Se les conoce como las “mujeres de la vida alegre”, aunque realmente tienen pocos o ningún motivo para ser felices, pues detrás de sus rostros maquillados viven los recuerdos de maltrato y discriminación, y en sus cuerpos –elevados por zapatillas de plataformas– esconden tristes historias de odio, violencia y desprecio, que en algunos casos, se manifiestan todos los días.



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Pasan tres horas y media después del mediodía de un lunes caluroso, y como todas las semanas, Julia* espera a la clientela de pie, justo en la entrada a su pequeña habitación que se encuentra expuesta en la popular calle de “La Línea”, donde antes se encontraban activas las líneas ferroviarias y ahora es un área dedicada a la prostitución y la venta de drogas al menudeo en la Capital guatemalteca.
Con un llamativo atuendo, compuesto por un diminuto vestido rosado con franjas negras, zapatos de plataforma y una sonrisa rutinaria, Julia espera conseguir algo del dinero que los clientes habituales y los nuevos “curiosos” le ofrecen por sus servicios como trabajadora del sexo.
Es una trabajadora sexual, y contrario a la creencia popular, no es una “mujer de la vida alegre”.
La joven tiene 23 años, pero el paso del tiempo y el desgate de una vida complicada le han pasado la factura a su estado físico y su salud, por lo que aparenta tener 30; sin embargo, al relatar su historia se convierte nuevamente en la niña de 12 años que fue víctima de abuso sexual por parte de su padrastro, a quien jamás logrará olvidar por el hijo que tienen en común, como resultado de una violación.
Según la entrevistada, tuvo que trabajar en el “negocio del sexo” desde hace seis años, pues necesitaba dinero para brindarle asistencia médica a su hijo, en una temporada en la que había enfermado gravemente. “A los 17 años me salí de la casa. Empecé a trabajar como doméstica, pero tuve una necesidad; mi hijo, que estaba muy pequeñito, se enfermó. Me habían dicho que en este lugar el dinero se conseguía muy rápido, así que me vine”, refiere.
A lo largo de su vida, Julia se ha enfrentado al maltrato y la discriminación, incluso en su propio hogar, por el solo hecho ser mujer y víctima de una violación; su madre la echó de la casa, en Villa Nueva, y dijo que no quería verle más desde que la joven le confesó que su padrastro la violó.
“Mi nene fue producto de una violación; fue en mi casa con mi padrastro. Yo tenía15 años pero el abusaba de mí desde los 12. Al principio no le dije a mi mamá porque él me amenazó y yo tenía miedo. Cuando ella se enteró me sacó de la casa y me quedé sola; trabajé tres meses como doméstica y no pude con la enfermedad del niño, que tenía dos meses”, recuerda.
Julia reconoce que ver a su hijo, quien hoy tiene 8 años, le provoca sentimientos encontrados; confiesa que “a veces lo quiere y a veces no”, pero reflexiona y dice: “Los niños no tienen la culpa”.
La joven dice que al principio era «desagradable» ejercer el trabajo sexual, pero después se acostumbró y asegura que hoy es parte de una rutina, que algún día espera que pueda cambiar. «Espero salir algún día de esto, se corren muchos riesgos», se limita a responder la entrevistada.
Según indica, teme que su hijo descubra a que se dedica: «Él sabe que trabajo, pero no exactamente a qué me dedico, y tampoco quiero que lo sepa».
Todos los días prepara a su hijo para llevarlo a su centro educativo; lo deja en la entrada y luego se va a las ocho de la mañana a La Línea. Al mediodía alguien más lo recoge y lo ve nuevamente hasta la noche.
En el caso de las mujeres centroamericanas dicen estar tranquilas, porque sus hijos no pueden verlas y es muy difícil que se enteren a qué se dedican, pero algunas siempre temen que se sepan la verdad, porque algunos pronto se convertirán en adolescentes y eso implica «problemas».
Las trabajadoras sexuales coinciden en que finalmente tienen que ver este trabajo como uno más. «Es como tú. Todos los días tomas tu grabadora y entrevistas a alguien, seguramente también corres riesgos y tienes malas experiencias», concluye en una entrevista una mujer nicaragüense, quien vive con el temor a ser deportada y pide que no se le identifique de forma alguna.
Existen decenas de historias similares a lo largo de la línea del tren y miles en todo el país; la mayoría de trabajadoras sexuales son madres solteras, con escasa escolaridad, centroamericanas y algunas son indocumentadas; sobre las razones para entrar al “negocio del sexo”, hay una amplia gama de argumentos e historias.
MILES DE CASOS
De acuerdo con la Secretaría Contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas (SVET), adscrita a la Vicepresidencia de la República, las razones por las que las mujeres se involucran en el trabajo sexual se deben a la necesidad económica en un 38 por ciento de los casos, 23 por ciento como consecuencia violencia intrafamiliar, un 12 por ciento por trata de personas -comercializadas hasta por los mismos familiares-, así como por abuso sexual, entre otras.
En 2009, organismos internacionales estimaron que en Guatemala existían unas 35 mil trabajadoras sexuales.
En ese informe, la Asociación de Salud Integral (ASI), el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) estimó que solo en la Capital existían entre 6 mil y 8 mil trabajadoras sexuales, sin embargo, no se pudo conocer cuántas de estas mujeres eran menores de edad.
Yanira Tobar, presidenta y representante legal de la organización Mujeres en Superación, que trabaja a favor de las trabajadoras sexuales, indica que ese estudio se realizó en por lo menos seis departamentos del país y así fue como se estimó la cantidad de personas dedicadas a ese rubro.
“Una estadística reciente no hay, pero en 2009, se hizo un estimado de la población en seis departamentos y en base a ello fue que se calculó esa cifra”, refirió Tobar. De acuerdo con la entrevistada, es necesario y urgente que las autoridades ordenen el tema del trabajo sexual.
“Nosotras nos organizamos desde el 2000, hemos estado pidiendo sentarnos con las altas autoridades para que tengamos mesas de diálogo, para diferenciar que es prostitución forzada y que es trabajo sexual, porque tampoco podemos decir que en nuestro trabajo no hay explotación sexual o que no existe la prostitución forzada. Si estas personas que toman decisiones, ejecutan y hacen las leyes, no se sientan con nosotras, nunca lo van a entender”, señala la representante de la organización.
RIESGOS
Los abusos y golpes de clientes que buscan los servicios sexuales de una mujer no son el único factor de riesgo para este sector de la población. También están expuestas a contraer VIH.
Cinco mujeres entrevistadas en La Línea coincidieron que en un día de mayor “demanda”, pueden prestar sus servicios a decenas de hombres, lo cual para ellas representa un ingreso de Q2000. Un día de “poco trabajo”, puede representar unos Q300.
Según las jóvenes, que no sobrepasan los 25 años, el riesgo es latente, cuando los demandantes pretenden evitar el preservativo durante las relaciones sexuales.
“Muchos de estos hombres no respetan nuestras condiciones de trabajo – no usan el preservativo-. Cuando eso pasa utilizo agua y cloro, para evitar enfermedades, pero la verdad me da miedo”, indica “Reina”, una mujer hondureña que habló con La Hora.
Sin embargo, no en todos los cuartos de renta existe agua, mucho menos cloro, pues no todas pueden alquilar una habitación con esos “beneficios”.
“Si tiene regadera, agua y luz te cobran Q90. Allí también puedes tener tú bolsa de cloro. Pero en los cuartos donde te cobran Q35, no tienes agua, ni luz”, dice “Jimena”, una mujer nicaragüense de 33 años.
José Enrique Zelaya, coordinador de ONUSIDA para Guatemala y México, concedió una entrevista a La Hora, en la que reiteró la necesidad de fortalecer la inversión en materia de VIH, la prevención de dicha enfermedad, y la atención para atender los problemas relacionados con el trabajo sexual.
“De 60 a 65 mil personas viven con VIH en Guatemala”
¿Cuáles son los riesgos latentes que enfrenta una trabajadora sexual; son un sector vulnerable de la población?
Las trabajadoras sexuales son una población muy perseguida en nuestra sociedad. Actitudes distintas, desde el machismo, que obliga, o que hace que las personas que busquen sus servicios lo hagan de manera, a veces, hasta violenta o sin permitir que ellas puedan proteger su cuerpo, a través del uso de condones, por ejemplo, o de pedirle a su cliente que utilice condón, hasta las actitudes negativas de persecución por parte de las autoridades nacionales como la Policía, que obliga a que estas personas realicen ese trabajo en condiciones no adecuadas, en la clandestinidad, en sitios que a veces, no permiten poder desarrollar, o poder implementar las estrategias y los mecanismos para su propia protección.
¿Cómo evalúan el papel de las autoridades actuales, en el tema del trabajo sexual y el VIH?
Es difícil decir las autoridades actuales. Yo diría de las autoridades en general y de la inversión que se ha hecho a nivel nacional. En realidad, en Guatemala se hace una gran inversión en términos de VIH, sin embargo, esta sigue siendo insuficiente y especialmente las áreas que están más afectadas, son precisamente las de protección y prevención, en ese sentido la inversión es mínima, cuando hacemos el análisis del gasto en salud y en sida específicamente, vemos cómo las poblaciones en mayor riesgo y dentro de ellas, las mujeres y hombres trabajadoras y trabajadores sexuales, son las que reciben la menor proporción del gasto en sida y específicamente en prevención.
¿De cuánto debería ser la inversión para los sectores vulnerables?
Existen datos, nosotros hemos apoyado y el plan estratégico nacional, nos indica que, aproximadamente se gastan al año US$12 millones y las necesidades son aproximadamente el doble, yo podría decir, que más o menos el 60 o 70 por ciento de la inversión que se hace cada año es en tratamiento, dejando por fuera o dando un empuje muy débil a las acciones de prevención
¿Cuál es el trabajo de ONUSIDA en el país?
Nuestro trabajo es de acompañamiento, de promoción, de abogacía, para que existan los marcos legales que permitan un ambiente adecuado, donde se pueda trabajar la protección y prevención de las poblaciones específicas, más afectadas y asegurar, las condiciones de tratamiento y cuidado para las personas que ya viven con el VIH o con enfermedades relacionadas, como tuberculosis por ejemplo, entonces nosotros actuamos en un amplio margen de acciones, desde la promoción a la organización o apoyo de la sociedad civil, el apoyo a la organización de la respuesta nacional, a la identificación conocer la epidemia y la identificación de las principales barreras que hay que sobrellevar, la elaboración de los planes nacionales donde intentamos que se involucre toda la sociedad civil y el apoyo directo a las instituciones del Estado para que sean lo suficientemente fuertes para poder brindar una respuesta integral al problema del VIH.
¿Cuántas personas estiman que viven con VIH en Guatemala?
Más o menos se calcula que entre 60 y 65 mil personas viven hoy con VIH en Guatemala, de ellas aproximadamente 13 mil están en tratamiento.
Julia
«Es como tú. Todos los días tomas tu grabadora y entrevistas a alguien, seguramente también corres riesgos y tienes malas experiencias».
Trabajadora sexual nicaragüense
En respuesta a una reportera que consulta sobre su trabajo