Las razones del corazón


El caso Rosenberg parece haber concluido y, como en una pelí­cula llegada a su fin, las opiniones se dividen dejando satisfechos a unos y en desacuerdo a otros al no cumplir las propias expectativas.  Por eso, los comentarios llueven a cántaros: blogs, facebook, y twitter, por ejemplo, ayer se atascaron de analistas polí­ticos (eso en lo que nos convertimos de un dí­a para otro) expresando afinidad o rechazo a las declaraciones de la CICIG.

Eduardo Blandón

 Ayer mismo me preguntó un amigo si creí­a o no en la explicación de Castresana y le explicaba que no se trataba de «creer» o no «creer» como si se tratara de un acto de fe, sino del imperativo de analizar las evidencias para contrastarlas con los hechos.  Es esto lo que tenemos que hacer, examinar las pruebas, ver qué tanta verosimilitud tienen y desde un análisis desapasionado (difí­cil, ¿no?) tratar de juzgar la realidad.  Es esto lo que tiene que hacer una mente sensata.

 De nada nos sirve escupir sapos y culebras diciendo que Castresana nos vino a vender espejitos, que es español, conquistador y/o mentiroso.  Es irracional querer imponer nuestros propios criterios y que todas nuestras teorí­as se cumplan a puro tubo.  Una mente abierta, permite la posibilidad de que las cosas sucedan no como nosotros las habí­amos pensado, sino al revés.  Una persona honorable y sincera, honesta, no se deja arrebatar por las pasiones.

Tampoco es correcto, como lo hacen algunos medios, tendenciosamente, insistir en que la CICIG, aunque haya resuelto el caso Rosenberg, va a la mitad del camino porque le falta investigar el caso Musa, la licitación de pasaportes y Valdés, Banrural, etcétera.  Queriendo, a mi modo de ver, disminuir o ningunear la calidad de una investigación que no era pequeña, problemática ni compleja.

 Evidentemente, muchos no están contentos con el trabajo de Carlos Castresana porque o bien tienen intereses en conseguir beneficios a través de la anarquí­a o un cambio de gobierno o bien porque son manipulados por quienes manejan la información y tienen «fe» (ahora sí­) en las palabras de la prensa o sus lí­deres.  Debemos ser cautos y usar la razón, no precipitarse y ser cuidadosos.

 Esta es quizá la lección que nos puede dejar el caso Rosenberg: ser prudentes y despiertos frente a quienes quieren manejarnos a su antojo.  Es inútil ser impulsivos, salir a las calles súbitamente y gritar conspiración, unirse a una turba (eso eran, turbas divinas, si se quiere) dejándose llevar por el corazón, el odio, la ira y la indignación.  Habí­a que hacer una pausa, dejar que fluyera más información y luego de un análisis sensato, reaccionar.

Sin embargo, estamos acostumbrados a movernos de prisa, juzgar precipitadamente y tomar posiciones al ritmo de nuestros instintos.  Yo no quiero convencerlo de la verosimilitud de las declaraciones del jefe de la CICIG, es sólo una invitación a examinar con sesos las evidencias mostradas y a juzgar con criterio los hechos.  Dejemos las razones del corazón para el cine.