De la fiscalización a la obstrucción. Tal podría ser la máxima que resume el evidente marasmo que ha estancado al Congreso de la República en los últimos cuatro años y de éstos, según un reportaje de Alejandro Pérez del medio electrónico “Plaza Pública” (se puede consultar en http://plazapublica.com.gt/content/el-doble-filo-de-las-interpelaciones), un año de trabajo legislativo sumaron las interpelaciones. Todo un año que con el pretexto de fiscalizar se bloqueó la gestión gubernamental.
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Los matutinos dan cuenta esta mañana de los señalamientos y cruces de acusaciones. El hoy partido de gobierno se queja de la práctica de la interpelación como medio de “chantaje” (“elPeriódico”, página 4; “Prensa Libre”, página 6; y “Siglo.21”, página 3). Más aún, el presidente Pérez Molina ha sido enfático al indicar que “en ningún momento se abrirá una plática con una bancada que se acostumbró en la administración pasada a negociar dinero por interpelaciones”. El crecimiento de la pugna puede llegar a niveles que influyan, por extensión, en la frágil gobernabilidad lograda hasta el momento. Hay todo un conjunto de temas vitales para el país que sencillamente se están dejando de lado. Es casi irracional continuar en el actual nivel de confrontación. Los niveles de aliento que en 60 días de gestión se han alcanzado, pueden dar una estrepitosa caída. Se ensombrece el panorama. El gran capital del Presidente y de la Vicepresidenta, al haber sido ellos también diputados al Congreso de la República, estaría por irse al alcantarillado si no se replantean la suerte de acusaciones que se han vertido.
Hemos sostenido con anterioridad que el diálogo es la mejor vía para buscar y encontrar soluciones. En consecuencia no es negando la posibilidad de tal emprendimiento que se podrán dirimir las diferencias. Si el diálogo se produce a puerta cerrada dará lugar a todo tipo de conjeturas. Si bajo este esquema se obtiene algún consenso, será fácilmente deducir que pudo haber corrido cualquier cantidad de ofrecimientos para el arribo al tal consenso. Si se fracasa en este tipo de negociaciones enclaustradas, las partes podrán señalarse mutuamente del porqué de lo fallido de los encuentros. Y otra vez volveremos a estar en el mismo punto. Confrontados y peor aún, más encolerizados. Entonces ha de intentarse un diálogo diferente. Un diálogo abierto. Ha llegado el momento de dejar de hacer lo que siempre hemos hecho en Guatemala, es decir, de caer en los extremos de señalar que unos somos buenos y los malos son los otros. Debe instituirse una modalidad de diálogo político abierto a la prensa, a la ciudadanía. Un diálogo en el que tal vez se tenga que decir de todo, para poder empezar a emprender en algo. No es factible ya continuar dándole vueltas a la ausencia de toma de decisiones para replantear el modo de operar del sistema político imperante.
El manejo del poder político no debe ser obstruido por una adulación que estimule la confrontación. Eso es propiciar otros modelos de estancamiento y de negación de oportunidades. No es dable que sigamos pensando que nos encontramos como en las viejas películas del oeste norteamericano en la que todo se reducía a dos bandos: los buenos contra los malos. En aquellas, los buenos siempre ganaban. En la vida real, con pesar lo hemos visto en demasiadas ocasiones, los buenos no necesariamente ganan. El asunto es mucho más allá del bien y del mal. Se trata del país. Se trata de tiempo que al perderse no se puede recuperar nunca. Se trata de oportunidades que se desperdician. De eso y más se trata. Los “pactos” lanzados poco o menos podrán dejar como resultados concretos en materia fiscal y económica, o en la lucha contra el hambre o el último con enfoque hacia la paz, la seguridad y la justicia, si no somos capaces de hablarlos, de procesarlos entre la mayor cantidad de interlocutores, incluyendo a quienes no piensen como nosotros, incluyendo a quienes se pueden oponer a nuestros deseos de hacer e impulsar cambios.
Aprendamos de los errores del pasado para evitar volver a cometer esos errores. En la administración anterior por cualquiera que hubiese sido la razón, privó en Casa Presidencial la acción de hablar con todos los partidos políticos, menos con los ahora gobernantes. El resultado es que de 2008 al 2011, en esos cuarenta y ocho meses, 12 se ocuparon para interpelar ministros. Y parece que con ese tipo de señalamientos la historia se repite. ¿Cuánto tiempo más habremos de perder para darnos cuenta de lo que hemos perdido, de lo que estamos perdiendo? La confrontación no hace sino estimular las sombras del ejercicio del poder. Ojalá quienes dirigen la cosa pública puedan encontrar la ruta hacia nuevos derroteros, de lo contrario seguiremos en el laberinto de nuestras confrontaciones. Llegando a toda prisa a ninguna parte.