Las traiciones al proceso de paz


Oscar-Clemente-Marroquin

Justamente cuando empezaba a escribir esta columna me informaron los reporteros de la captura de Fermín Felipe Solano Barillas, quien fuera combatiente de la guerrilla con el seudónimo de David, quien fue detenido en la zona 7 frente a la escuela en la que daba clases como maestro. Solano es acusado por el Ministerio Público de comandar al grupo guerrillero que realizó la masacre conocida como “El Aguacate”, lo cual podría ser una señal de que las autoridades están dispuestas a perseguir cualquier crimen de lesa humanidad cometido por cualquiera de las partes durante el conflicto armado interno.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Pero hoy quería escribir sobre un documento que conocí durante el feriado y en el que se hace un relato del proceso de paz por uno de sus actores, mismo que permitirá abrir un serio debate sobre el tema de las traiciones al proceso de paz ahora que se habla del juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad como un hecho calificado por algunos no sólo como una traición a los acuerdos, sino que comprometedor para la paz futura por abrir espacios para nuevos enfrentamientos.
 
 Se trata de un trabajo de Miguel Ángel Reyes Illescas, destacado profesional del Derecho que tras haber sido uno de los más importantes dirigentes del Frente Estudiantil Social Cristiano en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos, integró el grupo de asesores políticos de la comandancia de la URNG durante las negociaciones de paz, hasta que el grupo de asesores fue eliminado cuando formuló críticas a los comandantes por la forma en que estaban desarrollando la etapa final de las pláticas y porque se sacrificaron puntos que se habían considerado como esenciales en las negociaciones.
 
 El Chino Reyes cuenta del papel que desempeñó desde los años 70 en la búsqueda de soluciones políticas al conflicto y sus contactos con antiguos dirigentes del FESC, que eran ya para entonces dirigentes nacionales de la Democracia Cristiana, entre ellos Alfonso Barillas y Vinicio Cerezo. Y hace un relato bastante pormenorizado del curso del proceso desde la primera reunión que hubo en España hasta la Firma de la Paz.
 
 En resumen, Miguel Ángel sostiene que al final de cuentas lo que se firmó fue un simple cese al fuego porque las partes sustantivas de los Acuerdos de Paz quedaron en forma tan general, dispersa y sin compromisos para las partes, que la verdadera traición se produjo cuando se aceleró el curso de la negociación, precisamente bajo la influencia de uno de quienes ahora consideran que juzgar a Ríos Montt es traicionar el proceso de paz, porque lo que urgía era estampar la firma en un documento que se plasmara en la desmovilización de la insurgencia para convertirse en un partido político (decir fuerza política es demasiado).
 
 En opinión de Reyes Illescas, los acuerdos sustantivos se cambiaron en forma tal que hicieron posible el incumplimiento de las partes fundamentales para abordar y resolver las causas del conflicto. Y responsabilidad de ello fue de quienes participaron en la última etapa de la negociación cuando el factor más importante no era el contenido de los acuerdos ni su expectativa de cumplimiento, sino el plazo que las partes se habían fijado para estampar su firma en el acuerdo final.
 
 Vistas las cosas hoy, habiendo transcurrido tantos años desde aquella ceremonia realizada en el Palacio Nacional, tenemos que reconocer que los Acuerdos de Paz son apenas un compendio de buenas intenciones. Ciertamente, como dicen algunos, son importantes porque permitieron discutir y abordar por vez primera temas como el de la injusticia social, la cuestión indígena, la democratización y el papel de las fuerzas armadas en una forma impensable años antes. Pero fue una discusión estéril porque las partes fundamentales de los acuerdos nunca se llegaron a cumplir.
 
 Convertir el proceso de paz en un simple cese al fuego fue la verdadera traición.