Dennis O´Donnell es un sacerdote norteamericano que sostiene un orfanato en Honduras y vino a Guatemala hace varios años para aprender español en esas academias antigí¼eñas que en muchos casos embaucan a sus clientes; Dennis no aprendió mucho español, pero se hizo de una familia chapina y la semana pasada tuvimos un encuentro muy agradable. Mi hijo Juan Fernando organizó una excursión familiar para ir al Yankee Stadium el fin de semana del cuatro de julio a fin de estar en la última serie con los Medias Rojas en ese estadio que es conocido como la casa que construyó Babe Ruth y que será demolido a finales de año tras setenta de ser escenario de jornadas memorables, tanto deportivas como religiosas.
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Aprovechando que llevaríamos a algunos de los nietos de aquí y los tres que viven en Pittsburgh al Museo de Historia Natural, Dennis hizo tiempo para viajar de Filadelfia a Nueva York y platicó con todos. í‰l bautizó al mayor de mis nietos hombres en la Catedral de Filadelfia y tenía algún tiempo de no verlo y en este viaje conoció a tres que no habían nacido la última vez que vino a Guatemala. Platicó con todos los miembros del grupo que llegó a ser de diecisiete y al final del día fui yo quien tuve la oportunidad de hablar con él, de su trabajo pastoral en la Arquidiócesis de Filadelfia, de sus viajes a Honduras, sus progresos con el español y la entrañable amistad que nos une.
Poco antes de despedirnos me dijo que lamentaba reconocer que yo había tenido razón. No entendí su expresión y le pregunté a qué se refería. «Recién pasado el ataque terrorista de Septiembre 11 -me dijo- usted me hizo el comentario de que en Estados Unidos se podría repetir el fenómeno de los países latinoamericanos ante la guerrilla. En aras de la defensa de la seguridad interna se violaron brutalmente los derechos humanos y se eliminaron libertades y la sociedad aceptó las políticas que privilegiaban el tema de la seguridad. Yo le respondí que en mi país eso era imposible porque los valores estaban firmemente arraigados; que teníamos una prensa que no permitiría que sucediera algo así y un sistema de justicia ajeno a manipulaciones políticas con jueces que resolvían con base en la ley.»
«Hoy, casi siete años después de aquella conversación en la que presumí de la solidez de nuestro sistema y me referí a que esas aberraciones sólo podían suceder en países con menor desarrollo en sus instituciones, con políticos venales y crueles y sin disponer de una prensa adecuada para operar como peso y contrapeso del poder, tengo que reconocerle que usted tenía toda la razón y que yo estaba profundamente equivocado. Lo hecho por esta administración en materia de derechos civiles, los sistemas de escucha, los secuestros cometidos en el extranjero, la negación de justicia para los acusados y, en fin, todo lo que ya es ahora del dominio público, confirma que aquí también se usó el miedo para convencer a la sociedad y restringirle las libertades.»
Yo había olvidado esa conversación que tuve con Dennis una tarde al regresar de jugar golf pero en cuanto me fue haciendo sus comentarios reviví el intercambio de opiniones y que al final le comenté que nada había que pedirle tanto a Dios como que él estuviera en lo correcto porque yo estaba convencido que Bush usaría todos los recursos a su alcance para librar su propia guerra santa. Por lo visto nuestras oraciones no sirvieron de mucho y por eso Dennis con tristeza mi dijo: «usted tenía razón».