Las patrañas de los banqueros y el mercenarismo intelectual de todos los tiempos


Hace algún tiempo leí­ el lamento de un banquero respecto a la pérdida de los valores de los colegas de su gremio. Esta es otra época, más o menos decí­a, en nuestros dí­as ser banquero era una cosa de honorabilidad, éramos incapaces de mentir y, sobre todo, ni pensar en eso de tomarle el pelo a la gente. El lamento del banquero antiguo y melancólico no me convenció, pero parecí­a hablar con verdad.

Eduardo Blandón

Yo que soy un escéptico natural e incapaz de creer en la raza humana, me tomé aquellas declaraciones como propias de un ingenuo, un anciano (cronológico o mental) o un hipócrita de campeonato. Me recordé que eso de creer en la bondad innata del género humano era una fantasí­a propia de un espí­ritu infantil como la de Rousseau. Y confirmé lo que hasta ahora pienso: Que las personas son fácilmente conquistables, no importa si éstas son intelectuales, banqueros o religiosos, lo que manda es la corrupción y la maldad.

Por eso no me extraña que, por ejemplo, en la actualidad muchos hablen del mercenarismo de un historiador extranjero que alquiló su pluma para «reescribir», según él, la historia de Guatemala. ¿Cuánto cuesta aderezar la historia, suprimir acontecimientos y retorcer los hechos? El precio quizá no es lo más importante como evidenciar que los intelectuales, aquellos predicadores laicos de lo impoluto, se prestan para los negocios y la vida más o menos fácil con tal de alcanzar la gloria y la fama (aunque sea al precio de la mentira).

Por fortuna, para el historiador de marras y los perversos banqueros, el pecado de la avaricia y la deshonestidad no son cosas nuevas. En la Edad Media, por ejemplo, se habla de artistas que prestaban su pincel o su martillo al mejor postor. Los mecenas pagaban generosos, pero a cambio los mantenidos pintaban catedrales, esculpí­an piedras y eran capaces de escribir cualquier libelo con tal de obtener una «dolce vita» suficiente para no pasarla mal.

Por eso no hay que sorprenderse que a los abogados en la actualidad les llamen, sottovoce, «abogánster» porque representan el í­cono perfecto de la vida vendida, fácil y corrompida. No todos, claro está, como no lo eran tampoco en la antigí¼edad la totalidad de artistas los que se regalaban a los papas y a los prí­ncipes, pero sí­ un número significativo de ellos. Queda demostrado, entonces, que los principios siempre han sido una realidad fácilmente negociable y más aún en nuestros tiempos. Yo me imagino que era ésta la razón por la que santa Teresa de Jesús (y noten que es Doctora de la Iglesia) le llamaba al dinero el «popó» o el estiércol del diablo porque al probarlo -metafóricamente a veces- quizá nos volvemos coprófagos. Una vez degustado el placer proporcionado por el dinero, es difí­cil decir no a la oferta de obtenerlo sin mayor complicación.

Si se es coherente con lo anterior, uno podrí­a comprender sin dificultad a un Judas, un Portillo, un propietario de banco y más aún a un pobre intelectual. Esto no es lo que entendí­a, sin embargo, el banquero con que inicié el artí­culo. No sabe que si sus colegas de antaño eran honrados, lo eran sólo por falta de valor -lo que los convierte en timoratos y dignos de piedad-. Pero si no lo eran (que es lo más probable) sólo confirman nuestra tesis: que la gente suele ponerle precio a sus cabezas.