Comparto con ustedes un mensaje cuyo autor ignoro, para rendir homenaje a los padres de los nuestros y de nuestras madres: los abuelos. Dice así.
eduardo@villatoro.com
Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera. El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio, no se movía. Estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado, y yo me preguntaba si estaba bien.
Finalmente, no queriendo estorbarle sólo le pregunté cómo se sentía. Levantó la cabeza, me miró y sonrió. «-Estoy bien; gracias por preguntar», dijo con fuerte y clara voz. «-No quería molestarte, abuelo -añadí-, pero estabas simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieras bien». Mi abuelo me preguntó: -¿Te has mirado alguna vez tus manos? ¿Realmente te has mirado alguna vez tus manos?».
Lentamente solté mis manos de las de mi abuelo, las abrí y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo. Creo que realmente nunca las había observado, mientras intentaba averiguar qué quería decirme.
-«Detente y piensa por un momento acerca de cómo te han servido tus manos en el curso de los años -murmuró-. Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles, han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, atrapar y abrazar la vida.
«Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien en especial.
«Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y a mi esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda. Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, quebradas, secas y cortadas. Hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y siguen plegando para orar».
  Cuando voy a usar mis manos pienso en mi abuelo y estoy convencido que nuestras manos son una bendición. Hoy me pregunto: -¿Qué estoy haciendo con mis manos? ¿Las estaré usando para abrazar y expresar cariño o las estaré esgrimiendo para expresar rechazo hacia los demás? ¿Tendré un libro en mis manos y portaré un arma de fuego? ¿Tendré las manos abiertas para acoger a alguien o las tendré empuñadas para golpear a otro ser humano?
(Romualdo dice con el apóstol Pablo: Levantando manos santas, sin ira ni contienda).