Es sin duda uno de los portentos de la naturaleza. No existen palabras para describir el color azul-esmeralda de las piscinas engarzadas en medio del verde de las exuberantes montañas. No hay forma de poner en blanco y negro la sensación que produce contemplar esas pozas de diferentes colores que alternan según la época del año; que danzan lujuriantes con la gama cromática que se mueve al ritmo de la música del clima y la melodía de los rayos del sol.
No existe idioma humano para describir esa escalera de líquido cristal que se va derramando en diferentes altares. Es un capricho que los dioses han creado para alimentar la vista y el espíritu de los mortales. Es una escena bella, que se repite en las estampas turísticas o en las fotos familiares; sin embargo, y sin perjuicio de su belleza, cabe decir que parajes como estos pueden repetirse, en otras regiones del país o en otros lugares igualmente pintorescos. Pero la principal maravilla de Semuc Champey, y que sí la hace única en el mundo, está escondida, varios metros de la superficie.
Opuestamente a lo que la mayoría de la gente cree las pozas no se llenan con las aguas frías, casi heladas, del río Cahabón; por el contrario las aguas de las pozas son calientes y provienen de manantiales de la montaña situada a la derecha, río abajo. En otras palabras las piletas no forman parte del citado río (en algunos mapas aparece la interrupción o corte en el trayecto del citado río); el agua de las pozas no proviene del río. La impetuosa y fría corriente del río Cahabón se zambulle violentamente en la tierra unos 50 metros antes de llegar a la primera de las piscinas, se pierde en las profundidades de la tierra en un abrazo colosal y se hunden para volver a surgir 350 metros después.
Transcurren las aguas debajo de las piscinas. Discurren por el sótano, por lo tanto las piscinas están literalmente en un segundo nivel, en un arco de piedra milenaria donde se instalaron las diferentes pozas que por lo mismo forman cada una un universo independiente con su preciosa colección de peces de colores. Pararse un minuto frente al sumidero es sobrecogedor y casi asusta. Se percibe cara a cara la fuerza colosal de la naturaleza; no es tanto por el tamaño sino por ese concepto de fuerza elemental e indomable.
La inmersión de las aguas en el sumidero es como un acto de fecundación simbólica que los elementos de la tierra hacen en el vientre de la tierra y que regresa luego de besar sus entrañas. Contemplada la escena en su conjunto es como ver un mágico ofrecimiento que los brazos de la tierra dedican al cielo, como ver aquellos sacerdotes que alzaban en sus manos la ofrenda votiva esperando el agrado de los dioses; con los brazos alzados se entrega a lo alto la mejor joya que pudo encontrarse, ¡y vaya si no lo es! en todos los alrededores. Por tanto Semuc Champey es como un altar simbólico de la tierra, gestado en el vientre profundo de la madre tierra, en la placenta verde de la infinita montaña. Y por eso sumergirse en sus cristalinas piscinas es como participar en ese rito místico donde se conjugan la tierra, el agua, la montaña y el cielo.