Continuamos en esta columna del sábado con las últimas sinfonías de Gustav Mahler, música en verdad auténtica, pura y única, como Casiopea, esposa dorada de miel, a quien amo, como amanecida fruta de mis dedos sensitivos, y en la conquistada vivienda de su corazón alado, en quienes depósito el raudo polvo de mi cotidiano anhelo, y en la multiplicada noche que la nombro, porque es una ecuación de amor que esplende en mi sangre apasionada.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela A mi padre, maestro Celso Lara Calacán, con inmenso amor.
Cuarta Sinfonía, en Sol mayor
En ella encontró Mahler «el amable camino de vuelta al País de la Infancia», por el que Brahms había suspirado en su canción sobre una poesía de Klaus Groth. Exteriormente, la «Cuarta Sinfonía» forma un conjunto aparte: la composición de la orquesta exceptuando la persuasión, es más pequeña que en las demás sinfonías; el estilo, más transparente y conciso.
Ya los primeros compases evocan la visión de una música angelical, gracias al empleo original y extraordinario de las campanillas. Constan Van Wessem dijo en su librito sobre Mahler: «Nos admira la piedad de los viejos místicos, los cuales se sentían unidos a la naturaleza, a las flores, y atribuían a cada una de sus manifestaciones un lenguaje propio. También la muerte tenía para estas almas puras una significación distinta. Es el guía que nos conduce a un magnífico paisaje». Sin tomar su estilo personal, Mahler alcanza en los temas de este tiempo la sencillez de Mozart.
El Scherzo deriva de un Landler. Es una danza macabra, que introduce el violín; éste se encuentra afinado un tono más alto que lo corriente y suena por ello estridente e irreal. Vivimos como en un sueño cuando oímos esta música que viene de más allá de lo real.
Como final, una canción sinfónica para soprano sobre una poesía de «El maravilloso cuerno del Niño». La primera estrofa se basa en el Preludio, en el cual el clarinete lleva la melodía; las estrofas restantes están construidas sobre el tema de las campanillas del primer tiempo. Un estribillo que concluye todas las estrofas, es una mención intencionada de la «Tercera Sinfonía» («Yo he violado los Diez Mandamientos»). La antigua canción popular bávara «Gozamos las alegrías celestiales» ofrece una descripción de la felicidad ultraterrenal, en la que el comer, beber y hacer música juegan el papel más importante. Los bienaventurados danzan y San Pedro los contempla.
San Juan suelta el corderito. San Lucas sacrifica un buey y los angelitos cuecen el pan. En el cielo hay abundancia de comestibles, de especias, frutas y caza. San Pedro marcha a engañar a los peces con su red y su anzuelo. Santa Marta ha de ser la cocinera. Ninguna música de la tierra puede ser comparada con la música de Santa Cecilia. La música celestial se extingue; en un momento hemos vivido el sueño de nuestra infancia.