Las pandillas centroamericanas, una mafia con mil cabezas


Las pandillas mafiosas que azotan Centroamérica, conocidas como maras, mantienen en vilo a varios gobiernos, que multiplican leyes y normas para combatir a los miles de integrantes de estos grupos surgidos un cuarto de siglo atrás en los barrios hispanos de Los íngeles.


El fenómeno de las maras se concentra en el denominado Triángulo Norte, integrado por Guatemala, El Salvador y Honduras, paí­ses caracterizados por la pobreza y la desintegración familiar debido a la migración.

«Las investigaciones realizadas durante 15 años demuestran que las pandillas son el resultado de la confluencia de factores de orden social, económico, polí­ticos, institucionales y geopolí­ticos», declaró la directora del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana (UCA), Jannet Aguilar, a la AFP.

La socióloga Aguilar, explicó que también las maras son el resultado de «familias disfuncionales que no asumen su papel de tutela» y también de los Estados que privilegiaron la represión y no alentaron «verdaderas» oportunidades educativas y laborales.

En El Salvador, donde el fenómeno toma mayor fuerza, las maras son verdaderas organizaciones mafiosas que están implicadas en tráfico de drogas y armas, extorsión y secuestros, y dieron muestra de su poder a comienzos de este mes al imponer un paro de autobuses de tres dí­as para intentar impedir la promulgación de la ley que las proscribe.

Esa ley establece que «son ilegales y quedan proscritas las llamadas pandillas o maras tales como Mara Salvatrucha, MS 13, Mara 18, Mara Máquina, Mara Mao Mao», y fija penas de prisión –sólo por el hecho de integrarlas– de siete a diez años para sus lí­deres y de seis años para los otros miembros.

Actualmente unos 7.000 pandilleros están presos en El Salvador, pero se estima que en las calles pueden haber entre 9 mi y 20 mil más, pues muchos adolescentes son reclutados diariamente, según la policí­a.

La Mara 18 y la Mara Salvatrucha, las dos pandillas más famosas, surgieron en la década de 1980 en barrios «latinos» de Los íngeles, y se extendieron en Centroamérica luego de la deportación desde Estados Unidos a sus paí­ses de origen de miles de inmigrantes.

Las «maras», abreviación de «marabunta», hormiga devoradora de la Amazonia, tienen miles de miembros en paí­ses como Guatemala y Honduras, donde las tasas de criminalidad también están entre las más altas de América Latina.

«Para el gobierno es necesario aumentar el control sobre este tipo de agrupaciones (pandillas) para implementar acciones que permitan combatir y prevenir la violencia», declaró el presidente salvadoreño Mauricio Funes.

Sin embargo, el procurador de Derechos Humanos, Oscar Luna, ha relativizado el impacto de la ley.

Luna llamó a las autoridades a no crear «falsas expectativas» de que con la ley se acabarán las pandillas, a las que se atribuye gran parte del alto número de homicidios en el paí­s: 13 al dí­a en promedio.

Algunos jueces salvadoreños también han advertido que la ley «no soluciona el problema de la delincuencia», mientras otros paí­ses centroamericanos –Guatemala, Honduras y Nicaragua– temen que lleve a pandilleros salvadoreños a emigrar hacia allí­.

Por ejemplo, Guatemala, que sufre el flagelo del crimen organizado mexicano en su territorio, reforzó la vigilancia para impedir la llegada de mareros salvadoreños.

Las actividades de los pandilleros se suman a las de los carteles de drogas. Narcotraficantes mexicanos y colombianos tienen desde hace años «enlaces» a través de América Central, pasadizo para la cocaí­na que trasiegan desde Sudamérica hacia Norteamérica, lo que ha deteriorado los niveles de seguridad.

EL SALVADOR Eje de la violencia criminal


Las violentas pandillas o «maras», cuyos miembros se cuentan por miles en El Salvador, son responsables de un alto porcentaje de los homicidios cometidos en el paí­s, que registra una media de 13 muertes violentas al dí­a, según las autoridades.

Los pandilleros también mueven sus tentáculos en la extorsión a comerciantes y transportistas y trafican con drogas y armas.

Para contener a las «maras» fue dictada una ley antipandillas, en vigencia desde el domingo, que las proscribe y sanciona a quienes la financien, entre otros puntos.

Las pandillas con mayor arraigo son la Mara Salvatrucha o MS-13 y su acérrima rival la Mara 18 o M-18, que juntas reúnen a unos 9 mil miembros, aunque la policí­a estima que esa cifra podrí­a llegar a unos 20 mil integrantes.

Las pandillas –llamadas maras por el diminutivo de «marabunta», nombre de unas hormigas devoradoras en la Amazonia brasileña– surgieron en El Salvador durante la guerra civil (1980-1992) como grupos de jóvenes que se disputaban «territorios» en barrios y aldeas del paí­s.

En ese entonces existí­an maras como la «Mara Máquina», la «Mara Gallo» y «La Fosa», que se dedicaban a cometer asaltos para obtener dinero para su subsistencia.

Sin embargo, la guerra civil hizo que miles de salvadoreños emigraran a Estados Unidos, donde algunos se integraron en las pandillas que operaban, principalmente, en las calles de Los íngeles.

A mediados de la década de 1980, grupos de latinoamericanos, principalmente mexicanos, formaron la Mara 18, cuyo nombre proviene de la Calle 18 de la ciudad californiana.

De igual forma, salvadoreños junto a hondureños y guatemaltecos, conformaron la Mara Salvatrucha o MS-13, cuyo número proviene de la Calle 13 de Los íngeles.

Tras el término de la guerra civil en 1992, muchos salvadoreños comenzaron a ser deportados de Estados Unidos, entre los que figuraban pandilleros.

En El Salvador, los pandilleros deportados comenzaron a formar «clicas» o células de la Mara Salvatrucha y de la Mara 18 en barriadas pobres, desplazando a las antiguas pandillas locales.

El número de pandilleros fue creciendo y fueron sembrando el terror en los barrios. Las autoridades las relacionan con el tráfico de drogas y armas, y sus tentáculos se extienden sobre todo por México, Honduras y Guatemala.