en su más ostentosa demostración de mediocridad.
Para citar otro ejemplo adicional a los casos que mencioné superficialmente el pasado sábado, diputados del oficialista Partido Patriota se confabulan con parlamentarios del Líder, supuestamente el abanderado de la oposición, para desintegrar frecuentemente el quórum en las sesiones del Congreso; pero ahora los patriotistas, amonestados por el Presidente y la Vicepresidenta de la República buscan encontrar un hueco en la agenda legislativa, entrampada por la estéril y agotadora interpelación al Ministro de Cultura, para aprobar dos préstamos que le urgen al Organismo Ejecutivo, sin mencionar ni por asomo la necesidad imperiosa de promulgar las iniciativas de leyes relacionadas con la transparencia, de lo que tanto se jacta la mancuerna que dirige los destinos del país.
Si otra fuera la conducta generalizada de los guatemaltecos engañados en múltiples oportunidades electoreras por los llamados partidos políticos de todo cuño, pero que no se distinguen, precisamente, por sus diferencias ideológicas (¿?) sino que coinciden en su vergonzosa rapacidad, ya se hubiera conformado un movimiento popular, ajeno a sectarismos de cualquier índole, para echar de sus cargos a los holgazanes diputados, especialmente aquellos que durante lustros han exprimido al Estado mediante sus vínculos con poderes fácticos, tomando en consideración que, por su naturaleza, el Congreso es fiel reflejo del desenfreno malvado prevaleciente en la administración gubernamental.
La población cuenta con un asidero legal para levantarse en contra de congresistas y funcionarios de los otros organismos estatales, porque el artículo 45 constitucional ampara la insumisión sin derramamiento de sangre. Transcribo literalmente el segundo párrafo de la norma: “Es legítima la resistencia del pueblo para la protección y defensa de los derechos y garantías consignados en la Constitución”. En otras palabras, los guatemaltecos tenemos la facultad de rebelarnos contra mandatarios que vulneran leyes que deberían protegernos, sin necesidad de acudir al uso de la violencia. Es la resistencia pacífica.
(Romualdo Tishudo repite este apotegma de Mahatma Gandhi: –Mañana talvez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados; pero no podremos verlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos atrevimos a pelear).