Más importante que leer es saber enfrentar la realidad para entenderla y transformarla. Nadie duda de la importancia que la lectura de buenos libros tiene para el desarrollo individual y social de las personas. Los países más desarrollados también tienen un alto índice o porcentaje de ciudadanos lectores que garantizan, con la cultura adquirida por este medio, una mayor responsabilidad cívica y una más alta calidad de vida. Pero la lectura, por sí misma, si no es sistemática y si es guiada por el principio erróneo de ser un objeto con más jerarquía o dignidad que la realidad inmediata y cotidiana, es decir, de ponderar la cultura letrada sobre la cultura empírica, nos lleva a sobredimensionar el poder de la lectura y la percepción que a través de ella tenemos de la realidad, por sobre la capacidad de percepción y análisis de los objetos en sí mismos y sus relaciones con los que nos encontramos y re-encontramos a cada momento de nuestras vidas.
Todo libro es una interpretación o creación de un individuo acerca de un mundo real (externo) o uno ficticio (interno y subjetivo) que, en mayor o menor grado, puede o no puede ser fiel al objeto que pretende representar; en todo caso, todo libro es una interpretación, un ofrecimiento único (original o no original) de un sujeto a sus semejantes. Por ello, todo libro es objeto de comunión y su presentación no deja de tener tintes religiosos, en cuanto esperamos que todo libro desvele, en parte, los misterios de la existencia.
Por esa razón, el aparecimiento o publicación de un libro, no deja de reflejar cierta actitud vanidosa, consecuencia natural de un objeto que pretende sustituir o interpretar al objeto supremo que es la vida misma, producto, a su vez, de la relación entre el sujeto y el objeto natural y social.
Parecería una perogrullada afirmar que el mejor libro es la vida, pero tal afirmación refleja la necesidad de asimilar, antes que todo y con sentido original y crítico, las relaciones que con naturalidad entablamos todos los seres humanos con la naturaleza y con nosotros mismos.
La erudición, por sí misma, no es suficiente ni la mejor manera para percibir, interpretar (pensar) y transformar la realidad.