Las nuevas formas del fariseí­smo


Ayer en el New York Times se abordó el tema de cómo la cuestión del aborto está dividiendo nuevamente a los votantes católicos, puesto que los obispos han vuelto a tomar posturas decididas para llamar a los fieles a votar en contra de los candidatos demócratas, como lo hicieron hace cuatro años cuando fueron un factor muy importante para la derrota de John Kerry, un católico de Boston, y como se proponen hacer ahora con Joe Biden, un católico de Delaware.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

La verdad verdadera es que la jerarquí­a eclesiástica de los Estados Unidos tiene profundos sentimientos conservadores y por lo tanto su identidad con la plataforma de los republicanos salta a la vista. Es un absoluto fariseí­smo haber impulsado a los fieles a votar por Bush por la postura de Kerry que no era a favor del aborto, sino a favor de la libertad para escoger. Como católicos tenemos la obligación de acatar la enseñanza de nuestra fe en contra del aborto, pero como servidores públicos y como ciudadanos tenemos la obligación de defender la libertad individual para decidir.

La elección de Bush no significó ningún cambio en la polí­tica respecto al aborto en los Estados Unidos porque el tema al final no depende del Ejecutivo porque es la Corte Suprema la que reguló esa materia. En cambio, esa elección significó mucho más que la muerte de los 4,168 soldados norteamericanos. Estamos hablando de la muerte de decenas de miles de hombres, mujeres y niños inocentes que han perdido la vida desde que se produjo la invasión de ese paí­s por Estados Unidos, vidas que evidentemente para los obispos norteamericanos no tienen la menor importancia porque ellos, como buenos fariseos, se aferran al dogma para encubrir su compromiso polí­tico.

La elección del futuro Presidente de los Estados Unidos no tendrá impacto directo en el tema del aborto porque, repito, el mismo está en manos de la Corte Suprema de Justicia. Cierto es que el Presidente nombra a los jueces del alto tribunal, pero siendo su nombramiento con carácter vitalicio, es prácticamente improbable que se cambie el equilibrio de fuerzas aun si el nuevo presidente estuviera ocho años en el poder. Eso lo saben perfectamente los obispos porque la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos está compuesta por prelados inteligentes y bien informados, pero que tienen un papel polí­tico obvio y definido en contra de toda la plataforma ideológica de los demócratas y prefieren que sus fieles elijan a guerreristas que están dispuestos a enviar tropas a cualquier parte del mundo, a sabiendas de que eso provocará incontable cantidad de muertes dentro de las ví­ctimas inocentes.

Como católico, siento asco al ver esa actitud hipócrita de quienes manipulan a los fieles desde el púlpito para orientarlos polí­ticamente a votar a favor de las causas más conservadoras con las que se identifican. Pero es una identificación que nada tiene que ver con el dogma, porque a la larga es fácil demostrar que la elección presidencial no tendrá repercusión inmediata en las cuestiones del aborto, pero sí­ la tendrá en la estabilidad mundial, en la paz entre las naciones y la diferencia entre vida y muerte para aquellos que se pongan en la mira de fanáticos como Bush, Cheney, McCain y Palin. Asco e indignación por el papel que han jugado y lo decisivo que fue su postura en la elección de este gobierno republicano y sus consecuencias en términos concretos de vida y muerte. Pero así­ es la cuestión: los más fanáticos contra el aborto son los más fanáticos a favor de la pena de muerte, evidenciando la doble moral de su punto de vista.