Las sinfoní­as de Gustav Mahler (II)


Continuamos con las sinfoní­as del egregio Gustav Mahler y como un homenaje a Casiopea, dorada y sublime esposa, primavera que vino a mí­ empapando de albas y luceros mi nostalgia. Vivo universo en que me pierdo dulcemente y tierna flor en que se afirma mi alegrí­a.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela A mi padre, maestro Celso Lara Calacán, con inmenso amor.

Segunda Sinfoní­a, en mi menor

En esta obra todo se agrupa en torno a la muerte y a la resurrección. Al principio domina el misterio de la muerte, pero no de una forma definitiva: la gigantesca Marcha Fúnebre, que forma la parte principal del primer tiempo, es interrumpida continuamente por pasajes más dulces, recuerdos de las cortas horas de felicidad y por melodí­as corales, las cuales aluden a que la oscuridad de la existencia puede ser alumbrada por la luz de la fe.

El segundo y tercer tiempos no se adaptan bien al conjunto. El Andante con moto es un Landler. El Scherzo, inusitadamente lento, es de un humor excesivo y está elaborado sobre la canción irónica de Mahler «San Antonio de Padua predica a los Peces», canción que a su vez está tomada del tercer tiempo de la «Cuarta Sinfoní­a» de Bruckner.

La luz primera. Este tiempo tiene otra vez el ambiente metafí­sico del primero. Un solo de contralto interpreta la siguiente poesí­a de «El Cuerno Maravilloso»: «Â¡Oh rosita roja! ¡El hombre yace en gran dolor! ¡El hombre yace en gran tormento! ¡Me gustarí­a más estar en el cielo!» La rosa roja, ya sí­mbolo de la Edad Media de la Virgen Marí­a y de su intercesión, hace desear la beatitud celeste. Pero la seguridad ganada con escaso dolor es sometida todaví­a a otras pruebas; «Â¡Yo soy de Dios y quiero ir con Dios! ¡El me dará una lucecita, me alumbrará hasta la vida eterna!» El infierno se desencadena de nuevo.

El demoní­aco Scherzo es bastante corto; tras una mención involuntaria del «Idilio de Sigfrido», de Wagner, que en adelante no tiene importancia alguna, tocan las trompas la exhortación de «aquel que clama en el desierto». Mahler ha comentado este pasaje de «La gran llamada» en los siguientes términos: Los sepulcros se abren y toda criatura sale de la tierra gritando y temblando.

Todos avanzan en formidable cortejo, ricos y mendigos, pueblo y reyes, la ecclesia militans, los Papas. Pero todos sienten la misma angustia, gritan y tiemblan, pues no hay nadie justo ante Dios. Y en medio de esta confusión se escucha, como venida de otro mundo, la eterna llamada. Finalmente, después que todos han confundido sus gritos en este inmenso caos, resuena la voz terrible del pájaro de la muerte, que sale de último sepulcro y acaba por extinguirse también» «Â¡Resucitarás, sí­; resucitarás tú, mi polvo, tras corto reposo!» Mahler oyó estos versos de Klopstock en los funerales de Hans von Bulow.

Solo el principio de la oda de Klopstock podí­a convenir al compositor, el cual completó los versos con gran vena poética: «Â¡Oh cree, corazón mí­o! ¡Tuyo es lo que añorabas! ¡Tuyo lo que amaste, aquello por lo que haz luchado! ¡Oh Cree! ¡No has nacido inútilmente! ¡No has vivido ni haz sufrido en vano!». El éxtasis religioso encuentra su cima en «Moriré para vivir». Desgraciadamente, esta música, algo fanfarrona y no siempre original («Idilio de Sigfrido»), perjudica la idea poética original.

Nueva Guatemala de la Asunción, sábado 2 de octubre de 2010