“Enmarcando nubes” es el título de la exposición del artista Alfredo García que se inaugurará el martes 9 de octubre en la galería El Túnel. Se trata de pinturas de pequeño formato, de delicada concepción y esmerada factura preciosista con imágenes extraídas del ambiente rural pero que, en su conjunto, dibujan expresivamente el paisaje espiritual de Quetzaltenango.
En la década de los ochenta Alfredo García (Quetzaltenango, 1951) se perfilaba como uno de los renovadores de la tradición paisajista que por esos años parecía agotada. Su novedoso aporte fue romper el equilibrio emotivo desde el cual los paisajistas interpretaban la naturaleza y la realidad urbana en un ejercicio de destreza técnica y de realismo formal que se daba en el contexto de un impresionismo, sin duda no sólo trasnochado sino también demasiado formulario y convencional. En ese entonces le bastó acentuar la perspectiva subjetiva y, por así decirlo, ver la realidad y la naturaleza con los ojos del alma. Lo que descubrió desde este nuevo punto de vista fue una relación de correspondencia entre su espíritu y la realidad dentro de la cual se despliega su vida; relación que como se constata frente a sus cuadros más recientes no es la de observador y observado, de sujeto y objeto sino de identificaciones y reflejos, de ecos y resonancias, de actor y escenario, y de contexto cultural y atmósfera anímica trascendentes y envolventes, que por cierto no hay que confundir con la proyecciones dramáticas del romanticismo del siglo XIX.
A partir de ese descubrimiento su obra prescindió de la panorámica propia del paisaje tradicional y se enfocó en algún elemento significativo de la vida del campo: casas rurales, oratorios de aldea, cercas, portones de labores y haciendas, embarcaciones primitivas del lago de Atitlán, aislándolas del contexto del cual forman parte como una manera de enfatizar su importancia espiritual. En efecto, concentrada la mirada en ese elemento, el contexto real desaparece como imagen pero no como energía: se echa de menos su presencia y su ausencia es un vacío enorme que convoca a todos los afectos en torno a la soledad que ahora envuelve al paraje.
Alfredo García es un gran pintor que sigue fielmente sus intuiciones. Es decir que no es un teórico cuya pintura evoluciona empujada o en pos de conceptos nuevos sobre la naturaleza de la percepción o del sentido de la creación artística, sino que es su instinto artístico el que le señala el camino. No podemos decir, en consecuencia, que su obra se ha vuelto surrealista porque se ha ampliado y profundizado la perspectiva subjetiva de sus imágenes hasta tocar fuentes oníricas muy profundas. No olvidemos que es un pintor guatemalteco de Quetzaltenango cuya obra y cuyas intenciones artísticas siempre han estado abiertas a la realidad que lo rodea. Su subjetividad y sus sueños están habitados por sus experiencias íntimas en el escenario vital en que se ha desarrollado su existencia.
En otra etapa de su evolución, la concentración en esos elementos plásticos extraídos del paisaje de Quetzaltenango le permite algo así como desatarlos del contexto, liberarlos del peso de su realidad y de su lógica y soltarlos dentro de una atmósfera misteriosa en la que adquieren un aire de levedad, una profundidad mística y un significado poético que da pie al artista para hacer variaciones malabares con las imágenes que su imaginación construye con actitud lúdica. No obstante el carácter intuitivo y poético de sus hallazgos se puede decir, sin embargo, que Alfredo García construye su pintura se desde una plataforma epistemológica muy actual, derivada de la crítica del lenguaje y el valor y la función de las representaciones artísticas y conceptuales. Así, el artista parece jugar, haciendo que se traslapen y confundan dentro del cuadro la realidad con su representación y poniendo bajo la mirada asombrada del espectador la duplicación inútil que la imagen artística hace de la realidad.
Más que del sueño y de la imaginación, estas imágenes provienen del cuidado, la ternura y la gracia que le nacen al artista a la hora de reflexionar pictórica y espiritualmente sobre sus experiencias artísticas, sus escenarios existenciales y sus emociones más hondas y vitales. No sé si en rigor a tales imágenes se les puede seguir llamando paisajes, porque además de los elementos extrapolados del entorno rural de Quetzaltenango contienen y expresan en mayor medida la serena alegría de una plegaria que se eleva en agradecimiento.
Artista maduro y sabio, Alfredo García juega con sus dones. Etéreas y lejanas sus nubes, sus islas, sus imágenes y sus sueños, los objetos que las habitan tienen, sin embargo, fresca la sensualidad de la materia y vivos los fulgores del color que los envuelve, como mostrando sus orígenes terrenales y los caminos de su transfiguración en imagen. Aquí la línea honda y laboriosa que le abre espacio a una construcción precisa y esencial, y el color del cielo que la vio nacer y declinar, como un suave sol tornasolado extrapolado de los antiguos símbolos bordados en los trajes indígenas. Aquí la escalera y la silla para acercarse a ellas y alcanzarlas. También el marco y el cordel para enmarcar ese cuadro, esa nube vaporosa construida por el artista que duplica como un sueño, como un espejo, la realidad y la vida.