La noticia dada a conocer el último viernes de enero generó toda una serie de expectativas. El «muro de la impunidad», podría empezar a ceder. Podría ser derrumbado. La consolidación de un auténtico Estado democrático, encaminado hacia el cumplimiento de los preceptos constitucionales veía luz. Empero la fuerza de los poderes ocultos, la arrogancia fáctica ha podido más que aquello que se anunció. El ímpetu de las declaraciones ha caído en el «Mar de los Sargazos». Guatemala, nuestra nave, está encallada. Atrapada en su propia red de incapacidades y limitaciones. Las víctimas somos todos. Y también todos somos responsables. Unos más, otros menos, responsables al fin.
El movimiento impulsado por las Iglesias, la Católica y las Protestantes, el Procurador de los Derechos Humanos y el Rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, aún se desenvuelve entre la tibieza derivada de una sociedad que se caracteriza por su apatía, indiferencia y hasta el cómplice silencio y nuestra actitud sumisa, casi por excelencia. El movimiento no ha podido despertar, además de la concentración del sábado 10 de enero, otro tipo de acciones que impliquen un compromiso social activo y enérgico. El flagelo de la delincuencia todos los días enluta, en promedio a 17 familias. Nuestro coraje, luego rencor, para pasar de inmediato a frustración se reactiva al momento que la tragedia toca nuestras puertas. Eso no puede seguir así.
Y es que existen tantas situaciones del pasado inmediato que han generado tanto desconfianza como indiferencia entre la población. Muchos esfuerzos han quedado en voluminosos informes que no han podido producir verdaderos cambios de actitud. Nuestra forma de vida no ha llegado a ser «tocada» por una auténtica consolidación institucional de importantes foros y entes como el propio Congreso de la República, los partidos políticos y con ellos, todo el andamiaje jurídico que debiera estar al servicio de la sociedad y modelado por ésta, pero que en realidad ha sido una imposición tras otra en una noria que sólo se ha podido disfrazar con el paso del tiempo, pero que al final ha sido vuelta tras vuelta, para seguir en donde estamos, pero cada vez más débiles. Más vulnerables. Es decir, de mal en peor.
Las estadísticas dejan de ser los fríos números y cada vez con más reiteración nos recuerdan que el Estado de derecho pierde terreno de manera pronunciada y constante. El «poder de las sombras se impone». Las tinieblas de la impunidad se hacen más densas, más fuertes y sólidas. Si el mundo de las películas se parece al mundo real, tengo la percepción que en nuestra propia «cinta», habrán de ganar los malos. Y parece que los buenos somos cada vez menos, pues somos cada vez más impotentes. La desafiante actitud de quienes rompen las reglas e imponen «su ley», va en aumento.
No basta decir que estoy en contra de la impunidad. No es suficiente que exprese mi rechazo a las constantes burlas de jueces y magistrados. No debemos caer en el conformismo frente a la ineptitud. No debemos tolerar tanta incapacidad. Debemos promover el cambio. Debemos dejar el cómplice silencio para asumir otro tipo de actitudes que impliquen una modificación real y sustantiva frente a esta impunidad que nos rodea. Que nos cerca y acecha prácticamente en todo momento.
Debiéramos por ejemplo, en una sola jornada, para comenzar, demandar de esas pusilánimes personas que por ahora conducen la Corte Suprema de Justicia, que por lo menos den el ejemplo de anteponer los intereses nacionales a sus ilegítimos intereses personales. No se justifica que señalen que los procesos no se detienen por la falta de capacidad de ellos en elegir a su último -por fin- presidente. Debiéramos por ejemplo, en una sola jornada, pedir que en el Congreso de la República se aprueben aquellas normas que tiendan a consolidar las acciones que en materia de seguridad ciudadana el país necesita. Debiéramos por ejemplo, demandar mayor apertura para que los vecinos que así lo deseemos, podamos constituirnos en Consejos Comunitarios de Seguridad Ciudadana. Y aportar con nuestras observaciones y recomendaciones una nueva modalidad de apoyo a los agentes de las comisarías de nuestra propia jurisdicción. Debiéramos por ejemplo, debatir alrededor de más propuestas susceptibles de emprender, que de aquellos argumentos que no propician ningún tipo de cambio de actitud, sino únicamente falsos liderazgos en estos aciagos momentos de sombras.