Tras esta crisis económica proveniente de Estados Unidos, me pregunto qué dirá ahora Fukuyama, aquel que se adelantó a anunciar el fin de la historia y a declarar vencedor absoluto al capitalismo, ante el resquebrajo del comunismo de Europa del Este.
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En estos tiempos de crisis, tal vez es muy aventurado decirlo, pero habría que plantearse cuál será el siguiente paso en la historia. Fukuyama se adelantó en sus apreciaciones y ahora se ve que el capitalismo no es el sistema perfecto que él planteó. Tal como lo enunció Hegel (y Marx), la sociedad sigue evolucionando, el problema es sentarse a pensar cuál será su próxima evolución.
Crisis, en su acepción primigenia en griego y latín, significa momento para reflexionar si se debe continuar, detenerse o retroceder en un proceso. Simbólicamente, es fácil imaginarse uno los viejos cruce de caminos del Imperio Romano, que presentaban bifurcaciones: cuando el caminante no sabía a dónde ir, tenía que pensar qué camino tomar (cruce y crisis provienen de la misma raíz etimológica).
¿Qué significará la crisis para el proceso eleccionario en Estados Unidos? Es muy probable que las políticas de reactivación económica de George W. Bush no dejen bien parados a los republicanos, quienes toman como una de sus banderas la estabilidad macroeconómica; esto potenciaría aún más un triunfo de los demócratas, es decir, de Hillary Clinton y de Barack Obama.
Pese a que Hillary representaría un cambio por ser mujer, sus propuestas no reflejan una transformación sustancial. Ella, al estilo de Sandra Torres en Guatemala, fue muy cercana en la toma de decisiones cuando su esposo Bill fue presidente. Participaba en casi todas las decisiones, menos en la de abandonar a su marido cuando éste le fue infiel. De hecho, el triunfo del actual presidente Bush fue impulsado por los errores de los últimos años de esta pareja.
Barack Obama representa un cambio más profundo, no por su condición de afroamericano, sino porque ha reavivado esa llama de «creer en algo más grande»; en evitar la confrontación racial; en soñar; en integrar a los inmigrantes indocumentados.
Sin embargo, romper el establishment es sumamente difícil, sobre todo en un país tan conservador como Estados Unidos, y aún más en Guatemala, que no sólo es conservador, sino que dependiente y ausente de innovación.
En el mundo actual es muy difícil que de una crisis se plantee un cambio sustancial. Por ello, Hillary, quien representa un cambio muy moderado, probablemente gane las elecciones, pues no representa mayor peligro para la hegemonía; además, sus ataques contra Obama serán más certeros.
Es obvio que Fukuyama no tenía razón; que nuestra sociedad, como ejemplificó Borges infinitas veces, es el ejemplo vivo del cambio. La declaración del triunfo del capitalismo es falso, y lejos de declarar un ganador, esta crisis económica demuestra que la sociedad debe evolucionar.
Y, aunque hasta ahora sólo he ejemplificado con hechos de Estados Unidos, en realidad quiero referirme a la poca capacidad de cambio que tenemos en Guatemala. Habría que ver, por ejemplo, entre los columnistas de opinión, de quienes hacer una evaluación no es muy difícil y complicado, sobre todo porque, en realidad, no son muchos. La mayoría sólo se limita a comentar lo obvio: si Berger aumenta un poquito el salario mínimo, entonces dirán: «Â¡qué bárbaro, ya no nos alcanza!»; si los maestros dicen que irán a paro, dirán: «haraganes, trabajen y piensen en nuestros niños», etcétera; es muy difícil para algunos salirse del comentario fácil.
Es muy sencillo quejarse o comentar lo obvio, pero pocos se atreven a ofrecer alternativas. Eso sí, algunos buscan la polémica con sus propuestas de cambio, pero otros quieren criticar sólo a los que buscan el cambio.
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