Como homenaje final a este inmenso compositor de quien hemos escrito ampliamente en otras columnas de este Diario La Hora, y como reconocimiento a Casiopea, esposa de miel que nace en el corazón todos los días amanecida de esperanza, dorada de ternura; y es paz, camino, amapola y es, en la duplicada ventana de la aurora, encendido firmamento de palomas, hablaremos sobre su legado musical después de 200 años de su nacimiento.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
Diremos en primer lugar, que el pensamiento de Chopin no es menos extraordinario que su lenguaje, y si tuvo como estimulante las tradiciones populares polacas; la melodía italiana y el heroísmo nacional, fueron otras de las razones que le llevaron a la universalidad. ¿Qué conservó Chopin, del folclore polaco? Los ritmos de danza, los modos antiguos, cierta construcción melódica; pero todo ello aparecerá en su música estilizado, personalizado, transfigurado, y nos llevará muy lejos del auténtico folclore. El placer que Chopin sentía escuchando las melodías populares ¿Lo provocaban los mismos cantos o la transposición que de ellos hacía instantáneamente en su modo sonoro? A juzgar por la impresión que le causó una colección de cantos polacos armonizados, debemos inclinarnos por la segunda hipótesis.
Con frecuencia veo cosas de esta clase – escribía el maestro – que a mi juicio no valen nada, puesto que las obras no hacen más que deformar la verdad y complicar el trabajo que algún día sabrá descubrirla. Ahora bien, ese genio, como todos los poetas, no tenía que «descubrir», sino introducir lo real de su inmenso sueño. Chopin no hizo otra cosa con el folclore polaco, que sólo aparecerá como una filigrana en el esplendor de su música. El mismo proceso se realizaría con la melodía italiana, que influyó en la curva de muchos Nocturnos. En justicia, debemos reconocer que semejante artista no llegó a su plenitud hasta los años en que vivió cerca de George Sand. Por decepcionante que fuera la actitud de esta mujer en el momento de la muerte de Chopin, por desconcertante que fuese la sequedad de su corazón, hay que agradecerle que adivinase con extraordinaria perspicacia las condiciones de vida absolutamente indispensables para el pleno florecimiento de su genio. Cuando más se profundiza en la obra de Chopin, más se llega a la convicción de que bajo su colorido romántico se oculta un verdadero clásico. El universo Chopiniano se hace hondo, doloroso, patético, ya que en realidad era su propia vida, devorada por el fuego de todas las pasiones, la que el músico traducía a un arte sutil y sublime que transmutaba en oro cada nota.
Lo «light» y la incultura de nuestra época han olvidado la violencia de los grandes clásicos, la independencia y la valentía de sus concepciones, sus pasiones tumultuosas y, por encima de todo, su profunda originalidad. Solamente los clásicos no concebían su arte sin una búsqueda constante de la mesura en la perfección, sin un pudor que ocultara su cuerpo. Voluntariamente eliminaban de sus obras todo el oropel, reprimían sus tragedias y dominaban su pensamiento, que siempre deseaban más denso y más conciso. Así nació ese admirable estilo que dice todo cuanto debe decir, pero que no dice todo y calla al instante inmaterial en que la emoción nos ahoga. Esta parte de sueño inexpresada y sobrentendida revela toda la nobleza de los clásicos y la de Chopin, tan próximo a ellos. Es su contención la que hace más estridentes sus furiosos arranques y sus gritos de dolor; es la condición de su pensamiento la que no cesa de poner en orden las ideas hirvientes y de condensar su expresión. Como sus grandes modelos franceses, Federico Chopin se impuso tratar temas de apariencia trivial, y, con ellos, los transfiguró. Estudios, Nocturnos, Preludios, títulos repetidos que le bastaban para escribir obras maestras, cuyo lenguaje, podemos afirmar, es una continuación del lenguaje de un poeta que supo captar las más secretas y desgarradoras sensaciones del corazón, aún hoy en la primera década del siglo XXI.