En varios libros escritos sobre Justo Rufino Barrios ocupa un lugar muy destacado su lugarteniente Sixto Pérez, tenebroso personaje que el dictador utilizaba para reprimir a sus adversarios. Mi abuelo me contaba muchas de las historias de Sixto Pérez y cómo Barrios lo llamaba cuando necesitaba mandar a apalear a alguien o, peor aún, cuando necesitaba un asesinato para quitarse enemigos.
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Por supuesto que Sixto Pérez era uno de los favoritos de Barrios y gozaba de enorme poder, mismo que crecía conforme cumplía las instrucciones del tirano. La leyenda dice que en su enfrentamiento con la Iglesia Católica, Sixto Pérez fue instruido para atacar los templos y éste, montado en brillante corcel, entraba a las iglesias y lazaba las imágenes de los santos para salir a todo galope arrastrándolas por las empedradas calles de la ciudad de Guatemala. Y el ruido de los cascos del caballo, más el que hacía la imagen de algún santo que era arrastrada en la carrera, espantaba a la timorata población capitalina que apenas si abría alguna rendija en la ventana para ver pasar al bandido que, con enorme sombrero, se ganó el mote de El Sombrerón.
Pero llegó a ser tan grande el poder de Sixto Pérez que empezó a actuar por su cuenta al punto de que el mismo Justo Rufino Barrios, su amigo y protector, harto de los abusos cometidos por el esbirro, lo metió a la Penitenciaría Central, de donde lo sacaba ocasionalmente para que fuera a realizarle algunos trabajos. Con todo y lo sanguinario que era Barrios, no podía aceptar que Pérez actuara por su cuenta, pero éste, embriagado de poder y disfrutando las orgías de sangre, ya no conocía límite y se terminó saltando todas las trancas.
Pues bien, sale a cuento la historia real del comportamiento de Sixto Pérez porque es importante entender que si bien mucha gente asume como una especie de guerra santa la llamada limpieza social para eliminar a los delincuentes, siempre ocurre que los escuadrones que organizan luego terminan actuando por la libre y sin atenerse al libreto. Sostienen los expertos que el primer crimen es el que cuesta y el que causa remordimientos, pero lo que se hace después se asume con absoluta y total normalidad, como la cosa más natural del mundo.
En la época del conflicto armado interno hubo algunos militares que asumieron como su propia guerra santa la eliminación de comunistas y lo hacían convencidos de que le estaban haciendo un servicio al país. Con el correr de los años ellos y los escuadrones que formaron ya no se dedicaban únicamente a la represión ideológica, sino también a salir de cualquier persona que fuera molesta para el régimen o en lo individual para cualquiera de los que estaban dedicados a la represión.
Sixto Pérez no fue un caso excepcional, sino una muestra paradigmática de que los esbirros siempre terminan siendo incontrolables porque resulta que su poder es en el fondo perverso. Y si el poder corrompe, cuánto más al haber esa mezcla con la perversidad que es tan notoria en estos casos. Y uno sabe cómo empieza una tarea represiva, pero nunca se puede llegar a medir hasta dónde va a llegar porque siempre parecerá necesario seguir. Por eso es que pienso que es crucial evitar la prostitución del Estado, lo cual sólo se logra mediante la promoción directa del Estado de Derecho y el régimen de legalidad.