Las industrias culturales


Esos medios ofrecen, en cada emisión televisiva, la ilusión de vivir una democracia en directo, al acercarnos a nuestro hogar a los cantantes de moda, de las esplendentes estrellas del pop, que son presentados en los programas para conocer sus opiniones, aunque no tenga nada que ver con su especialidad. FOTO LA HORA: ARCHIVO

Ramiro Mac Donald

Cuando todas las posibles cuestiones cientí­ficas han sido respondidas, nuestros problemas vitales aún no han sido tocados en absoluto.

Wittgenstien


Nuestros medios de información publican más noticias de los escándalos de Lady Gaga, que los deslaves que afectan las carreteras de nuestros compatriotas en el área rural, por ejemplo, en San Mateto Ixtatán, Huehuetenango y otras pequeñas poblaciones, muy alejadas de los centros urbanos. FOTO LA HORA: ARCHIVOAunado al fenómeno mundial de las redes sociales, que representan ese padecimiento del voyerismo internetiano que nadie quiere aceptar que padece, sino que disfruta a diario al husmear entre los perfiles de supuestos

LAS INDUSTRIAS CULTURALES

Hace 60 años, las industrias culturales atendí­an una demanda que se circunscribí­a a la educación y al tiempo libre de la población del mundo. Hoy a eso le podrí­amos llamar industria marginal. Porque en la actualidad, la industria cultural ha adquirido otra dimensión. Voy a solicitar atención a tres puntos, basados en las idas del peruano Rafael Roncagliolo que estimo deben tomar muy en cuenta, para entender el mundo actual.

1) El tiempo libre de las personas, ha aumentado considerablemente, lo que implica un aumento del valor económico correspondiente con lo que hacen o consumen, las personas. Y, por primera vez en la historia de la humanidad, más del 51 % de la población del mundo, vive en una ciudad. Nos hemos convertido en un mundo urbano, por mayorí­a. Y esa realidad cambia todas nuestras relaciones interpersonales.

2) La educación ya no es una inversión que se hací­a una única vez en un perí­odo especí­fico de la vida, sino se ha convertido en una actividad permanente de las personas, y cuya extensión se debió, hasta hoy, en una actividad creciente gracias al desarrollo de la imprenta y su producto estrella: los libros. Pero hoy todo eso ha cambiado y cambiará más.

3) Todo el proceso productivo del hombre se ha modificado radicalmente en los últimos años, al igual que la vida cotidiana en general, a raí­z de los cambios introducidos desde las industrias culturales y a través la digitalización de todos los servicios en todos los órdenes, por pequeños e insignificantes que parezcan. Un ejemplo es la «musicalización de la vida diaria», convertida en una industria cultural millonaria, que toca todas nuestras sensibilidades. Y desde donde «una población poco crí­tica» aprende a enamorarse, a pelearse y a contentarse con su pareja, a relacionarse con sus congéneres. Aprende desde lenguajes y modos de decir, hasta a filosofar o de pensar.

Esto implica estar viviendo el proceso de una revolución de mucho mayor impacto y dimensiones, que las ocurridas con la introducción de caldera de vapor o la de la electricidad, en anteriores épocas de la humanidad, porque la actual vida cultural viene modificando nuestras costumbres de una manera tan global, que aún no nos hemos percatado de la enorme fuerza que posee.

COMUNICACIí“N Y TECNOLOGíA

Por eso, estoy de acuerdo con Charlie Gere, quien afirma que en el último centenar de años, la humanidad ha asistido al desarrollo y al proceso de trasformación tecnológico más importante y acelerado, que en todo su devenir. Esta metamorfosis, según Martí­n-Barbero, pasa por la comunicación como un eje que transversaliza la revolución que estamos viviendo. La comunicación, asegura, posiblemente estará en el ojo del huracán, por muchos años más.

Barbero afirma que vivimos de una sociedad descentrada (sin centro) en la que, ni el Estado ni la Iglesia, ni los partidos polí­ticos, pueden ya vertebrarla, debido a que está dorsalmente mediada, por la presencia de un entorno tecnológico productor de un flujo incesante de discursos e imágenes. Lo público, afirma, se halla cada dí­a más identificado con lo visible y, ésto se escenifica desde los medios masivos.

Esos medios ofrecen, en cada emisión televisiva, la ilusión de vivir una democracia en directo, al acercarnos a nuestro hogar a los presidentes, a los alcaldes y diputados, a los ministros, a los jerarcas de la iglesia, a los lí­deres de la iniciativa privada, a los personajes relevantes del momento; al sentarnos a cenar- cada noche- acompañados de los cantantes de moda, de las esplendentes estrellas del pop, de las reinas de belleza o los deportistas más conocidos y aclamados, que son presentados en los programas para conocer sus opiniones, aunque no tenga nada que ver con su especialidad. Y al escuchar cómo hablan í­ntimamente desde la radio, todas esas personalidades, la gente común y corriente cree que les están hablando directamente, en privado, para ellos exclusivamente.

Consideran, muchos, que los polí­ticos se dirigen personalmente a cada escucha, a cada televidente en forma personal. Y, aunque los más, saben perfectamente que no es así­, la mediación de los medios permite esa sensación, ese efecto que comparten millones de espectadores todos los dí­as, al encender la TV, al escuchar la radio o conectar su computadora, y enterarse de las noticias del momento. Vivimos un nuevo y maravilloso universo digital, que permite muy fácil que toda la información deseada, buscada esté al alcance de un click, en segundos.

Esa «ilusión» de hallarse en una aldea global, es producto de un cúmulo de utopí­as tecnológicas propias de un poco de más de un siglo de comunicaciones masivas, de ejercicios anónimos, al estar consumiendo tecnologí­as cada vez más sofisticadas. Prevalece hoy dí­a un espejismo: creer, sentir que los medios han decido tomar en cuenta la opinión de ese ser anónimo (que somos todos); que los medios han resuelto incluirlo a uno en los programas, porque el espectador tiene la posibilidad de formar parte de quienes eligen al cantante pop, en American Idol -muy de moda durante posiblemente todo un año- o la despampanante «Miss» que nos representará en el concurso de belleza… solo porque se puede votar desde el teléfono celular. No importa que se paguen altos precios por cada llamada: es el costo de sentirse inmersos en la postmodernidad, concepto desgastado por la publicidad, pero muy atractivo para los parroquianos. Porque esa sensación brinda felicidad en millones de consumidores de comunicación, al disfrutar de la sabrosa quimera de considerarse integrados (aunque sea solo una ilusión) integrados a la sociedad contemporánea, como si fueramos ciudadanos de democracias virtuales. Algunos hasta se consideran ciber-ciudadanos, aún cuando vivan en pleno Tercer Mundo, con todas las carencias y penurias de nuestro subdesarrollo económico.

En tanto, vale anotar a Néstor Garcí­a-Canclini, quien recuerda que el cambio de las tecnologí­as digitales, la globalización y la informalización de la vida social y polí­tica, establecen un nuevo escenario, inédito hasta hoy. Somos consumidores globalizados de un orden recientemente instaurado en este siglo, pero que apenas nos deja ser ciudadanos de lo local. Nuestros medios de información publican más noticias de los escándalos de Lady Gaga, que los deslaves que afectan las carreteras de nuestros compatriotas en el área rural, por ejemplo, en San Mateto Ixtatán, Huehuetenango y otras pequeñas poblaciones, muy alejadas de los centros urbanos.

Garcí­a-Canclini también nos hace reflexionar sobre el «presentismo» de los jóvenes latinoamericanos: esa pérdida del sentido histórico y utópico, en una conexión directa con los rasgos de la sensibilidad mediática:

* predominio de las pelí­culas de acción y de efectos relampagueantes sobre las narrativas de largo plazo;

* la intensidad de la comunicación instantánea que posibilita Internet;

* la obsolescencia planificada de los productos y mensajes;

* la fugacidad de las modas, la información y las comunicaciones en los chats

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Aunado al fenómeno mundial de las redes sociales, que representan ese padecimiento del voyerismo internetiano que nadie quiere aceptar que padece, sino que disfruta a diario al husmear entre los perfiles de supuestos «amigos», cuando muchos internautas son totalmente desconocidos, poniendo en grave riesgo hasta la seguridad personal y familiar. ¿Habrá que cambiar el significado real de esta palabra (la amistad) ya tan gastada por Facebook y otras redes similares ¿o estamos hablando de un concepto nuevo en la sociedad virtual del siglo XXI, como propone Pau Alsina de la OUC?

Pero el mismo Garcí­a-Canclini advierte que ese «presentismo» en la juventud de hoy, lo hace sufrir más que a nadie, por la esa inestabilidad laboral y la exposición ante riesgos poco previsibles del mundo de este siglo XXI. Las relaciones laborales hoy, han cambiado tanto que ya nadie cree en las estructuras y los procesos de larga duración, afirma este argentino que radica en México, donde hizo serias investigaciones, de las que estoy extrayendo solo algunos rasgos caracterí­sticos.

La esfera pública regida por leyes, señala, es un producto desechable par la juventud de América. Ellos ya no creen en la participación polí­tica, aprueban no pagar impuestos y el acceso a los bienes materiales y simbólicos, por las ví­as no oficiales, no les representa problema. Para millones de jóvenes de todo el continente, conseguir música, ropa, libros, pelí­culas es cosa de todos los dí­as, al acudir a los mercados informales y ventas piratas. Internet está lleno de sitios donde se consiguen todos esos apetecibles elementos de la vida cotidiana de la juventud Estos dí­as son de intensos intercambios y flujos incesantes entre la gente joven. La conectividad permanente (en todo sentido) y el consumo, hacen de los y las chicas, una vida agradable… pero fuera de estos márgenes vitales, no hay alegrí­a. Solo frustración. Por eso, par muchos jóvenes es tan fácil caer en depresión.

Una especial sensación obtienen los jóvenes al visitar los Centros Comerciales (Shopping Center) Pasear en dichos lugares significa conjugar el verbo vitrinear; estar en contacto con la ropa de moda, las luces, la gente, las pelí­culas más recientes, los videojuegos más novedosos y permanecer largos momentos de esparcimiento (sin hacer nada) del que no se quiere salir, porque se transita -casi en trance- en la burbuja del consumismo, pero también del conformismo. Fenómeno del cual nos alertó ya hace varios años la intelectual argentina Beatriz Sarlo.

Para finalizar ésta parte de la exposición, Garcí­a-Canclini indica que el papel de la institucionalidad, organizadora de la primera modernidad, es decir las escuelas, los partidos polí­ticos, la organización legal y la continuidad del espacio público, se ha modificado en beneficio de los arreglos transitorios, la apropiación flexible de recursos heterogéneos en el mercado laboral y en los consumos.

Con Omar Rincón pensamos que la comunicación ya no es un simple accesorio tecnológico. Es el campo principal de comprensión e intervención de los mundos de la polí­tica, la cultura y el desarrollo. Y es desde allí­, donde debemos reflexionar sobre el papel que juegan las ciencias de la comunicación, cómo cartógrafa de la realidad, que se atreve a delinear los esquemas de los mundos simbólicos de hoy. Porque, no podemos dejarle la comunicación a los expertos en tecnologí­as y a los mercaderes del entretenimiento.