Las tragedias del amor


Hace algunos años tuve una relación pasajera con una española que estaba de paso en Guatemala, trabajando, decí­a, pero sobre todo vagabundeando en estos paí­ses centroamericanos como una mochilera profesional. No fue un amor a primera vista, en absoluto, pero me gustó mucho esa manera desenfadada de ver la vida y la forma cómo expresaba sus convicciones con naturalidad.

Eduardo Blandón

De ella me recuerdo cada que sé de alguien que se muere de amor porque Gloria (así­ se llamaba mi beldad) se burlaba de mis sentimentalismos «posmonásticos» cada que evocaba un cariño pasado. Yo le decí­a que mis experiencias amatorias eran brutales, me marcaban y tardaba siglos, años o muchos meses en distanciarme de esa persona a quien yo, románticamente, le entregaba mi alma -puro cura-. Ella se reí­a de mí­ y dándome besos afirmaba que era todo lo contrario: «Yo no sé estar con un hombre más de dos años».

Es inevitable, me explicaba, estoy segura que se debe a la pérdida de «quí­mica» (y enfatizaba las palabras) que desaparece con el tiempo. Por eso, continuaba, me gusta lo que vivimos ahora: «estamos en el pico de las relaciones amorosas». Siempre me gustó ese lado cristalino de Gloria porque incluso, quizá para que no me hiciera ilusión, con tiempo le puso lí­mite a lo supuestamente nuestro: «en tres meses, cuando regrese a España, los dos quedaremos libres. Ni se te ocurra llamarme por teléfono» -de todas formas nunca me dio su número-.

No puedo decir que no haya aprendido de mi amiga de pocas noches a ser desapegado porque, después de ella, he sido más calculador e infinitamente más libre en cuanto a relaciones se refiere. Pero he tomado distancia de otras teorí­as que ella viví­a con convicción. No afirmo, por ejemplo, que la quí­mica desaparezca en dos años (porque a veces el fenómeno ha ocurrido en semanas y otras más bien han tardado más) pero he aprendido a no ser trágico en amores.

Esa manera enfermiza de amar quizá tenga que ver no sólo con nuestra naturaleza tí­picamente latinoamericana de considerar la existencia, sino también a resabios de un cristianismo mal comprendido. En cuanto a lo primero, dirí­a que parece evidente la forma trágica y sentimental con que muchos viven el amor. Las pruebas abundan y es por eso el éxito abrumador de compositores tales como José Alfredo Jiménez o Armando Manzanero. El latinoamericano suele ser un romántico consumado y por eso no es raro que mate por amor y sueñe con romances eternos.

El cristianismo, por otra parte, ha insistido tanto en las relaciones monógamas, la virtud de la castidad, la pureza de Marí­a y la virilidad del casto san José, que los feligreses se han tragado la pí­ldora completita. Por eso viven tan dividido en su fuero interno: por una parte (la oveja) es una bestia que quisiera copular con todas las mujeres que se encuentra por la calle o aparecen en la televisión, por otra, intenta expresarle a su pareja que ella es la «única», el centro de su vida y lo que le da sentido a todo. Por eso es que el latinoamericano necesita beber mucho (esta es mi teorí­a) para encontrar su equilibrio vital. Bebe para, por un lado, desinhibirse y poder cortejar a la señorita del bar o la cantina y, por aparte, para recordarse del afecto que le tiene a la mujer de turno.

Las tragedias amorosas, sin embargo, con el tiempo van a ir desapareciendo. Necesitaremos, eso sí­, muchas Glorias que nos enseñen a no ser tan exagerados en el cariño y a tomar la vida, como ella me decí­a, más relajadamente.