Las y los presidentas y presidentes


A mí­ se me hace un embrollo cuando leo u oigo eso de «las y los guatemaltecos», porque identifican los artí­culos del género, pero el gentilicio sigue siendo masculino.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Antes de proseguir debo advertir que, como lo he demostrado en numerosos artí­culos de opinión al respecto, no soy misógino, puesto que he defendido causas femeninas y feministas, sobre todo en lo que se refiere a la violencia, el maltrato y abuso contra las mujeres.

Hecha esa pertinente aclaración en torno a que me cuesta tragarme eso de «las y los», de repente me enfrenté a otro inocuo problema gramatical, en lo que atañe si se debe decir «presidente» o «presidenta» cuando se alude a una mujer, después de haber leí­do una noticia acerca de la chilena Michelle Bachelet, quien ejerce la Presidencia de su paí­s.

Sin pedí­rselo y quizá sin proponérselo vino en auxilio a mis avatares semánticos mi amigo Atilio Lara, quien me envió el texto que copio literalmente:

En español existen los participios activos como derivados verbales. El participio activo del verbo atacar, v.gr., es atacante; el de sufrir, sufriente; el de cantar, cantante; el de existir, existente. Ahora bien, ¿cuál es el participio del verbo ser? Pues ese participio es «ente». El que es, es el ente. Tiene entidad.

Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad para ejercer la acción que expresa un verbo, se agrega al final de su raí­z la terminación «ente». Por lo consiguiente (para que salga en verso), a la persona que preside se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que sea.

Se dice capilla ardiente, no ardienta. Se dice estudiante, no estudianta. Adolescente, no adolescenta. Paciente, no pacienta o paciento. Esto lo deben saber las inocentes (no inocentas) personas que correctamente llaman «Presidente de la República» a quien ejerce ese alto cargo, como el caso de la señora Cristina Fernández, Presidente de la Argentina, porque todaví­a creen que tiene la capacidad para realizar la acción que denota el verbo.

Un buen ejemplo de lo mismo serí­a «La presidenta de la asociación colegial era una estudianta, sufrienta y poco pacianta que querí­a ser eleganta, para que la nombraran representanta y, luego, llegar a ser integranta independienta de la asamblea constituyenta.

«Pero ahora es la Presidenta de la República, y aunque la vemos sonrienta, por la felicidad existenta, llegará el dí­a en que estará en una capilla ardienta. ¡Qué mal suena, presidenta y polí­tica dirigenta, que se ponga tan violenta con el pobre castellano, para quedarse contenta!»

(Romualdo Tishudo, superintendente de una empresa, corrige a una estudiante que aspira al puesto de asistente de la gerente: -En la pregunta sobre sexo como género debe escribir «femenino», y no «disponible»).