Hay todo un universo que espera ser analizado como reacción al resultado de las elecciones generales celebradas el pasado domingo 9. La consolidación de la derecha, ahora por la vía del voto. La muerte del último partido histórico e ideológico, la Democracia Cristiana Guatemalteca (que ha generado una serie de comentarios interesantes y llenos de una valiosa nostalgia vindicativa). El determinante papel del voto capitalino que con sus más de 787 mil empadronados es el distrito electoral de mayor peso en toda elección (representa el 14.5% del total nacional y en conjunto con los municipios del departamento de Guatemala llegan a ser el 24.7%, casi uno de cada cuatro de los votantes a escala nacional están en este departamento).
Y sobre la base de este último elemento apuntado es que se desenvuelve otro componente importante. Las encuestas. Si la publicación de éstas puede influir en uno de cada cuatro potenciales electores, es indudable que la perspectiva de negocio tiene un interesante nicho que explotar. Dice bien Mario Antonio Sandoval en su columna del miércoles de esta semana en cuanto al valor interpretativo del margen de error. También acierta a explicar lo relativo a especificar la fecha de realización de la toma de muestra. Y un acierto más al distinguir entre rangos y números que éstas proporcionan.
Pero, su sapiencia apasionada le hizo omitir un elemento importante de una encuesta que pretenda ser objetiva en el sentido de NO inducir desde el levantamiento de la muestra, hasta la publicación de los datos recabados. Me estoy refiriendo a las interrogantes y el contexto en el que las mismas son formuladas, así como la selección de las respuestas que habrán de ser publicadas. Ello es tan importante como los otros tres elementos destacados en la columna comentada, mediante la cual asume la defensa por la metida de pata en la que incurriera el matutino Prensa Libre, recién tres días antes de la celebración de los comicios.
Un error, a juicio de una vista a la luz de las publicaciones posteriores de dicho matutino, que NO fue involuntario. La publicación de esa encuesta, como la defensa por él realizada son, le guste o no, tendenciosas y amañadas muestras de una carencia de principios que reitera esa vitrina impresa. Mientras más efusivos sean sus argumentos, e injuriosas sus descalificaciones, más evidente la negativa a reconocer de estar al servicio no de la verdad, sino a la de un conjunto de intereses espurios que pretenden acentuar la contaminación y la confusión en demasía, a uno de cada cuatro potenciales electores.
Uno de cada cuatro potenciales electores, que para su fortuna y garantía de halo más allá de lo persuasivo se encuentran relativamente concentrados. Por ello es oportuno sumarse a la petición de regulación de la aplicación y publicación de estos instrumentos. Pues al ser instrumentos, como tales se prestan para ser utilizados en cualquier sentido, incluyendo aquellos que se cobijan al servicio de particulares y sesgados intereses.
¿Qué tantos votos habría obtenido el Dr. Suger, si bajo la premisa de su escaso porcentaje de intención de voto, tal lo «reflejado» por las encuestas, no hubiese tenido la oportunidad de expresar sus criterios en el foro que la cadena internacional promocionase a escasos nueve días antes de las elecciones? «El fenómeno Suger» se le llamó presurosamente para disfrazar la exclusión que las propias encuestas aplicaron a la totalidad de aspirantes, que quiérase o no, en igualdad de condiciones y sin condicionamientos, quizás habrían obtenido resultados menos desfavorables. Invisible es lo que no se puede ver. Pero invisible también es lo que nos ocultan o disfrazan de verdad incuestionable.
Y hay más tela que cortar con otros elementos para que sigamos aprendiendo de las recién pasadas elecciones, tanto de cara a las pasadas, las futuras inmediatas y su inminente papel importante para los próximos cuatro años que se iniciarán a partir del 14 de enero de 2008.