Las majaderí­as de Hugo Chávez


Nunca imaginé que una majaderí­a pudiera llegar a ocupar tantos titulares. El molesto incidente ocurrido durante la celebración de la XVII Cumbre Iberoamericana dio la vuelta al mundo en segundos, a través de medios electrónicos, radiales, televisivos o escritos y aún sigue siendo la comidilla de sus editorialistas y columnistas. Mi primera impresión fue no escribir sobre el asunto. Argumenté -sobran temas más importantes que una majaderí­a, pero al no encontrar el señalamiento de lo que para mí­ fue la causa fundamental del diferendo entre el presidente venezolano, el presidente del gobierno español y el Rey de España, dispuse expresar lo que a mi juicio es y por lo visto seguirá siendo lo que origina la repulsa generalizada hacia Chávez.

Francisco Cáceres Barrios

Desde hace más de 40 años que participé del entrenamiento Dale Carnegie llevo grabado en mi mente que no hay nada mejor para que nos vean mal, para que nos eludan o simplemente que para no simpaticen con nuestro comportamiento, que no escuchar o no poner atención cuando hablan los demás. Más grave todaví­a es disponer hablar de usted mismo todo el tiempo, como que por absurda que sea la idea que se le venga a la cabeza, disponga interrumpir de improviso a su interlocutor hasta lograr que no termine lo que quiera decir. En otras palabras es una majaderí­a no dejar hablar a los demás sólo porque a usted le parezca que lo suyo es mucho más valioso e importante. Fue el mismo Carnegie, quien tanto tiempo y esfuerzos dedicó para ganar amigos e influenciar sobre las personas, quien calificara de majaderos a quienes embriagados de su propio yo, puedan pensar en ellos son los dueños de la verdad y que sólo ellos dicen cosas valiosas, todo esto, derivado de su mala educación, aunque hayan podido ser bien instruidos.

El problema surgido entre Chávez, Rodrí­guez Zapatero y don Juan Carlos no me parece de tinte polí­tico, ideológico, sociológico y hasta si se quiere racista, como tampoco por ver de menos a los latinoamericanos. Eso serí­a desvirtuar el origen y objetivo del encuentro entre mandatarios, propiciado desde su inicio por quienes desde la Pení­nsula Ibérica han buscando el acercamiento, las mejores relaciones internacionales y por qué no decirlo, también satisfacer sus intereses comerciales.

No es lo mismo ser majadero que actuar premeditadamente de manera poco ortodoxa con fines ideológicos y polí­ticos, como aquella actitud de Nikita Kruschev de quitarse un zapato para somatarlo sobre el escritorio en el recinto de las Naciones Unidas. Tampoco se puede negar el propósito valiente, aguerrido e inteligente (aunque no hayamos compartido su criterio) que perseguí­a el Canciller guatemalteco Guillermo Toriello, en la histórica y célebre reunión internacional en Caracas, Venezuela, en tiempos de Arbenz. Los majaderos son los necios y porfiados.