Las maras


Un tema constantemente tratado. Un tema que preocupa a muchas personas. De toda clase. Población que en las calles sienten o, presienten el peligro. Calles especialmente señaladas en las que normalmente circulan estos jóvenes, policí­as, académicos, investigadores, y periodistas. Hay mucha gente que se preocupa por este fenómeno, que importado, representa un serio problema.

Carlos E. Wer

Las muestras externas, muchas veces ocultas por su vestimenta, marcan a este cada vez más grande y poderoso ejército de desposeí­dos, que han encontrado en ello, el sí­mbolo del poder y de la fuerza, con la que amenazan a la sociedad y al número, disciplina, mí­stica y solidaridad, han añadido otra condecoración en su ya nutrida alforja: el poder de las armas. Y con ellas y con la conciencia de su propio poder, han logrado poner de rodillas, no solamente a la población, sino a autoridades y representantes de la ley.

La solución encontrada por quienes manejan aquella, ha sido la eliminación fí­sica de esta mara de desheredados y su muerte, muchas veces es considerada por parte de la población que sin alcances mayores, ven en ella un alivio. Le llaman limpieza social. Sin embargo, la dirección a la que orientan los esfuerzos por proporcionar seguridad a una población que cada dí­a se siente más desamparada, a mi juicio, es equivocada.

Y es equivocada, porque solamente es analizada, bajo el prisma de la ley, quien tiene vendados sus ojos. La que, por esa circunstancia no tiene la capacidad para tener un dominio complejo, que le represente ángulos de visibilidad más amplios. íngulos que le permitan poder ver y observar hacia otras direcciones y así­, al tener una mayor cobertura visual, puede tener más posibilidades de respuesta adecuada.

El problema es, que al tener esa visión tan reducida o intencionalmente limitada, no han tenido la capacidad de visualizar al verdadero corazón de la mara. Al verdadero centro en el que se produce, como en un ciclón, la fuerza que impulsa, descontrolada, a la destrucción. No han podido, o no han querido verla. No han podido o no han querido, al identificarla, dirigir los esfuerzos de esa misma ley, a eliminarla.

Y no han podido, o no han querido, porque la verdadera mara, además de poderosa, conoce los vericuetos para utilizar la ley, o torcerla en su beneficio. O porque utiliza las palancas del poder oficial. O porque sus posiciones polí­ticas, les permiten el ser parte del poder legal, la impunidad para actuar. O porque su poder, amparado en la fuerza, ha demostrado que no se detienen ante nada para mantenerlo.

Y no han podido, o no han querido, porque su fuerza se inicia desde la misma cúpula de poder. Porque la verdadera mara tiene nombres y apellidos, muchos de ellos con aureola de «buenas familias». Porque el pueblo los identifica además por el cargo que ostentan y les llaman «señor presidente». O le llaman «General». O señor «Contralor General». O «jefe» en el Ministerio Público. O «señor Ministro». O pertenecen a la dependencia que se supone debe proporcionar seguridad. O, pomposamente se dicen «padres de la Patria», y se reúnen para planear sus delitos en un lugar protegido llamado Congreso de la República. Pero que está plagada de verdaderos delincuentes escondidos detrás de uniformes, vehí­culos y armas propiedad de la PNC. O poseen togas y claro, como todos, amparados en insultantes sueldos pagados por un pueblo que se debate cada vez más en la pobreza. O son empresarios y banqueros a quienes no les alcanza la mano de la ley. Que venden las riquezas del paí­s, que nos pertenecen a todos los nacidos en esta tierra, por 30 monedas de plata.

Hoy vemos como algunos de esos delincuentes derrocharon el dinero del pueblo, dejando a sus herederos del poder con la necesidad de pedir prestado para que el aparato corrupto pueda continuar con el trabajo de «construir la democracia».

Y mientras el pueblo no comprenda su verdadero poder. Mientras no entiendan que es él el verdadero dueño de la fuerza para reiniciar el camino y brindarle a ese ejército de excluidos, la certeza de que el gobierno (un gobierno del pueblo), va a permitirles una calidad de vida acorde a su condición humana. Que pueden tener respaldo para educarse, para hacer uso de las capacidades con las que han sido dotados. Que puedan aspirar a no tener la angustia de no tener la capacidad económica para curar su cuerpo.

En una sola palabra, recordando los ideales del prócer José Martí­, quien expresara que «El primer decreto del gobierno revolucionario, será devolver al hombre su dignidad».

Entonces podremos lidiar con las maras. Entonces podremos de verdad proporcionar seguridad y alcanzar la paz social. Mientras ello no sea posible seguiremos careciendo de ella, porque la sentencia bí­blica lo reza «Donde no hay justicia no hay paz»