Las nostalgias de diciembre


Ren-Arturo-Villegas-Lara

Leyendo las columnas de Guayo Villatoro y la de Gustavo Berganza, como que es una constante en muchas personas eso de recordar el lugar en donde pasamos nuestros primeros años o tiempos pasados o cómo se hacía el Nacimiento que rememora la venida de Jesús. Se dejan por un momento en el baúl del diario vivir todas las preocupaciones por señalar actos negativos del entorno, para lucir la ternura que quizá todos llevamos dentro, aunque a veces nos guste más aparentar ser los jueces del mundo.

René Arturo Villegas Lara


Y cada diciembre es así y la Navidad convierte el mes en un  mes de nostalgias. En mi caso, mis primeros doce años  los viví intensamente en Chiquimulilla. Era la década de 1940 y los primeros cuatro transcurrieron  con la dictadura, aunque por la corta edad no nos dimos cuenta de la realidad. Ya cursando la primaria, 1945, empezamos a percibir el gozo pleno de la vida provinciana y uno de ellos era la Navidad rural. Como aún no había televisión, la existencia de ese viejo gordo, de barba poblada y su costal de regalos, no la conocíamos. Lo que sí sabíamos era que en la Nochebuena algo  había que esperar, aunque mi madre, mi abuela o mis tías, escasamente ganaban dinero en eso de ser modistas  en época en que la gente se preocupaba de los “estrenos”, porque diciembre también era un mes de feria. Y uno, en la ingenuidad de niño rural, sobre todo en ese tiempo, dejaba un zapato  a la espera de un regalo, porque alguien inventó  que así  era la cosa en lugares en que no se conocían las chimeneas. Un 25,  mi hermano Edwin y yo, encontramos un paquetito de papel de navidad que contenía un ronrón adornado de plumas de colores, un pito de agua y una pelotita de hule prendida de otro hule para estirarla y encogerla. Los regalos los había enviado mi padre a la casa en que vivíamos con la abuela y con mi mamá. En mi casa la abuela conservaba una Virgen de la Concepción, muy antigua, quizá del siglo XIX; pero yo sentía que  no era suficiente; que faltaba el Nacimiento. Entonces empecé a construirlo , pintando aserrín que obtenía en la carpintería de don Medardo Montepeque, utilizando un “embreyado” que fabricó mi tía Chus y  fabriqué unos pastores, puros de Nahualá y de los altos Cuchumatanes, destartalando un viejo poncho momosteco que ya no calentaba de, viejo que estaba, y alambre delgado, a mis pastores sólo les faltaba hablar.  Parecía gente de verdad caminando sobre veredas de arena blanca, a fuerza de moler una piedra pómez, porque por allá la arena es bien negra. Y así hice mi nacimiento, como en 1946. Me salió bonito y desde ese año seguimos en la misma, sólo que ahora sólo veo cuando mi mujer, mis hijos y mis nietos lo hacen con nuevas figuras y un niño más bello. El mío, el original, también lo era, pero había nacido en Chinautla. ¿Y el árbol? Eso es una costumbre importada. En  Chiquimulilla no hay pinos, a menos que uno vaya  a las alturas del Tecuamburro, exponiéndose a que le salga una Cascabel cuando pasa por los terrenos de Piedra Grande. Así que mejor usar un arbusto de Sacramento, que tiene la gracia de crecer en forma de conífera, con sus hojas como de limonero. Los demás, pues a buscar pashte y teteretas amarillas en las hondonadas de Uchapí, que nunca faltan para cuando llega la Navidad.  Y claro, mi tía Chus  me ayudaba en eso de cubrir al niño y ya cuando reventaban los cuetes de vara en el Parque, los de luces no se conocían, salía corriendo para la casa y destaparlo justamente al primer minuto del 25. Hasta el tamal que servían en el negocio de don Lencho Colindres, se quedaba a medio comer, pero el Niño Dios tenía que ser destapado en el primer minuto de la Navidad. Después, aún adormitados, los patojos salíamos a las calles del centro a contar bolos que se quedaron dormidos y recoger cohetillos que no reventaron, para hacerlos estallar de manera individual. Ya adolescentes, se vino la costumbre de celebrarle el cumpleaños a nuestro profesor de primaria, don Federico Morales Pivaral, que nació el 25 de diciembre, y de la Zarabanda del 24, le decíamos que se fuera a dormir, para que a la primera hora armáramos la fiesta en su casa,  bailando con música que nacía de una mandolina que yo llevaba de la Normal y una guitarra que tocaba Joaquín González. ¡Qué placentera es la nostalgia! He escrito esta cuartilla que quizá sólo a mí me interese y todo gracias a lo  escrito por Guayo Villatoro y  Gustavo Berganza, olvidándose un poco de los temas álgidos de esta sociedad y viviendo ese placer que produce  el recuerdo y las nostalgias que producen vida y que también da ánimo para esperar que logremos una época  más justa, más solidaria, más igualitaria al inicio de otro tiempo Maya.