La escalada del conflicto coreano, que demarca en el medio internacional también a Estados Unidos y otras potencias militares del mundo, debe ser cuidadosamente seguida, especialmente ante una circunstancia en donde, en el uso del derecho internacional, los países involucrados en las amenazas, Corea del Sur y Estados Unidos, decidieran acudir al Consejo de Seguridad del Sistema de Naciones Unidas, indicando que el conflicto puede alcanzar un trágico proceso de operatividad, para que otros actores se involucren y desactiven la iniciativa norcoreana. Al final de todo, ese es uno de los dos principios más importantes de la ONU, y razón de ser de su creación y mantenimiento.
La paz del globo, esperanzada luego de la firma de los convenios que pusieron fin a la II Guerra Mundial, es sin duda, la más importante de las tareas de la ONU, sin desatender claro está, otros objetivos y metas que se han establecido no sólo en esa época, sino también en la etapa contemporánea. Aspectos medulares como el desarrollo de los pueblos, la lucha por el cumplimiento de los derechos humanos o los aspectos de seguridad alimentaria, especialmente en continentes como el americano o africano, son aspectos de trascendencia fundamental.
Pero ante las “locuras” de algunos pseudolíderes de países, en donde más pareciera que su interés es generar conflicto y guerra con otras naciones, la participación de la ONU se convierte en trascendental, aun cuando no exista solicitud de parte de alguno de los Estados en riesgo. El brazo operativo (algunos dicen el verdadero poder detrás del trono), el Consejo de Seguridad, del cual Guatemala es parte en este período como miembro no permanente, es el llamado a emitir un consciente llamado de atención a Pyongyang, bajo el entendido que existe un verdadero e inminente peligro de guerra, y no sólo entre países vecinos, sino inclusive que atenta contra un poderoso adversario militar y económico, como lo es Estados Unidos.
Esta participación del Sistema Universal de los Estados, se convierte en indispensable si entendemos la lógica que pudiera devenir tras las amenazas de Corea del Norte, especialmente en cuanto al uso de su armamento nuclear. Y es que, a pesar de que analistas expertos en seguridad internacional afirman que lo que se escucha no es más que un “bluf” norcoreano, la existencia de esa amenaza inminente de destrucción y de guerra, facultaría a los países amenazados a utilizar su derecho a la legítima defensa, entendiendo ésta en su versión doctrinaria de que tan sólo con la amenaza, ya se considera una agresión. La doctrina difiere un tanto de lo que establece el artículo 51 de la Carta de la ONU, en el sentido de que la norma internacional indica que hasta no verse agredidos militarmente, los Estados no tienen justificación para el uso de la legítima defensa (fuerza); sin embargo, ejemplos de conflictos anteriores han sido claros y manifiestos en el sentido que estas amenazas, pueden considerarse como agresiones.
La sensatez de evitar un conflicto de estas latitudes, pasa mucho por el liderazgo de los funcionarios internacionales del Sistema de Naciones Unidas, sobre todo antes de que los ánimos caldeados hagan a cualquiera de los dos bandos, iniciar con una amenaza y concluir con un ataque, lo que se convertiría en una tragedia internacional.
Guatemala tiene poco que aportar desde su óptica de país, pero tiene una enorme responsabilidad como parte del Consejo de Seguridad al ser uno de los dos representantes temporales del continente americano.