Lecciones chilenas


Luis Fernández Molina

El rescate de los 33 mineros nos obsequió varias lecciones que en su conjunto elevan a la excelencia muchas de las virtudes que deben consolidarse en la sociedad humana. El coraje, la tenacidad, la ilimitada solidaridad, la confianza en el ser humano, la paciencia, la coordinación de esfuerzos, la tecnológica correctamente aplicada, el aprecio y valorización de cada vida humana. De esa gesta, que enriquece la conciencia de la humanidad, se ha escrito en abundancia y aún ello queda corto. Por eso quiero referirme a otros aspectos de esa cátedra que nos dieron nuestros hermanos del extremo sur: A) Gobierno de Chile. A lo largo de toda la cobertura del evento se destacó siempre la expresión «Gobierno de Chile»; en ningún momento, en ninguno, apareció referencia a «el Gobierno de Sebastián Piñera». Ni dicho ni por escrito. Ese gesto de unión nacional, de desprendimiento, es un elemento de integración de los ciudadanos de esa gran nación. Es el gobierno de todos, un gobierno que, por los principios democrático electorales debe cambiar sucesivamente de titular. Contraria nuestra costumbre de imponer un patronazgo a los temporales gobiernos: Gobierno de Vinicio Cerezo, de ílvaro Arzú, de Alfonso Portillo, de í“scar Berger, de ílvaro Colom. Agregarle el nombre del gobernante de turno puede tener un reflejo indicativo, referencial, pero en realidad tiene connotaciones posesivas, de tributo al presidente de turno y endiosamiento de su figura, en perjuicio de los valores democráticos. Es propio de las épocas dictatoriales «Administración Estrada Cabrera», «Gobierno de Jorge Ubico», «Administración Somoza», etc. B) Banderas. Destacaba la bandera tricolor con la estrella blanca: la bandera chilena. Y a la par de la bandera chilena habí­a otra bandera chilena, y otras más hacia su derecha e igual hacia su izquierda. No la «acompañaban» otras banderas y menos lienzos de variopinto colores, con calor de festival, que no tienen mayor historia y menos reconocimiento de los ciudadanos. La bandera patria es sólo una. C) Discurso franco. En las ocasiones en que tomó la palabra Piñera -y fueron varias-habló con franqueza y claridad, que Chile necesitaba superar las diferencias entre los ricos y pobres; admitió que en su paí­s existí­an muchos retos sociales que sobreponer y que la proeza del rescate podrí­a servir de punto de arranque de un nuevo impulso de una mayor integración nacional y social. En todo caso las palabras de Piñera fueron moderadas, respetuosas (no conflictivas) y bien recibidas por todos. (Claro que «se robó el show», cualquiera lo hubiera hecho en su lugar y tení­an toda la motivación del mundo). D) Subsidiaridad. Cuando acaeció el derrumbe, la empresa propietaria de la mina manifestó no tener fondos para el rescate (de hecho se declaró en quiebra). De inmediato el gobierno dio un paso adelante y ofreció su total respaldo, no importando el costo, para recuperar esas valiosas 33 vidas. Y lo cumplió. Quedan pendientes las reclamaciones en contra de aquellos propietarios, pero conociendo la eficiencia del sistema judicial chileno no dudo que pronto se harán los ajustes necesarios. E) Seguridad. Es claro que habí­a varios cí­rculos de seguridad y en el centro, donde estaba Piñera se habí­an certificado todos los controles. Pero en los diferentes escenarios no se vio ningún guardaespaldas, ningún militar, ninguna persona con cara de pocos amigos. Los habí­a, obvio, pero lo supieron manejar sin aquel desplante de fuerza y de prepotencia con que hacen gala en otros paí­ses. Entre ellos el nuestro. Espero que, más allá de la lección de inconmensurable valor humano, aprendamos las otras lecciones de esa epopeya chilena.